Hay días que nacen como una noticia y terminan convertidos en una metáfora. El 14 de julio de 1789 fue uno de ellos. Aquella mañana, miles de parisinos no salieron de casa pensando que iban a protagonizar una escena destinada a aparecer durante siglos en libros, películas, discursos políticos y todo tipo de productos con la bandera tricolor.

Buscaban armas, pólvora y alguna garantía de que el poder absoluto no iba a aplastar por la fuerza las aspiraciones políticas que estaban creciendo en Francia.

Acabaron tomando la Bastilla.

Y, sin pretenderlo del todo, entregaron a la historia una de sus imágenes más poderosas. La multitud derribando los muros de aquello que parecía intocable.

Qué era la Bastilla y por qué inspiraba tanto temor

La Bastilla de Saint-Antoine había sido construida originalmente durante el reinado de Carlos V para proteger una de las entradas orientales de París. Con el paso del tiempo, la fortaleza medieval se transformó en una prisión del Estado y quedó asociada a las detenciones ordenadas por la monarquía.

En algunas ocasiones, estas detenciones se realizaban mediante las conocidas como "lettres de cachet", documentos firmados por el rey que permitían encarcelar a una persona sin necesidad de celebrar un juicio convencional.

Sus torres gruesas y oscuras representaban algo más inquietante que una simple cárcel. La Bastilla era la arquitectura del poder absoluto, una mole capaz de recordar a cualquier ciudadano que el monarca podía encerrar a una persona y apartarla de la vida pública.

Sin embargo, la realidad de 1789 tenía algo de ironía histórica. Cuando fue asaltada, la fortaleza había perdido buena parte de su importancia militar y penitenciaria. Solo albergaba a siete presos y su mantenimiento resultaba tan costoso que ya se había planteado su demolición.

Por qué el pueblo de París tomó la Bastilla

Francia atravesaba una crisis política, económica y social de enormes dimensiones. El Estado estaba prácticamente arruinado, los precios de los alimentos habían aumentado y una gran parte de la población soportaba impuestos y dificultades mientras la nobleza y el clero conservaban numerosos privilegios.

El rey Luis XVI había convocado los Estados Generales para intentar resolver la crisis financiera. Sin embargo, los representantes del Tercer Estado, que hablaban en nombre de la inmensa mayoría de la sociedad, terminaron constituyéndose en Asamblea Nacional y reclamando una constitución.

El conflicto dejó de ser únicamente fiscal. La discusión ya no trataba solo sobre cómo llenar las arcas del reino, sino sobre quién tenía derecho a gobernar Francia.

La destitución del popular ministro de Finanzas Jacques Necker y la concentración de tropas alrededor de París alimentaron el temor a una represión. La población comenzó a armarse. El 14 de julio, los insurgentes consiguieron miles de fusiles en el complejo militar de Los Inválidos, pero necesitaban pólvora. Buena parte de ella se encontraba almacenada en la Bastilla.

No se trató, al menos inicialmente, de una misión romántica destinada a liberar a centenares de presos políticos. La multitud quería munición y pretendía neutralizar un enclave militar situado en un barrio popular. La épica llegaría después, cuando los hechos comenzaran a transformarse en relato.

Tras varias horas de negociaciones confusas y enfrentamientos, la guarnición terminó capitulando. Los asaltantes entraron en la fortaleza, liberaron a los siete prisioneros y se apoderaron de las armas y la pólvora.

El gobernador Bernard-René de Launay fue detenido y posteriormente asesinado por la multitud. Su cabeza fue exhibida por las calles de París. La jornada revolucionaria tuvo también un rostro sangriento que las celebraciones posteriores no siempre muestran con el mismo entusiasmo que los desfiles y los fuegos artificiales.

Qué simboliza la toma de la Bastilla

La caída de la Bastilla no acabó por sí sola con la monarquía. Luis XVI continuó reinando, la república todavía tardaría más de tres años en proclamarse y la Revolución francesa atravesaría etapas muy diferentes, desde las reformas constitucionales hasta el Terror y la posterior llegada de Napoleón Bonaparte.

La toma de la Bastilla simboliza la ruptura con el absolutismo, el rechazo de la arbitrariedad y la entrada del pueblo en la historia como sujeto político. Su caída convirtió una revuelta parisina en una señal que recorrió toda Francia y aceleró el proceso revolucionario.

No era únicamente una puerta derribada. Era la idea de que las instituciones también podían perder su legitimidad.

El edificio comenzó a ser demolido poco después. Algunas de sus piedras fueron vendidas o distribuidas como recuerdos revolucionarios. Incluso desaparecida, la fortaleza siguió creciendo. Ya no ocupaba una plaza de París, sino la imaginación política de Europa.

Más de dos siglos después, la plaza de la Bastilla sigue siendo uno de los lugares más conocidos de París, aunque de la antigua prisión apenas queden rastros visibles. La columna que preside actualmente el espacio no conmemora la Revolución francesa de 1789, sino la Revolución de Julio de 1830.

Este 14 de julio, los franceses volverán a mirar hacia una fortaleza. Solo que esta vez estará hecha de camisetas rojas, posesión de balón y la obstinación española por estropearles la fiesta.

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