Treinta años después de su estreno, Tesis sigue ocupando un lugar raro dentro del cine español. No solo porque lanzara la carrera de Alejandro Amenábar, no solo porque ganara siete premios Goya, no solo porque demostrara que aquí también se podía hacer thriller con nervio y ambición. Sigue ahí porque pocas películas españolas han sabido envejecer tan bien sin convertirse en pieza de museo. 

La película se estrenó el 12 de abril de 1996 y, tres décadas después, la Universidad Complutense de Madrid ha celebrado su aniversario con una proyección especial y un encuentro con Amenábar en la Facultad de Ciencias de la Información, el mismo lugar donde estudió y donde rodó buena parte de la película. Allí, además, el director anunció una remasterización para corregir problemas técnicos de la copia y mejorar el sonido. El gesto tiene sentido: pocas películas están tan ligadas a un espacio concreto como Tesis

Ese vínculo con la Complutense no es una anécdota de promoción ni un simple apunte de making of. Es una de las claves de la película. Tesis entendió algo muy preciso: que el miedo funciona mejor cuando entra en lugares reconocibles. Amenábar no mandó a sus personajes a una mansión, a un bosque ni a un escenario gótico. Los metió en una facultad, en una videoteca, en un archivo, en un sótano universitario. Lo hizo, además, en una facultad de Ciencias de la Información, es decir, en un lugar dedicado a pensar imágenes, discursos y relatos.

Eso, para quienes hemos estudiado en la Complutense, tiene además una resonancia bastante concreta. Yo he pasado por esos edificios, por esos pasillos y por esos sótanos. Y creo que ahí la película acertó de una forma muy poco impostada. No porque convirtiera la facultad en una casa del terror, sino porque captó algo muy reconocible. Esa mezcla entre rutina, desgaste material y anonimato que tienen algunos espacios universitarios cuando se vacían. Tesis supo leer muy bien esa textura. La del fluorescente cansado, la puerta pesada, el archivo al fondo, el pasillo demasiado largo. Después de ver la película, no es que uno baje pensando que va a encontrar una cinta maldita, simplemente ya no bajas con la misma tranquilidad.

Porque si algo mantiene viva a Tesis no es solo su trama, sino su idea de fondo. Ángela, una estudiante que prepara un trabajo sobre la violencia audiovisual, encuentra una cinta que la lleva a una investigación criminal dentro de la propia universidad. Pero reducir la película a eso es quedarse corto. Tesis no era solo una historia sobre un crimen. Era una historia sobre la mirada. Sobre quién produce el horror, sí, pero también sobre quién quiere verlo. Ahí es donde fue más lejos que muchos thrillers españoles posteriores. 

La película apareció mucho antes de las redes sociales, de la circulación masiva de vídeos violentos, del algoritmo premiando el impacto, del consumo acelerado del espanto como una forma más de entretenimiento o de ruido público. Y sin embargo ya estaba ahí el núcleo de todo, la violencia convertida en producto y el espectador convertido en parte del mecanismo.

Tesis no se vuelve interesante por exceso, sino por control. No necesita exhibir más de la cuenta para ser perturbadora. No se recrea continuamente en aquello que denuncia. Una parte del audiovisual actual cae justo en la trampa contraria, pretende criticar la violencia al tiempo que la explota visualmente. Tesis fue bastante más lista. Entendió que lo decisivo no era mostrarlo todo, sino obligarte a pensar por qué quieres seguir viendo.

La cinta pasó por la sección Panorama de la Berlinale y en los Goya de 1997 ganó siete premios, entre ellos mejor película, mejor dirección novel y mejor guion original. En la práctica, aquello confirmó dos cosas. La primera, que Amenábar no era una aparición puntual, sino un cineasta llamado a marcar una época. La segunda, que el cine español podía tomarse en serio el género sin pedir perdón por ello. 

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