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EN MI HAMBRE MANDO YO
Coctelera

Somos lo que quisimos

Nos prometieron una vida de comedia americana y acabamos interpretando nuestro papel sin piso, sin guion y con demasiadas ganas de que alguien se ría

Fotograma de la mítica sitcom 'Friends'.

Fotograma de la mítica sitcom 'Friends'.

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Soy un niño y escucho hablar de una serie que se llama Friends. Soy un niño que acaba de descubrir Como Conocí a Vuestra Madre y se cree que ligar es lo que hace Barney Stinson con su Playbook. Soy un chico enamorado y bailo la canción de The Office cada vez que nos sentamos a ver un capítulo cansados los martes por la noche. Soy un hombre un poco triste y veo Seinfield tumbado en la cama mientras intento terminarme los noodles instantáneos superpicantes que me he preparado para no tener que cocinar. Soy Luis María y como toda una generación, estoy preparado para ser el personaje de una historia escrita por otros. Soy Luis María y mis días no empiezan con una intro musical ni suenan risas enlatadas tras mis desgracias y mis chistes malos.                        

Soy Luis María y mi primer trabajo es ser librero. Me creo Hugh Grant en Notting Hill y llego a currar el primer día con una camisa de cuadros y un vaquero vintage, con un maletín cruzado colgado del hombro. ¿Para llevar qué?, me pregunto ahora. La vida adulta es un poco parecida a un maletín cruzado que no te sirve para llevar nada pero queda bien. Lo que me encuentro es un centro comercial diseñado para perderte y no poder salir nunca más de allí y miles de familias más interesadas en comprar libros que en leer. Como en Matrix, me comí una pastilla y le di la bienvenida al infierno de lo real. Duré solo un mes en el trabajo. Me pusieron en la calle después de rechazar un contrato de cuarenta horas librando el martes y la mitad del miércoles. Ese horario me decía estás aquí para siempre, como en Los Simpson. Mis compañeros o habían renunciado o estaban a punto de renunciar a cualquier otro sueño. Supongo que no tenía madera. Supongo que no me vieron capaz. Supongo que solo es un capítulo más de la sitcom de mi vida. Una trama secundaria - la vez que fui librero - que aporta mayor amplitud al arco narrativo de mi personaje

Las series de televisión y las comedias románticas dibujaron nuestro itinerario de la madurez y del deseo, pero lo que nos encontramos fue la versión deformada de los anhelos que nos hicieron tener. Somos una generación marcada por los hitos televisivos que escribieron tipos con la edad de nuestros abuelos o -en el mejor de los casos- nuestros padres. Mientras el mundo sigue su curso, el imaginario global nunca llegó a la crisis de 2008.

Mi idea de la adultez era compartir piso con mi mejor amigo y pelearnos por quién tenía el mejor sitio frente al televisor y algo así hicimos. Chandler y Joey. Mi idea de la adultez era tener novia, que mi amigo se hiciera su colega y salir juntos los tres por ahí a tomar algo cada noche. Marshall y Ted. Mi idea de la adultez era hacer pasar por transgresión y aventura la incompetencia emocional y el fracaso afectivo mientras me quejo de la vida en la columna de un periódico. Carrie Bradhsaw. Hacemos todo lo que hacemos porque lo vimos antes por televisión, pero la vida real no tiene un elenco de lujo ni mucho menos un equipo de peluquería y maquillaje que nos haga claudicar pero estando perfectos para la foto. La rutina no se retransmite en 4K y lo mejor es que nos demos cuenta cuanto antes.

Nos hacen creer que somos una generación inútil que no ha sido capaz de cumplir sus sueños, que no ha sido capaz de comprar una casa y que tarda muchísimo en llegar a ser padre, en caso de que lo consiga, pero es mentira. Esa es otra trama que los adultos mayores escribieron para nosotros para tenernos a nosotros y a ellos mismos enganchados hasta el final. Hasta la última pausa publicitaria en la que nos meterán por los ojos la aspiradora para limpiar la alfombra con la que decorar la casa de otro en la que vivimos. No hacía falta más anuncios. Ya estaba todo vendido. La historia que compramos, el objetivo último de la masa social de los nacidos a finales del siglo XX, es ser los protagonistas de una sitcom norteamericana. Los cócteles con las amigas en el brunch o las noches de promiscuidad a cambio de nada. Elige tu propia aventura un sábado por la mañana. Pero todo tiene su mérito. Somos expertos en la consecución de la nada. Hemos convertido en realidad las fantasías que consumimos. Mucho más fácilmente que ninguna otra generación. Mónica vivía en un piso en el Village porque su tía era la casera. Un actor de éxito en televisión y un joven consultor con una carrera prometedora tenían que compartir un piso gris sin amueblar; el ocio consiste en tomar café. Llegar a los treinta y cinco siendo un desastre, sin nadie que cuidar salvo de ti mismo; convertir la elección entre la vida personal y la profesional en un juego de suma cero donde siempre pierdes; que nos rompan el corazón y comer helado para curarnos. Somos un cliché, un frame bien subtitulado. Solo nos queda reír por no llorar. Somos lo que quisimos y nadie nos reconoce nada. Queremos nuestra medalla. Al menos tenemos derecho a eso.

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