Salvador Navarro (Sevilla,1967), amante de los viajes y del cine, es ante todo un contador de historias. Estudiar ingeniería industrial le aportó una mirada estructurada y analítica, pero lo que en realidad le interesaba era darle forma a la imaginación que irrumpía en su cabeza. Hacer literatura para dejar constancia de la mirada. Memoria, infancia e imaginación como tres ejes que mantienen a flote la existencia. No mires atrás, ambientada entre Sevilla y San Sebastián, es el título de su nueva novela, una obra que cuenta la historia de Iker, un treintañero que, de pronto, descubre que debajo de sus éxitos hay un suelo tapizado de mentiras familiares.  ¿Acaso el primer descubrimiento de la etapa adulta no es comprender que la vida es aquello que nos contaron?

Edgar Borges: - Dijo la poeta Louise Glück que “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. ¿Estás de acuerdo?
Salvador Navarro: -
Como afirmación es preciosa y tiene mucho de verdad. El único período en que observamos el mundo sin apriorismos es en la infancia, luego los años, la educación, la familia, los miedos lo van condicionando todo y esa mirada deja de ser limpia. Empezamos a copiar actitudes, a pensar como se piensa en casa, a vernos maniatados por nuestro entorno, y cuesta quitarse toda esa mochila de encima. Para cuando lo hacemos ya hemos perdido gran parte de nuestra inocencia.

E.B: - ¿Y la imaginación mejora los recuerdos?
S.N: -
El mundo de la memoria es un territorio que me apasiona, porque no existe la memoria pura, siempre está sesgada por nuestra propia experiencia. Desde hace años acostumbro a escribir un texto diario en las redes y muchos tienen que ver con episodios de mi pasado. Cuando los releo compruebo cómo he contado una misma anécdota en distintos años con una atmósfera y detalles distintos. Ya no sé distinguir lo real de lo inventado, por mucho que crea ser sincero. Soy de aderezar en positivo, de sacarle punta a los recuerdos, y no me va mal vivir con un pasado así.

E.B: - ¿Y la mentira, aquello del pasado que no nos contaron quizá para no dañarnos, nos convierte en otro?
S.N: -
Tengo dos hermanas mayores que ejercieron un papel maternal cuando mi madre murió. Éramos adolescentes. Escucharlas acerca de esos años es escuchar mi pasado, porque hay escenas que no recuerdo y ellas me las hacen revivir. Soy, también, el relato de ellas.

Me apena no haber sido más útil en aquellos tiempos de dolor, cuando la familia se derrumbaba. No haber sabido consolar a mi padre, no haber acompañado más a mi madre. Imagino que quisieron protegernos del desgarro de la muerte.

E.B: - Mirar atrás es necesario, pero también incómodo. ¿Qué puede más, mirar o engañarse?
S.N: -
Soy un convencido de que la época adulta está marcada a fuego por la infancia. Los complejos, los miedos, la alegría o la tristeza en la mirada, la fuerza de voluntad, los deseos tienen mucho de cómo afrontamos esos años lejanos en los que éramos marionetas. Por eso es tan importante crecer en un entorno sano, de amor, de sentirse arropados en la justa medida, de saberse útiles. Yo tuve la tremenda suerte de ser un niño querido, mucho, en la más tierna infancia. Luego la vida se me complicó muy pronto, pero ese amor de inicio es la fuerza con la que enfrento el día a día. Es necesario descifrar de dónde venimos para tratar de enderezar algunas bases que llevan torcidas desde entonces. Llámalo terapia o valentía.

E.B: - ¿Acaso el primer descubrimiento de la etapa adulta no es comprender que la vida es aquello que nos contaron?
S.N:
- Hay tantos primeros descubrimientos como personas existen. Hay quienes entran en el mundo adulto a través de un sexo prematuro, de la muerte de un familiar, del divorcio de sus padres, del abandono de un amigo… Algo tan tonto como descubrir que los Reyes Magos son los padres es demoledor. Recuerdo a mi madre planchando y yo preguntarle, muy pequeño, si era verdad que nos íbamos a morir todos. Cuando me dijo que sí a mí se me heló la sangre.

Portada No mires atrás, de Salvador Navarro

E.B: - Iker, el personaje central de No mires atrás, creció protegido del miedo, del dolor y de los secretos familiares. De adulto es un treintañero exitoso que de pronto descubre que su pasado no fue como le contaron. ¿Su vida cambia radicalmente a partir de entonces?
S.N: -
Cuando te retiran el suelo donde pisas, caes de bruces. A Iker le han construido la vida que sus padres consideraban más adecuada sin pedirle permiso, con todo el amor del mundo. Un crío con varios episodios traumáticos de accidentes y enfermedades requería, según entendieron, un entorno de protección, que empezaba por ocultarle la realidad de quienes vivían en su propia casa. No quisiste bien a alguien frágil si le quitaste las armas para enfrentarse a la inmensidad de la vida. Es dejarlo indefenso en nombre de una pretendida protección.

E.B: - Amor, control y culpa. Tres ejes de tu novela, pero también de la vida. o por lo menos de la cultura que tenemos. ¿Puede haber otra forma más sana de relacionarnos?
S.N: -
Lo único que da sentido a la vida es el amor. No hay más. Pero hay que saber utilizarlo bien, porque en caso contrario se transforma en ese control y esa culpa de la que hablas. Amar no es fácil, porque implica mirar realmente por el otro y sacarte tú de la ecuación. Cuando se ama, se ama y uno se olvida de sí mismo. El problema viene cuando se empiezan a hacer operaciones aritméticas para ver cuánto conviene dar. Soy un convencido del poder redentor del amor. De ahí no pueden venir sino cosas buenas.

E.B: - Como escritor, ¿te gusta entretener o incomodar?
S.N: -
Entretener es la base irrenunciable. Lo primero que un escritor debe tener grabado en la frente, porque si no lo haces, si no entretienes, no hay segundo mensaje que se pueda hacer pasar. Para entonces ya te han cerrado el libro para siempre. Partiendo de ese axioma, me gusta provocar en el lector reflexiones sobre el alma humana, que se enfrente, mientras lee, a conflictos de los que él tiene que salir con sus propias herramientas. Mis novelas tienen una componente de reto para el lector. Pienso mucho en él, no soy de aquellos que dicen escribir para sí mismos, que también, sino que busco atravesar el muro.

E.B: - ¿La novela actual, en su mayoría, ha suavizado la complejidad de lo humano?
S.N: -
Hay novelas exitosas que me asombran por su vacuidad. Como el rey desnudo, nadie se atreve a decir que son un tostón porque te tacharían de ignorante. Pero, al mismo tiempo, hay autores actuales que son una delicia, como Juan Manuel Gil.

Soy de los que piensan que no todo tiempo pasado fue mejor. Hay propuestas atractivísimas, más creadores que nunca, mucha energía buena para combatir a esta ola fascista que quiere arruinarlo todo. De este período oscuro saldremos más fuertes y para ello la cultura tiene un papel fundamental para sostener las bases de lo humano.

E.B: - Si no escribieras, ¿entenderías menos la vida?
S.N: -
A mí me hace mucho bien porque me sirve para canalizar esta cabeza que no para de maquinar. Recuerdo que, de jovencito, cuando hacía remo, mi entrenador, Anchoa, alabó delante de muchos compañeros mi capacidad para embelesar contando historias. Yo era el más enclenque de todos, el más chiquitillo, el que nunca ganaba una regata, pero desde entonces ese comentario me sigue sosteniendo hasta hoy en día. Bendito Anchoa.

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