Cuando España y Francia salten esta noche al césped para disputar una plaza en la final de la Copa Mundial de la FIFA 2026, no se enfrentarán únicamente dos de las grandes potencias del fútbol europeo. Sobre el terreno aparecerá también el resultado de dos modelos distintos de formación y detección del talento, ambos sobradamente brillantes. Y, en el caso francés, de una maquinaria que hace tiempo dejó de trabajar exclusivamente para su propia selección.

El dato ayuda a comprender la verdadera dimensión del fenómeno. De los 1.248 futbolistas convocados para el torneo, 99 nacieron en Francia. Son casi el 8% del total y convierten al país en el principal lugar de nacimiento de los jugadores participantes. Lo verdaderamente llamativo es que solamente 23 de esos 99 visten la camiseta francesa. Los otros 76 compiten para otras selecciones, aunque la inmensa mayoría se formó futbolísticamente en territorio francés, según un análisis de Opta verificado por Le Monde.

El Mundial permite así contemplar una especie de selección francesa ampliada, dispersa entre distintas banderas. Argelia cuenta con 13 jugadores nacidos en Francia; Haití, con 12; la República Democrática del Congo, con 11; Senegal, con diez; Costa de Marfil, con ocho; Túnez, con siete, y Marruecos, con seis. También Catar y España tienen un representante nacido en el país vecino. En el caso español, se trata de Aymeric Laporte, nacido en Agen y desarrollado deportivamente en clubes franceses antes de incorporarse a la cantera del Athletic Club.

No es una casualidad ni una simple anomalía estadística. Es el fruto de una estructura construida durante décadas, basada en miles de clubes amateurs, una red nacional de ojeadores, centros regionales de tecnificación y academias profesionales. Pero es también la consecuencia de una historia mucho más larga e incómoda: la del colonialismo francés, las migraciones que provocó o favoreció y los vínculos familiares, lingüísticos, jurídicos y culturales que sobrevivieron a las independencias.

Noventa y nueve jugadores, una sola fábrica

La ventaja de Francia sobre el resto de los grandes países productores de futbolistas es considerable. No solo llena su propia selección de jugadores de primer nivel, sino que abastece a equipos nacionales de varios continentes y exporta profesionales a prácticamente todas las ligas relevantes.

La explicación comienza en la cantidad. La Federación Francesa de Fútbol, la FFF, sostiene una de las estructuras formativas más extensas de Europa. Sobre una amplia red de clubes locales actúa un sistema de observación particularmente intenso. Los mejores jugadores pueden acceder desde muy jóvenes a los denominados Pôles Espoirs, centros regionales que funcionan como puente entre el fútbol amateur y las canteras profesionales.

Los 16 centros masculinos gestionados por la dirección técnica nacional forman cada temporada a unos 480 jóvenes. Aproximadamente el 60% acaba incorporándose a un centro de formación profesional. Por este tipo de estructuras pasaron futbolistas de la talla de Kylian Mbappé o Thierry Henry. Casi nada.

El sistema no consiste únicamente en reunir a los adolescentes con mejores condiciones físicas. La selección también tiene en cuenta el rendimiento escolar y el comportamiento. Los jóvenes entrenan durante la semana, mantienen su formación educativa y, en muchos casos, continúan compitiendo con sus clubes de origen durante el fin de semana.

En la cúspide simbólica de esta pirámide se encuentra Clairefontaine, el centro nacional asociado internacionalmente con la producción de talento francés. Sin embargo, atribuir todo el éxito a una sola academia sería simplificarlo. La verdadera cantera está repartida por cientos de campos municipales, clubes modestos y complejos deportivos de las periferias urbanas.

Cada generación introduce en las estructuras de alto rendimiento a unos 980 jugadores: alrededor de 700 en centros de formación de clubes profesionales y otros 280 en los Pôles Espoirs. Solo el 18% acaba convirtiéndose en profesional. La maquinaria es poderosa precisamente porque su base es enorme, aunque su cima siga siendo extraordinariamente estrecha.

El mapa del fútbol también es el mapa del imperio

La distribución de los 99 jugadores nacidos en Francia no puede entenderse sin observar el antiguo mapa colonial. Muchos de los países que reciben futbolistas formados en territorio francés estuvieron colonizados, ocupados o sometidos a protectorados por el Estado francés.

La conquista de Argelia comenzó en 1830 y dio paso a 132 años de dominación colonial, hasta la independencia de 1962. Túnez quedó sometido a un protectorado francés en 1881 y Marruecos en 1912. En el oeste de África, territorios como Senegal y Costa de Marfil quedaron integrados en la estructura de la África Occidental Francesa. Esos procesos alteraron las sociedades, impusieron jerarquías políticas y económicas y crearon circuitos de movilidad hacia la metrópoli.

El colonialismo no fue únicamente una ocupación territorial que terminó con las independencias. Dejó una lengua administrativa compartida, sistemas educativos inspirados en el modelo francés, redes comerciales, acuerdos políticos, vínculos laborales y movimientos migratorios que siguieron funcionando durante décadas.

La presencia de millones de ciudadanos franceses con orígenes familiares africanos no puede separarse de esa historia. En 2023 vivían en Francia 3,5 millones de inmigrantes nacidos en África, equivalentes al 48% de toda la población inmigrante del país. Seis de cada diez procedían del Magreb, principalmente de Argelia, Marruecos y Túnez.

Los movimientos comenzaron mucho antes de las independencias. Desde finales del siglo XIX ya existía una corriente migratoria de trabajadores argelinos hacia la metrópoli. Durante y después de la Primera Guerra Mundial, cientos de miles de magrebíes cruzaron el Mediterráneo para trabajar en minas, fábricas y grandes ciudades francesas. Entre 1921 y 1939 lo hicieron cerca de 400.000, principalmente argelinos.

La reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial reforzó estas corrientes. La economía francesa necesitaba mano de obra y recurrió en buena medida a trabajadores procedentes de sus colonias y, posteriormente, de sus antiguas colonias. Muchos se instalaron en las periferias de París, Lyon, Marsella y otras áreas industriales. Sus hijos y nietos nacieron ya en Francia, asistieron a escuelas francesas y comenzaron a jugar al fútbol en clubes municipales franceses, pero conservaron vínculos familiares y emocionales con los países de origen.

El resultado aparece ahora en las convocatorias del Mundial. Un futbolista puede haber nacido en Saint-Denis, haberse formado en un club de Île-de-France y representar a Senegal, Argelia, Marruecos o Costa de Marfil por el origen de sus padres o abuelos. La camiseta elegida es distinta, pero la ruta deportiva comienza a menudo en el mismo sistema.

Eso no significa que el listado de selecciones sea una reproducción exacta del imperio francés. La República Democrática del Congo, por ejemplo, fue colonia de Bélgica, no de Francia. Su abundancia de jugadores nacidos en territorio francés también se explica por la lengua compartida, las redes migratorias posteriores y la presencia de una importante diáspora congoleña.

Tampoco todos los jugadores viven su identidad de la misma forma. Reducirlos a una consecuencia automática del colonialismo sería negar sus decisiones personales y la diversidad de sus historias familiares. Pero borrar el pasado colonial produciría una distorsión aún mayor: los vínculos entre Francia y buena parte de las selecciones africanas no nacieron en una academia de fútbol, sino en una relación histórica profundamente desigual.

Cuando el fútbol también sirvió para independizarse

El balón no fue únicamente una herramienta de integración dentro de la sociedad francesa. También se convirtió en un espacio de resistencia política frente al colonialismo.

El ejemplo más conocido se produjo durante la guerra de independencia de Argelia. En abril de 1958, varios futbolistas argelinos abandonaron sus clubes profesionales franceses para formar el equipo del Frente de Liberación Nacional, el FLN. Entre ellos estaban Rachid Mekhloufi, estrella del AS Saint-Étienne, y Mustapha Zitouni, futbolista del AS Monaco y miembro de la selección francesa.

El equipo del FLN recorrió diferentes países para internacionalizar la causa de la independencia argelina. No era reconocido oficialmente por la FIFA, pero funcionó como una embajada deportiva de una nación que todavía no existía jurídicamente. Sus partidos demostraron que el fútbol también podía convertirse en un instrumento de emancipación frente al poder colonial.

La historia resume muchas de las contradicciones que continúan presentes. Los jugadores habían aprendido y desarrollado su fútbol dentro de clubes franceses, pero utilizaron esa formación para representar a Argelia y luchar contra la dominación de Francia. El mismo sistema deportivo que integraba a los futbolistas colonizados produjo también algunos de los símbolos más reconocibles de la descolonización.

Décadas después, el recorrido es menos dramático, pero conserva parte de esa complejidad. Los descendientes de aquellas migraciones pueden sentirse plenamente franceses y, al mismo tiempo, vinculados a la historia, la cultura o la memoria familiar de otro país. Elegir una selección africana no implica necesariamente rechazar Francia, del mismo modo que representar a Francia no obliga a borrar los orígenes familiares.

La República pone el método; las familias conservan la memoria

Más de la mitad de los 99 futbolistas nacidos en Francia que han participado en el torneo procede de Île-de-France, la región que incluye París y su extensa corona metropolitana. Allí coinciden una gran densidad de población, una enorme popularidad del fútbol, miles de jugadores jóvenes y una red de entrenadores y observadores acostumbrados a detectar talento desde edades tempranas.

Los barrios periféricos son fundamentales para el éxito del modelo, pese a que a menudo aparecen en el debate público francés únicamente asociados a la pobreza, la inseguridad o los conflictos identitarios. El fútbol ofrece una imagen distinta, aunque no necesariamente idealizada. Esos territorios soportan desigualdades, discriminación y falta de oportunidades, pero también producen una parte considerable del capital deportivo y cultural del país.

La selección francesa se beneficia directamente de esa diversidad. Al mismo tiempo, las federaciones africanas observan las academias y los campeonatos juveniles franceses para localizar a futbolistas con doble nacionalidad. Ya no esperan necesariamente a que un jugador sea descartado por Francia. Cada vez más selecciones presentan proyectos deportivos capaces de convencer a jóvenes que incluso han pasado por las categorías inferiores francesas.

La elección no es siempre un premio de consolación. Puede responder a la competencia deportiva, pero también a un sentimiento de pertenencia, a la influencia de la familia o al deseo de representar la historia de padres y abuelos. La nacionalidad administrativa, la identidad cultural y la camiseta deportiva no tienen por qué coincidir de una manera sencilla.

La propia FFF contempla a los internacionales de otras selecciones como una demostración de la calidad del sistema. Desde la perspectiva federativa, esos jugadores actúan como embajadores de la formación francesa. La abundancia de talento permite asumir que muchos escogerán otras selecciones y que otros, sencillamente, no encontrarán espacio en el combinado absoluto.

Una industria que exporta más talento del que puede absorber

El fenómeno supera ampliamente el Mundial. En mayo de 2026, el Observatorio del Fútbol CIES contabilizó 1.275 futbolistas franceses que competían como expatriados en 135 ligas profesionales. Solo Brasil, con 1.455, tenía más jugadores en el extranjero. En cinco años, el número de franceses exportados había aumentado un 35%.

Francia produce más futbolistas de alto nivel de los que su liga y su selección pueden absorber. Las academias forman jugadores para sus primeros equipos, pero también para venderlos a campeonatos con mayor capacidad económica. A la exportación comercial se añade la internacional: futbolistas franceses que trabajan en clubes de otros países y defienden a selecciones distintas.

La semifinal frente a España ofrece así una imagen paradójica. Uno de los jugadores españoles, Aymeric Laporte, nació en Francia. Al mismo tiempo, decenas de futbolistas educados por el sistema francés han defendido durante el Mundial a países relacionados con las distintas migraciones que conforman la sociedad gala.

Por eso la cantera de la República es algo más que un modelo deportivo. Es también un espejo de la Francia contemporánea: diversa, urbana, atravesada por desigualdades y heredera de una historia colonial cuyas consecuencias siguen presentes. La formación futbolística explica cómo se producen tantos jugadores; el colonialismo y las migraciones ayudan a comprender por qué esos jugadores pueden representar a tantas selecciones diferentes.

Quienes presentan la diversidad como una amenaza para la identidad francesa se encuentran con una realidad difícil de ocultar. Buena parte del poder futbolístico del país nace precisamente en las familias y los barrios a los que determinados discursos políticos continúan tratando como extranjeros. La bandera francesa se beneficia de ellos, pero también lo hacen las banderas de las antiguas colonias.

Esta noche, frente a España, solo 23 de los 99 jugadores nacidos en Francia vestirán de azul. Los otros 76 habrán competido bajo diferentes enseñas. Pero todos pertenecen, de una forma u otra, a una misma historia: la de un país que construyó un imperio, recibió después a las poblaciones de aquellos territorios y terminó convirtiendo a sus descendientes en la mayor fábrica de futbolistas del planeta.

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