El nuevo mundo se ha vuelto viejo de golpe, o, como diría el maestro del ensayo político Jorge Dioni, la sociedad líquida se ha empezado a coagular. Qué lejos queda la autoficción introspectiva milenial de la década pasada y la justificación – indulgente, quizá también necesaria – de esa precariedad dolorosa y necroliberal que quisieron empacarnos con papel de cebolla como símbolo de virtud y modernidad; qué mal han envejecido los artículos de las revistas molonas del momento, casi todas desaparecidas en el fuego colérico hípster – mis respetos a ellas: el primer trabajo por el que cobré se publicó en VICE en 2020 –, que pretendían vender como parte indivisible del progreso humano que hurgáramos en la basura para comer – friganismo –, compartiéramos piso empaquetados como ratas – coliving – o vistiéramos con harapos de segunda mano – actitud vintage –.
Aquella idealización de la pobreza que nos regaló la crisis de 2008, y que los barbudos sicópatas de la urbe neoyorquina mandaron de chilena a Malasaña y Poble Nou, se ha convertido en una vergüenza espantosa del pasado, casi tanto como el fascismo: ya no añoramos tener un trabajo divertido y absorbente en un startup de juguetes sexuales veganos, sino un curro estable y funcionarial que nos regalé tiempo libre para nuestras cosas; ya no queremos organizar orgías disidentes en comunas con olor marihuanero en las afueras de Copenhague, sino comprarnos un piso a buen precio; ya no aplaudimos la rotación constante en barrios modernos habitados por hombres de americanitas de colores con ambiguos antecedentes penales sexuales, sino que reclamamos la autenticidad de los espacios frente al globalismo que convierte el centro de las ciudades en plagios y tragedias con peste a té matcha.
Desgraciadamente, los hípsters no han desaparecido, sino que han crecido por fin y han transmutado sus narrativas de juventud en narrativas adultas; los milenials se han hecho mayores y han ocupado ciertos espacios de poder en la industria cultural – quizá tarde: ahora los centenials nos las vamos a ver canutas para manejar el cotarro antes de los cincuenta –, permitiéndose cambiar sus cuentos juveniles por relatos de la vida adulta: han pinchado por fin su adanismo vital, supongo que nunca es tarde si la dicha es buena.
Me sorprendió para bien la nueva serie producida por Los Javis para Movistar+ y escrita por Marta Bassols y Marta Loza, Yo siempre a veces; pensé que me iba a encontrar la decimonovena parida milenial sobre la importancia de la ternura y el colapso mental que produce crecer, pero es una serie buena, muy buena, con unos personajes – sobre todo, su protagonista – plagados de aristas y contradicciones con los que empatizas fácilmente, aunque te caigan fatal.
La serie cuenta la historia de una modernita barcelonesa que en una noche de pastillas y farlopa se queda embarazada de un pijo narcisista que la manipula a su antojo; y a partir de esta premisa, narra sus dificultades para enfrentarse a la vida adulta y la jodida maternidad. La obra me parece chula porque muestra desde una visión moderna y pragmática, lejos de romanticismos casposos y neocatecumenales de los que ya estamos curados de espanto, cómo las creaciones sociales del milenialismo hípster, tales como la crianza colectiva o la ansiada vida líquida, son ineficaces cuando te haces mayor y necesitas recurrir a estamentos que siempre han estado ahí, aunque nos joda, como el estado social o la familia; porque, cierto, aquí somos progres y estamos en contra de la familia tradicional, pero acabar con ella sin destruir primero el capitalismo es finiquitar el último tejido seguro que nos separa del individualismo atroz en el que los mercados nos necesitan para succionarnos hasta el alma.
La serie tiene dos momentos muy buenos. El primero, cuando la prota, Laura, recrimina a una de las modernísimas compañeras de piso con las que ejerce la crianza colectiva que se meta clenchas de perico en el sofá donde el crío duerme la siesta, a lo que esta responde que es su casa y pueda hacer lo que quiera – mucho sororidad hasta que el demonio de la propiedad privada nos embauca –; y el segundo, cuando también Laura está bailando en una fiesta en la calle, perreando, y mientras mueve el culo se da cuenta de que su hijo no para de llorar. Este momento me gustó mucho porque no me pareció una soflama reaccionaria para criticar que una mujer pueda divertirse cuando le salga de las narices – que faltaría más, vamos –, sino que lo entendí más bien como el trazo de una necesidad: te haces mayor y adquieres otros compromisos, pero también necesitas divertirte; necesitas ser tú, tener un espacio y disfrutar, y son cosas que no deben ser contrarias nunca a la responsabilidad.
A su modo, Yo siempre a veces es un reclamo milenial – se sigue palpando esa estética tan evidente de los exbarbudos – con el que pedir a toda una generación adanista e infantilizada que madure de una puñetera vez. Como habréis podido adivinar, yo los odio profundamente, pero quizá un poco menos después de esta serie.