Hay personajes que envejecen mal. Torrente, en cambio, envejece como la mayonesa olvidada al sol: peor, más tóxico y, precisamente por eso, más reconocible. José Luis Torrente nunca fue un héroe popular en el sentido noble del término; fue, desde el primer minuto, un vertedero con patas. Machista, racista, corrupto, franquista, marrano y orgulloso de serlo, apareció en 1998 como una caricatura tan bestia que muchos entendieron el chiste y otros, para inquietud general, decidieron invitarlo a sentarse en el salón de casa. Aquel estreno del 13 de marzo de 1998 no solo lanzó una película: puso en circulación una forma muy española de reírse del esperpento nacional.

La primera Torrente, el brazo tonto de la ley fue, en esencia, una gamberrada que acabó dinamitando la taquilla. En sus primeros diez días ya había batido marcas del cine español y se habló entonces de un auténtico “fenómeno social”. Santiago Segura, que venía de ser un secundario carismático y desatado, entendió algo antes que muchos productores: el público español podía perdonar casi todo, menos el aburrimiento. Y Torrente no aburría; atropellaba. Mezclaba chiste grueso, caspa patria, referencias cinéfilas, barrio, destape, televisión y un desfile de personajes que parecían salidos de una sobremesa infinita entre Berlanga, Pajares, Esteso y un cuñado con exceso de brandy. Aquel primer golpe, además, tuvo legitimación industrial: la película ganó dos Goya, entre ellos el de mejor dirección novel para Segura y el de mejor actor de reparto para Tony Leblanc, cuya reaparición fue uno de los grandes hallazgos de la cinta.

Después llegó Torrente 2: Misión en Marbella y ya no había duda: aquello no era una excentricidad afortunada, sino una franquicia con olfato de depredador. Sigue siendo la entrega más taquillera de la saga, con más de 22 millones de euros y más de 5,3 millones de espectadores. La cifra, vista hoy, da para que más de un productor se persigne mirando al techo. Segura había convertido a un cerdo moral en oro de taquilla. No era poca cosa. España iba al cine a ver cómo un impresentable se movía por un país también bastante impresentable. Y quizá ahí estaba la clave: Torrente no era un extraterrestre, sino una exageración obscena de vicios perfectamente reconocibles. Era la España cutre subida de volumen, con el altavoz roto y los modales en coma.

La tercera, Torrente 3: El protector (2005), consolidó la fórmula del cameo como deporte nacional. La saga entendió antes que nadie que en este país nos encanta ver famosos haciendo de sí mismos, o peor aún, prestándose al chiste. Torrente fue también una máquina de triturar celebridad y devolverla convertida en meme antes de que la palabra meme colonizara la conversación pública. Había algo muy contemporáneo en eso: cine popular mezclado con cultura basura, deporte, televisión, famoseo y parodia. Una batidora castiza que convirtió cada estreno en acontecimiento, incluso entre quienes juraban detestarla. Porque con Torrente sucedía y sucede una cosa muy española: se la critica mucho, pero se la conoce demasiado bien para que ese desprecio sea del todo inocente.

Luego vino Torrente 4 en 2011, que volvió a disparar la recaudación hasta más de 19,3 millones de euros y superó los 2,6 millones de espectadores. Para entonces, Segura ya había demostrado una pericia industrial que la crítica cultural a veces le discute con el gesto torcido: sabía vender, sabía fabricar evento y sabía leer el gusto popular sin pedir perdón en cada esquina. Torrente siempre ha sido una atracción de barraca: uno entra para reírse del monstruo y sale sospechando que el monstruo le ha devuelto la mirada.

La quinta, Operación Eurovegas, se estrenó finalmente el 3 de octubre de 2014, con un presupuesto de 8,5 millones de euros y una trama que convertía el pelotazo, el casino y la España de la gran fantasía especulativa en nuevo campo de juego para Torrente. Torrente sobrevivía a la crisis, al cambio de humor social y al desgaste lógico de cualquier saga porque, en el fondo, seguía conectado a una reserva inagotable de combustible nacional: la chapuza con autoestima.

En total, las cinco primeras películas sumaron más de 80 millones de euros y más de 16 millones de espectadores. Es decir: podrá gustar más o menos, podrá provocar arcadas éticas o nostalgia de videoclub, pero Torrente es la saga más taquillera del cine español. Discutir su relevancia cultural a estas alturas sería como negar la existencia de la paella porque hay arroz pegado en la sartén. Otra cosa es qué hacemos con ella.

Segura insiste en que el personaje es casposo, no las películas, y en que algunos lo leen como crítica mientras otros lo toman erróneamente como apología. Ese doble filo explica buena parte de su potencia y también de su incomodidad. El personaje representa, en versión grotesca, una masculinidad rancia, un nacionalismo de bar, una brutalidad sin filtro y un catálogo entero de prejuicios que no han desaparecido: a veces solo se han puesto traje, community manager y cuenta verificada. Torrente regresa ahora, en plena conversación sobre lo “woke”, la reacción cultural y los populismos, con una sexta película que se titula nada menos que Torrente, presidente. Más oportuno, imposible; más inquietante, también.

Y esa es quizá la gran ironía del personaje: nació como un fósil casposo y vuelve como un comentarista involuntario del presente. En 1998 parecía la resaca mugrienta de otra España; en 2026 se diría que ha aprendido a hacer campaña. Torrente sigue siendo una astracanada, sí, pero también un detector de porquería moral con forma de chiste grosero. Su humor es basto, su estética es deliberadamente fea y su universo huele a puro, fritanga y asiento de coche en agosto. Pero debajo de toda esa mugre hay una intuición que explica su resistencia: España cambia muchísimo y, al mismo tiempo, conserva un fondo de caspa que siempre encuentra cómo reciclarse.

Mañana vuelve Torrente. Torrente, presidente. Y quizá lo más perturbador no sea que el personaje siga existiendo, sino que todavía sepamos exactamente de qué se ríe. O peor: de quién.

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