Esta semana tenía pensado escribir sobre lo que ocurrió al sur de Países Bajos el pasado 13 de mayo. Me parecía importante llamar la atención sobre el hecho de que cuatrocientos patriotas provocaran allí un incendio en un centro de refugiados con quince personas dentro e intentaran posteriormente impedir la actuación de los bomberos. Pensaba decir que el hecho de que se estén normalizando discursos que criminalizan a los extranjeros no es inocuo, que es peligroso, que alienta la violencia e incluso, como en este caso, el intento de dejar morir achicharrados a hombres, mujeres y niños. Pero… Llegó el auto de juez Calama y la imputación de Zapatero para ponerlo todo patas arriba.

Hay decenas de artículos sesudos sobre este tema, el mío no lo va a ser. Solo soy un ciudadano agotado y harto de la sensación de que no nos merecemos esto.

Mi conciencia política a penas llega hasta los años noventa. En este corto periodo de tiempo he visto sentados frente a un juez a Adolfo Suárez en el 95, Felipe González en el 97 y el 98. A Aznar en 2021 y a Eme Punto Rajoy en 2017 y 2026. He vivido como vicepresidentes de Gobierno, ministros, secretarios de Estado, presidentes de Comunidad Autónoma, alcaldes, concejales, secretarios de organización de partidos, tesoreros y cuñados del Jefe de Estado entraban en la cárcel. He visto a todo un rey saldando deudas tributarias por ingresos no declarados. He leído mensajes de whatsapp de senadores felicitándose porque controlan por detrás la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Familiares de representantes públicos ganando en suerte casas de protección oficial, presidentes de diputaciones a los que les toca siete veces la lotería… la lista es tan larga como deprimente.

Y estoy entre enfadado y triste. No porque tenga claro que Zapatero es culpable de ningún delito, eso ya se verá, sino porque me he dado cuenta de que no me sorprendería que ninguna de las personas que veo dando solemnes discursos por televisión lo fuera. Es imperdonable que nos hayan quitado a base de mordidas, mentiras y corruptelas la fe en el sistema. Imperdonable que nos obliguen a mirarles con desconfianza. Imperdonable que nos hayan forzado a sentir antipatía por personas a las que deberíamos admirar por su dedicación a lo público. Imperdonable que te hagan sentir un estúpido idealista cuando afirmas entre amigos algo tan evidente como que también hay políticos honrados y partidos limpios.

Y en un doble mortal imposible nos piden confianza en el sistema al tiempo que se acusan mutuamente de ser corruptos y mentirosos. Salivan cuando pillan a alguien del otro bando porque entienden que favorece a sus intereses en lugar de recibirlo como un desastre más para nuestra democracia. Quizá eso no sea corrupción, pero les retrata como estrategas jugando una partida por el poder, no como servidores públicos preocupados por lo común.

Pregunta: ¿Si no nos hubieran decepcionado tanto habría la misma cantidad de gente buscando soluciones en la ultraderecha? Los cuatrocientos individuos que prendieron fuego al centro de refugiados de Países Bajos estaban ahí manifestándose en contra la inmigración según dicta el guion de esa tendencia política. La corrupción que enriquece a unos pocos puede ser la chispa que nos acabe abrasando todos.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora