En las industrias culturales adoran a los buenos salvajes: son esos chicas y chicas, normalmente muy jóvenes y avispados, que tratan de hacerse un hueco a codazos en mundos tan complejos como el de la música, el cine, la literatura o el periodismo; son estos chavales o chavalas que fuera, en cualquier otra parte, serían considerados personas absolutamente normales, pero que entre los engranajes endogámicos y hereditarios de aquello que se palpe como artístico son tomados como bichos exóticos, como raras avis en peligro de extinción que aspiran a hacerse su propio espacio sin padrinos, sin contactos y sin fortunas familiares que apuntalen su existencia en caso de que venga el holodomor del fracaso.
Como digo, estos salvajetes, entre los que me incluyo, solemos caer muy bien porque damos una pincelada de exoticidad e impulsividad a mundos muy encorsetados y estrictos; somos los locos del sector, los descerebrados, los paletos sin colecciones de másteres en universidades privadas del norte de Francia; somos los graciosetes que venimos de un pueblo castellano, los que no tenemos un padre que trabajó en El País, los tristes e ingenuos que, por nuestra condición de no herederos, de hijos de una mamá maestra de primaria y un papá mozo de almacén, no podemos permitirnos vivir a la sopa boba y decidimos ir con todo desde muy jóvenes: solo tenemos una bala y la queremos aprovechar, aunque nos cueste la vida.
Pasa de vez en cuando que la meritocracia funciona – la meritocracia existe, claro, aunque como excepción y no como regla – y uno de estos salvajes empieza a vender y gustar al público, e inmediatamente deja de hacerle gracia a los que han estudiado en la Sorbona o tienen amigos en Miami; ese palurdo cachondo y sin carrera, entretenido en las distancias cortas y algo mamarracho pasa a ocupar por error una posición de prestigio, un puesto de salida, y se convierte al momento en un enemigo más que batir, en un usurpador de capital cultural que sacar a empujones, en una verdadera amenaza.
Los pijos dejarán de recomendar sus artículos o libros y pasarán a ponerle la zancadilla como auténticos cobardes, haciéndole de menos también en público, en sus propias obras o piezas periodísticas, asegurando con un lenguaje sutil y casposo que ese salvaje no es tan bueno como lo pintan: ya os digo yo que, por mucho que vaya de progre, para el heredero de una plaza en el sector cultural no hay nada peor que un paleto que en dos meses vende más libros que él en cinco años.
Recientemente, la HBO francesa ha estrenado Privilegios, una serie interesantísima que narra la historia de una presa en tercer grado a la que contratan para hacer trabajos sucios en un hotel de máximo lujo de París. Al principio, el director del establecimiento pijo la alaba por serle funcional y cumplir su papel de convicta exótica a la que se le ocurren soluciones tan demenciales como eficientes para los problemas del hotel, sin embargo, al ver que poco a poco empieza a ascender y labrarse su carrera con una agenda propia, decide que hay que quitársela de en medio. Porque los buenos salvajes son los que entretienen, hacen el trabajo para el que han sido reclamados y se van, no los que aspiran a saborear el pastel en lugar de conformarse con las migas
Comportaos, por favor, mis buenos salvajes, que los privilegios de los herederos no se defienden solos; no vendáis más libros que ellos ni aspiréis a un buen puesto, no se nos vayan a ofender.