El sociólogo, periodista y escritor Malcolm Gladwell planteó en su libro “Fuera de serie. Por qué unas personas tienen éxito y otras no” la idea de que dedicar diez mil horas a una actividad te convierte en experto. No voy a entrar en por qué son diez mil y no ocho u once, pero parece sensato suponer que aquel que invierte mucho tiempo en algo termine conociéndolo.

Llevo veintisiete años sacando discos. No seré yo quien se autoproclame experto, pero son muchas más de diez mil las horas que he dedicado a escribir, grabar, ensayar, producir o hablar de música. Con la autoridad que me da la veteranía me voy a atrever a hacer un par de afirmaciones.

Primera y más importante: la música no es una sola cosa. A menudo se pretende que sea arte en el sentido más elevado del concepto, y en ocasiones lo es. Ha habido verdaderos prodigios componiendo, ejecutando e interpretando, personas con capacidades muy por encima de la media que han aportado piezas musicales a la altura del cuadro de La rendición de Breda de Velázquez, la Catedral de Burgos o El Conde de Montecristo. Eso es música, claro que sí, y nadie discute el talento de Mozart, de Michael Jackson o de Jimmy Hendrix, pero… aquí viene la idea polémica.

El número de genios es ínfimo en cualquier campo. La práctica totalidad de la humanidad es hermosamente normal, por lo tanto es razonable entender que la inmensa mayoría de las creaciones musicales sean el fruto de una mente ordinaria. No es cabal esperar que cada pieza musical sea una obra maestra, y desde luego no es necesario. La música -y aquí la segunda afirmación – es un elemento que la humanidad utiliza mayoritariamente para celebrar. Los sibaritas que buscan la excelencia en cada pieza a estas alturas quizá deberían haber entendido ya que un tarareo desentonado en un estadio puede ponerte los pelos de punta… o que el tan denostado reggaeton hace que millones de personas olviden sus problemas por unos minutos. Solo por eso cumple su función. Si la música entretiene, la música sirve.

Hay una oferta inabarcable de estilos y músicos. Disfrutar de uno de ellos no debería equivaler a hacer de menos a otro. Como alguien que conoce este mundo desde dentro y desde fuera puedo asegurar que los millones de chavales sin talento que hemos dedicado miles de horas a la creación de nuestros temas hemos vivido la maravillosa experiencia que resulta de hacer que exista algo de la nada con mimo, entusiasmo y dedicación. Esa sensación es impagable. Si componer, escribir, cantar y grabar hace sentir bien al quien lo realiza, la música sirve.

Confundir nuestros gustos subjetivos con la medida de las cosas es soberbia injustificada. Toda esa música que no nos gusta mueve miles de millones de euros al año, da innumerables puestos de trabajo, entretiene a niños, jóvenes y mayores, reta la creatividad de legiones de compositores, inspira, adorna recuerdos y rellena silencios.

La música no es solo una cosa. Es arte. Es diversión insustancial. Es negocio. Es creatividad. Es frustración. Es fanatismo. Es controversia… la música es lo mejor.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora