Hay gente que tarda cuarenta minutos en volver a casa porque el metro se ha detenido entre dos estaciones. Odiseo tardó diez años. Es cierto que su recorrido incluía gigantes antropófagos, hechiceras, monstruos marinos, una visita al inframundo y un dios con serios problemas para gestionar el rencor, pero tampoco puede decirse que el rey de Ítaca pusiera siempre de su parte.

Ese viaje imposible es el núcleo de La Odisea, la nueva película escrita y dirigida por Christopher Nolan, que llega a los cines el 17 de julio. Universal la presenta como una “epopeya de acción mítica” rodada íntegramente con cámaras de película IMAX. Matt Damon encabeza el reparto como Odiseo, acompañado por Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o, Zendaya y Charlize Theron.

La combinación parece lógica. Nolan lleva media carrera obsesionado con el tiempo, la memoria, la culpa, la identidad y los hombres que abandonan a su familia para emprender proyectos peligrosamente ambiciosos. En otras palabras, llevaba años rodando variaciones de La Odisea sin cíclopes. Ahora, por fin, ha decidido incluir al cíclope.

Pero antes de comprar las palomitas y prepararse para escuchar barcos crujiendo con la intensidad sonora de un lanzamiento espacial, conviene poner orden en este océano mitológico.

La historia comienza cuando la guerra ya ha terminado

El primer dato importante es que La Odisea no cuenta propiamente la guerra de Troya. Ese conflicto pertenece sobre todo al territorio de La Ilíada, también atribuida a Homero. La nueva historia comienza después de la caída de Troya, cuando los guerreros griegos intentan regresar a sus respectivos hogares.

Odiseo -Ulises en la tradición latina- es el rey de Ítaca y uno de los héroes que participaron en aquella guerra. No es el más fuerte ni el más veloz. Su principal arma es la inteligencia. De hecho, la tradición le atribuye la idea del caballo de madera con el que los griegos consiguieron penetrar en Troya después de diez años de combate.

El problema comienza durante el regreso. Lo que debería haber sido una travesía relativamente asumible se convierte en otros diez años de extravíos, tentaciones y catástrofes. Cuando finalmente intenta volver a Ítaca, Odiseo lleva veinte años alejado de su esposa Penélope y de su hijo Telémaco: diez combatiendo y diez comprobando que el Mediterráneo antiguo tenía peor servicio de asistencia en carretera que cualquier autopista española.

Odiseo no es el héroe musculoso que parece

Quien espere una versión griega de Superman puede llevarse una sorpresa. Odiseo es valiente, pero también mentiroso, manipulador, vanidoso y peligrosamente curioso. Sobrevive porque sabe adaptarse, disfrazarse, inventar historias y detectar las debilidades de quienes tiene delante.

El episodio más famoso es el del cíclope Polifemo. Odiseo y sus hombres quedan atrapados en la cueva del gigante, que comienza a devorar a la tripulación. Para escapar, el rey de Ítaca emborracha al monstruo y le dice que se llama “Nadie”. Cuando le clava una estaca en su único ojo, Polifemo grita pidiendo ayuda. Los demás cíclopes le preguntan quién lo está atacando y él responde: “Nadie”.

Cuando ya está a salvo en el barco, Odiseo no puede resistirse y revela su verdadero nombre para presumir de victoria. Polifemo resulta ser hijo de Poseidón, dios del mar, que a partir de entonces convierte el regreso del héroe en una especie de reclamación administrativa de diez años.

Los monstruos que conviene conocer

Durante su travesía, Odiseo encuentra una colección de criaturas y amenazas que parecen diseñadas para una superproducción.

Están las sirenas, cuyo canto atrae a los marineros hacia la muerte. Para escucharlas sin arrojarse al mar, Odiseo ordena a sus hombres que se tapen los oídos con cera y que lo aten al mástil. También aparece Circe, la hechicera que transforma a parte de la tripulación en cerdos; Calipso, la ninfa que retiene al protagonista durante años en su isla; y los lestrigones, gigantes que destruyen casi toda su flota.

A esto se suman Escila y Caribdis. La primera es un monstruo de múltiples cabezas que devora marineros; la segunda, un remolino capaz de tragarse barcos enteros. Odiseo tiene que navegar entre ambas amenazas, origen de una expresión que equivale a elegir entre dos peligros inevitables.

Sin embargo, la clave de estos episodios no reside solamente en el espectáculo. Cada monstruo representa una prueba para el protagonista: la soberbia, el deseo, la pérdida de control, la curiosidad o la incapacidad para obedecer los límites impuestos por los dioses.

Penélope no está simplemente esperando

Mientras Odiseo se entretiene naufragando, en Ítaca la situación tampoco es precisamente tranquila. Un grupo de pretendientes se ha instalado en el palacio convencido de que el rey ha muerto. Comen sus alimentos, beben su vino y presionan a Penélope para que elija un nuevo esposo.

Ella promete que se casará cuando termine de tejer un sudario para Laertes, padre de Odiseo. Durante el día trabaja en la tela y por la noche deshace lo tejido. La estrategia le permite aplazar la decisión durante años.

Los primeros cantos del poema prestan especial atención a Telémaco, el hijo que apenas conoció a su padre. El joven abandona Ítaca para buscar noticias de Odiseo y averiguar qué ocurrió después de la guerra.

Christopher Nolan dispone ahora de barcos, estrellas internacionales y cámaras IMAX para contar esa historia. Homero solo necesitó versos, memoria oral y un protagonista incapaz de permanecer callado cuando tenía la oportunidad de presumir.

La Odisea no es únicamente una aventura sobre un hombre perdido en el mar. Es la historia de alguien que puede derrotar gigantes, engañar a hechiceras y sobrevivir al inframundo, pero que afronta su prueba más difícil cuando por fin consigue llegar a casa.

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