Durante mucho tiempo, la historia de J.K. Rowling pareció tener la estructura perfecta de un cuento moderno. Madre soltera, con dificultades económicas, rechazada por numerosas editoriales antes de publicar Harry Potter y la piedra filosofal y convertida después en una de las mujeres más influyentes del planeta, Rowling encarnó durante años una idea casi impecable de superación personal. Su figura no solo estaba asociada al éxito editorial, sino también a la filantropía, a la defensa de causas progresistas y a una narrativa pública que la presentaba como alguien que había transformado la adversidad en literatura universal. Era difícil encontrar una autora contemporánea con un consenso tan amplio a su alrededor.
El consenso alrededor de Rowling estalló en el terreno donde hoy se destruyen reputaciones a la velocidad de un clic. No fue una novela fallida, ni una entrevista incómoda, ni una aparición pública desafortunada. Entre 2019 y 2020, la autora empezó a intervenir de forma cada vez más explícita en el debate sobre sexo y género. Primero mostró su apoyo público a Maya Forstater, investigadora británica envuelta en una controversia laboral tras defender que el sexo biológico no puede cambiarse. Después llegaron sus comentarios sobre la expresión “personas que menstrúan”, que ironizó al recordar que antes existía una palabra para definirlas, “mujeres”.
Desde entonces, Rowling ha insistido en presentarse como una defensora del feminismo basado en el sexo biológico. Sus críticos, sin embargo, ven otra cosa. Ven a una autora multimillonaria, con una plataforma global, utilizando su influencia para cuestionar avances vinculados a los derechos de las personas trans. La discusión no se produce en igualdad de condiciones. No es una escritora perseguida por pensar distinto frente a una masa todopoderosa. Es una de las autoras más ricas y famosas del mundo interviniendo una y otra vez sobre un colectivo que ya soporta discriminación, violencia, precariedad sanitaria y una permanente sospecha pública sobre su identidad.
En junio de 2020, Rowling publicó un extenso ensayo en el que detallaba sus motivos para intervenir en el debate. Allí defendía que sus preocupaciones estaban relacionadas con la protección de espacios exclusivos para mujeres, la libertad de expresión, la atención sanitaria a menores con disforia de género y su propia experiencia como superviviente de violencia machista. Ese último elemento merece respeto y no debe utilizarse para deslegitimar su dolor. Pero una experiencia personal, por dura que sea, no convierte automáticamente cualquier posición política en justa. El feminismo no puede construirse convirtiendo a otro colectivo vulnerable en amenaza permanente.
La fractura se hizo especialmente visible cuando varios de los rostros más conocidos del universo Harry Potter marcaron distancias con ella. Daniel Radcliffe, Emma Watson, Rupert Grint y Eddie Redmayne, entre otros intérpretes vinculados a la saga, expresaron públicamente su apoyo a las personas trans y dejaron claro que no compartían las posiciones de la escritora. La imagen era demoledora. La autora que había creado una saga leída durante años como una defensa de la diferencia, la amistad y la resistencia frente al autoritarismo aparecía ahora contradicha por quienes encarnaron ese mensaje ante millones de espectadores.
La paradoja resulta incómoda, pero inevitable. Harry Potter enseñó a varias generaciones a desconfiar de quienes clasifican a las personas por su origen, su cuerpo o su supuesta pureza. Rowling, en cambio, parece haber acabado atrapada en una lógica de fronteras rígidas. Quién entra y quién no entra. Quién puede nombrarse y quién debe ser nombrado por otros. Quién pertenece a la categoría de mujer y quién queda fuera de ella. La autora que imaginó un mundo donde los marginados encontraban comunidad ha terminado discutiendo públicamente los límites de esa comunidad con una frialdad que descoloca a muchos de sus antiguos lectores.
La escritora que inventó el andén 9¾, ese lugar donde los mundos podían separarse con un simple paso, ha terminado atrapada en una realidad donde ficción y biografía ya son inseparables. Su mayor hechizo fue crear un universo mágico. Su mayor contradicción, haber convertido parte de ese legado en un campo de batalla contra quienes también buscaban, como tantos personajes de sus novelas, un lugar seguro donde poder existir.
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