Las calles se corroían por el dolor provocado por los serviles antidisturbios que trataban de desalojar a Maricarmen mientras en los foros públicos de siempre, las televisiones y las redes sociales, los moderados se desplegaban en busca de un acento lógico que colocar sobre la tragedia paradigmática de este puto país arrodillado al capital inmobiliario desde todas sus esquinas; este puto país que, como Abraham de acuerdo con sacrificar a su hijo si Dios se lo pedía, convierte a su población en sebo para alimentar al monstruo rentista. Aquí la gente no es gente, solo una fuerza de trabajo anonimizada con el deber de cumplir con la renta que añora la clase propietaria.

Los moderados, digo, buscaban un argumento lógico para explicar – o justificar, diríamos los malpensados – la tragedia paradigmática. La ministra de Vivienda salía a echar las culpas a Ayuso y pregonar que había intentado mediar con la ONU, ya ves tú, para parar lo ya imparable, como si no fuera más sencillito y eficiente votar en el Congreso a favor de restringir las actividades de los fondos buitre; mientras la cipayada de preadolescentes mentales de treinta años que publican articulitos en Linkedin y meten las sobras de su nómina de mil cuatrocientos euros a un índice del S&P500 prefería banalizar el dolor y empacarlo en las lógicas rentistas, y preguntarse qué hacía una señora habitando  por quinientos euros en el centro de Madrid – ¿porque no todo es dinero, quizá?, ¿porque el mundo es más complejo que las hojas de resultados que idolatráis y cuentan más, para cualquier persona de bien, los setenta años de residencia en una casa que las fantasías raíces de un fondo de inversión que quiere casi tres mil euros mensuales por un hogar? –.

Ambos discursos, en fin, son la misma cara de un moderantismo cómplice que no busca transformación o corrección alguna, sino perpetuar este juego sentimentaloide de enfado colectivo y utilizable en la mamandurria electoral; no hay ningún ánimo de cambio en la Administración y sus dirigentes, que se compungen frente al público porque así lo dicta ahora el papel del teatrillo. El ejemplo de la pobre Maricarmen, o de David y su hijo, desahuciados simultáneamente, a unos pocos kilómetros del centro de la capital, en el Ensanche de Vallecas, nos demuestra que el enfado es parte del juego. Lo que les toca ahora es llorar el conflicto, utilizar las raspas para lanzárselas al adversario y continuar con el inmovilismo moderantista para que nada cambie. En su modelo de sociedad, viciada por los rentistas y la importancia especuladora de los bienes raíces, estas tragedias son poco más que una espinita que apartar con cuidado del plato del que también comen, pero fingiendo una reacción desmesurada. Su intención se resume con una premisa: quieren desacoplar la propiedad privada, principalmente los bienes raíces, de cualquier ética o moral colectiva.

Hace cincuenta años, el clarividente filósofo López Aranguren escribía en Moral y sociedad, un ensayito sobre la cuestión social en el siglo XIX, este párrafo que rebota sin parar en las paredes del XXI: “el valor supremo es, para el moderantismo, el del Orden. Orden compatible, es claro, con una cierta libertad, con una ficción, al menos, de libertad. Orden, seguridad, protección de la propiedad: he aquí en lo que va a hacerse consistir la función primordial del Estado moderado. La base socioeconómica sobre la que se monta el moderantismo también nos es conocida: la desamortización y la nueva concepción, totalmente individualista, de la propiedad”.

Quien no vea que este orden moderado quiere revestir las paredes del siglo XXI con el gotelé del XIX, con la intención de convertir la propiedad en esa entelequia individual operada como un paraíso ajeno a la moral colectiva que justifique dejar en la puta calle a una nonagenaria por no pagar lo que al propietario le salga en cada momento del cimbrel, es que está ciego o es un cómplice. 

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