Hace cosa de mes y medio, en una tienda del aeropuerto de Las Vegas, rodeado de souvenirs de casino, chocolatinas temáticas de all-in y llaveros giratorios con el logo de la ciudad, se me fueron los ojos a un libro infantil. No tenía relación ninguna con el motivo que me había llevado allí ni con el espíritu del lugar; justamente al contrario.
La mirada se te detiene en una adaptación para niños de un salmo de la Biblia. En concreto, del salmo 139: “Señor, tú me examinas, tú me conoces…”. Ni el salmo ni mi fe son importantes, al menos en esta historia. Tampoco lo es Las Vegas, aunque siempre recordaré que fue allí, el 13 de septiembre de 2026, donde le compré su primer regalo al hijo que quizá nunca llegue a tener.
El baby fever me vino a visitar por primera vez poco después de la muerte de mi padre. Como si se tratase de algún rito arcano y poderosísimo, cuando me vi siendo el último hombre de mi estirpe sentí por primera vez la necesidad de prolongarla. Pasé de no haber pensado nunca en niños y de aceptar a regañadientes concederme un primogénito hijo único a pensar que quizá cuatro fuera una cantidad aceptable. Que nadie se merece no poder compartir la muerte de un padre con alguien que sienta lo mismo. De querer verme siendo un cuarentón estirado, intelectualoide y vanidoso estoy pasando a querer convertirme en una colchoneta humana y una red de seguridad al mismo tiempo, un tipo asediado por las voces en la casa, sin silencio ni tiempo para leer ni para escribir, ocupado metiendo y sacando niños de la bañera como quien escalda tomates en la olla.
Recuerdo perfectamente la sensación que confirmó todo este delirio de herencias y sucesiones. Un día, cocinando en mi casa, tuve una revelación. Sentí que hubiera podido hacer todo el guiso que hacía chup-chup delante de mí con un crío subido en mi regazo izquierdo, agarrándome la oreja con los dedos mojados de su propia baba y balbuceando en un idioma incomprensible. Si podía vigilar unas lentejas con una sola mano, podría también, con una sola mano, prosperar en el trabajo, ser un buen marido, cuidar de mi madre. Podría seguir haciendo todas las cosas que antes hacía con las dos, porque ya las he hecho suficientes veces para saber cómo hacerlas.
El deseo de ser padre es como probar un hotel de lujo, un tripi o un gran vino: puedes volver a tu vida normal, pero nunca vuelves a ser el mismo. Poco a poco se va instalando en tu imaginario que ya no vas a ser un cuarentón elegante y solitario, un poco golfo quizá, que vive en un pisito decorado con buen gusto en el centro de la ciudad, que pasa las noches entre semana asistiendo a todos los eventos que te permite tu apretada agenda social, y te planteas que a lo mejor no es tan mala idea cenar los miércoles puré de verduras en la mesa de la cocina en vez de probar un nuevo restaurante vietnamita que ha abierto en La Latina. O peor: empiezas a pensar que si sigues siendo el tipo de adulto que querías ser cuando tenías quince años será todo un fracaso; que hay que cambiar de sueños en algún momento, sobre todo cuando ya los has cumplido, y abrirle la puerta a nuevas ilusiones, preferiblemente si huelen a Nenuco y tienen tus ojos, si son ilusiones a las que puedes enseñar a leer, explicarles la normativa del fuera de juego con el salero y el pimentero, o a diferenciar los lobos de los corderos.
De repente empiezas a entender. Las anécdotas de tus rebeldías adolescentes (y no tan adolescentes) se tiñen con una ligera sombra de angustia por las preocupaciones que hiciste pasar a tus padres. De todas las preguntas del cuestionario Proust, la de cuál es tu nombre favorito toma un significado especial. Piensas en la edad de tu madre y en la tuya, ya no como una distancia insalvable de entendimiento generacional, ni como un debate sociopolítico entre millennials y boomers, sino porque quieres que tus hijos conozcan a alguno de sus abuelos. Sigues teniendo las ideas a contracorriente de siempre, pero esta vez discutes con tus amigos sobre que el dinero no es importante para medir cuántos hijos quieres tener, que lo importante es tener tiempo y que donde comen tres comen cuatro, que ya les enseñarás inglés tú en casa si no nos da para academias. Piensas, por primera vez, que no vale la pena enamorarse por enamorarse, que es importante que la mujer con la que compartas tus días sea buena persona, por lo que pueda pasar. No buscas solo el romance, que se te erice la piel cuando te rocen, sino alguien con quien no vayas a discutir cuando las cosas se tuerzan.
Este verano, en lugar de fijarte en las chicas guapas que toman algo en los chiringuitos, has mirado más a las familias jóvenes que hacen castillos de arena fortificados, con foso y una estrella de mar en lo alto de las almenas. A la vuelta, en el cumpleaños de tu primo, dedicas más tiempo a jugar con los críos de sus amigos que a buscar un lugar infernal donde terminar la noche; les preguntas a tus compañeros de trabajo que ya son padres qué tal compaginan la paternidad con los conciertos, te imaginas que tus amigos que viven lejos viven cerca de ti, pero no solo para tomar algo los sábados por la noche; pasas un domingo por la mañana llevando al zoo a Iria en vez de maldiciéndote por la resaca y, la verdad, es que no está nada mal. De repente, mientras esperas que el balón baje del cielo a tu bota en las pachangas de fútbol de los lunes, se cuela un pensamiento intrusivo: te gustaría poder enseñar a jugar a alguien alguna vez. Y por supuesto que te hace más ilusión comprar libros infantiles de lo que nunca te hizo comprar botellas de ron cuando atraviesas los duty free de los aeropuertos.
A veces tenemos miedo a compartir nuestros deseos, por si los gafamos, y nuestros miedos, por si se hacen realidad, pero sobre todo por no elevar a los demás nuestras más profundas derrotas. “Para que los que te quieren no lloren y para que los que te odian no se rían”, decía mi abuela. Así que estoy a punto de borrar todo este artículo, una confesión de este calibre, y escribir sobre el cambio de hora. Pero no, decido convertir esta columna en una apuesta conmigo mismo, en un all-in para el futuro. Dejo que el baby fever me enfiebre. Lo escribo como un hechizo —spell— y pongo todas las fichas en la mesa de juego. Al final parece que todo esto sí tenía algo que ver con Las Vegas.
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