Mariana de Waldstein y Liechtenstein, por matrimonio marquesa de Santa Cruz, es una aristócrata adelantada a su tiempo. Ella y Luciano Bonaparte, el miembro más desconocido de la saga napoleónica, son los protagonistas de 'La marquesa y Bonaparte' (Planeta), la segunda novela de la historiadora María José Rubio (Madrid, 1965). La autora nos lleva a 1800, cuando Madrid se convirtió en el eje de la geopolítica europea. El tercero de los Bonaparte llega a la corte del apocado Carlos IV como embajador para maniobrar a favor de Francia en su pugna con Inglaterra, pero en su camino se encuentra con la aristócrata, una mujer casada, pero independiente que hizo de 'vivir sin pedir permiso' su lema.
"La novela, aunque el título pueda apuntar a ello, no es una historia de amor, plantea cosas mucho más profundas, entre ellas, el ejercicio del poder, la intriga diplomática, la intriga política y la guerra. Aquí el amor no es ñoño ni romántico, es también una cuestión política", nos explica la autora en una entrevista a ElPlural. Esa idea recorre el libro de principio a fin: los sentimientos no se desarrollan al margen del poder, sino dentro de él. En la corte, en los salones y en las conversaciones privadas, el deseo convive con la estrategia, y la intimidad nunca está del todo separada de la razón de Estado.
Una mujer adelantada a su tiempo
El punto de partida para esta historia fue la propia marquesa de Santa Cruz, a la que llegó por casualidad a través de una breve referencia a la relación que mantuvo con Luciano Bonaparte. La combinación de ambos en un momento histórico como aquel le pareció "la bomba" y empezó a tirar del hilo. Tenía ante sí una figura de enorme potencia novelesca: una aristócrata de origen centroeuropeo, inteligente, cosmopolita y una vida sentimental intensa. Antes de Luciano Bonaparte, había sido amante de William Beckford, un aristócrata inglés, pionero de la novela gótica, y el embajador Ferdinand Guillemardet.
Mariana pertenecía a una familia vienesa peculiar que protegió a Beethoven y tuvo como bibliotecario a Casanova. Su marido, José Joaquín de Silva Bazán y Sarmiento, el marqués de Santa Cruz, era el mayordomo mayor de palacio, director de la Real Academia Española y uno de los directivos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Entre ambos había una diferencia de edad enorme (47 años) y convirtió a su joven esposa en un personaje singular: culta, pintora y, sobre todo, libre.
La rebeldía de Luciano
Por su parte, Luciano es un personaje eclipsado por Napoleón, pero decisivo y lleno de matices. Su rebeldía lo convierte en un personaje especialmente atractivo para la ficción. Su presencia en Madrid como embajador francés lo coloca en el centro de una partida en la que Francia presiona a una España debilitada y busca someterla a su estrategia continental, con Portugal e Inglaterra al fondo del tablero.
Uno de los grandes asuntos de la obra, según María José Rubio, son los dilemas morales. A su juicio, lo más interesante no es presentar figuras planas, divididas entre héroes y villanos, sino mostrar personajes obligados a decidir en escenarios complejos. “En esta novela no hay buenos ni malos”, porque todos se mueven dentro de sus circunstancias, persiguiendo sus intereses, protegiendo su posición o intentando abrirse paso entre sus propias fragilidades, ambiciones y contradicciones.
Mujeres en la historia
El libro enlaza además con una constante en la trayectoria de Rubio: la recuperación de figuras femeninas relegadas por la historiografía tradicional. La autora defendió que la mujer ha tenido un papel “fundamental” en la historia, entre otras cosas porque constituye “el 50% de la sociedad”, pero recordó que el relato histórico ha sido durante siglos mayoritariamente masculino. Eso, argumentó, ha contribuido a que muchas trayectorias femeninas quedaran más silenciadas o deformadas de lo que realmente fueron.
En su opinión, las mujeres no tuvieron acceso general al ámbito público hasta muy tarde, pero eso no significa que no influyeran. Recordó que hubo mujeres de Estado, gobernantes y figuras con enorme peso en su tiempo, empezando por Isabel la Católica. En el caso de la aristocracia, admitió que la cercanía al poder facilitaba ciertos márgenes de acción, pero destacó que existían leyes, estatutos y costumbres que les cerraban el paso a las instituciones y a la plena visibilidad pública.
Una marquesa nada convencional
Mariana de Waldstein encarna precisamente esa tensión. Representa a una mujer culta, consciente de sí misma, capaz de tomar decisiones propias en un entorno que no estaba pensado para que una mujer decidiera libremente. La autora explicó que empatiza de manera muy directa con ese tipo de personajes y que le interesa explorar lo que piensan o sienten “debajo de lo que se ve públicamente”. Ahí se sitúa una de las claves de la novela: el conflicto entre deber y deseo, entre lo que exige la posición social y lo que reclama la propia identidad.
En ese sentido, una de las expresiones que atraviesan la obra, “vivir sin pedir permiso”, funciona como declaración de principios. Rubio quiso matizar su sentido y señaló que no se trata de una libertad caprichosa ni irresponsable. "Para ella, 'vivir sin pedir permiso', relata, significa vivir de forma consciente, siendo fiel a la propia identidad y tomando decisiones coherentes, pero aceptando que toda elección tiene consecuencias".
Con 'La marquesa y Bonaparte' María José Rubio refuerza su paso a la ficción sin abandonar las herramientas de la historiadora. La novela combina reconstrucción de época, personajes históricos, intriga política, conflicto sentimental, reflexión moral y una importante presencia del arte, con Goya entre las figuras que atraviesan el relato. Uno de los retratos más conocidos de Mariana de Waldstein es obra del pintor aragonés y se encuentra en el Louvre.
Un museo erótico secreto
El arte es otro de los temas que aborda la novela. Por un lado el afán por el coleccionismo, uno de los ideales de la ilustración. En este sentido, uno de los objetivos de Napoleón es crear el museo más bello del mundo, por lo que pretenderá arrebatar a España sus tesoros artísticos. También hace referencia a un museo erótico secreto en la Academia de San Fernando, donde se guardaron los desnudos de grandes maestros para salvarles de la purga emprendida por Carlos III, continuada por Carlos IV.
Detrás de la novela hay una documentación "brutal", fruto de su condición de historiadora. María José Rubio, que se define como un "ratón de archivo", asegura que solo está ficcionado lo que los documentos silencian.
La novela reconstruye así un momento clave de la historia europea a partir de dos figuras poco transitadas por el relato histórico, en un Madrid donde política, diplomacia y vida privada aparecen estrechamente entrelazadas.