Hubo un momento -no tan lejano- en que el Universo Marvel pareció tocar techo. A mediados de la década pasada, la maquinaria superheroica había alcanzado una suerte de clímax cultural y comercial que convertía a sus protagonistas en iconos globales casi sin margen para el error ni para la pausa. En ese contexto, Chris Hemsworth, que llevaba empuñando el martillo de Thor desde 2011, tuvo que aprender a ser estrella de Hollywood a una velocidad poco compatible con la duda, la fragilidad o la búsqueda artística. El sistema no espera: exige.

Sin demasiado tiempo para ensayar otros registros, el actor australiano dejó, sin embargo, un par de decisiones que todavía resuenan. Primero, su piloto temerario en Rush (2013), donde Ron Howard lo empujó hacia un carisma terrenal, sudoroso, lejos del trueno digital. Después, la experiencia opuesta: trabajar con Michael Mann en Blackhat (2015), un thriller informático que prometía densidad y terminó siendo un campo minado de inseguridades. Hemsworth lo ha recordado recientemente con una mezcla de diplomacia y honestidad poco frecuente en la industria: la obsesión por el detalle del cineasta, “enfermiza y agotadora”, le hizo cuestionarlo todo, incluso su propia actuación.

No es una confesión menor. En Hollywood, admitir vulnerabilidad suele equivaler a perder aura. Pero quizá ahí empieza la historia que ahora desemboca en Ruta de escape, una película que, más que una simple incursión en el thriller clásico, funciona como ajuste de cuentas íntimo con la masculinidad invulnerable que el propio Hemsworth ayudó a popularizar.

Desmontar la armadura

Hay algo terapéutico, dice el actor, en ponerse en la piel de alguien que no sabe si podrá completar su último golpe. La palabra no es casual. En el cine de acción contemporáneo, los protagonistas reciben miles de disparos sin consecuencias narrativas ni físicas; la invulnerabilidad se ha convertido en convención estética. Frente a eso, Davis sangra hacia dentro.

Fue terapéutico ponerme en su piel. Vi el mundo a través de una lente diferente que también me permitía mirar hacia atrás, hacia mí mismo

Hemsworth reconoce que durante años creyó -al menos un poco- en la fachada viril que interpretaba. No es difícil: cuando el mundo te ve como un dios, terminas moviéndote como tal. La colaboración con Layton, más abierta y dialogante que la experiencia con Mann, le permitió desmontar esa coraza. El resultado es un personaje que no solo actúa, sino que se pregunta por qué actúa. Y esa pregunta, en el cine comercial actual, es casi subversiva.

Puedes intentar que los héroes parezcan humanos, pero cuantos más tipos malos derrotan y más misiones cumplen, menos cercanos parecen.

Un thriller contra la prisa

Más allá del viaje personal del actor, Ruta de escape también parece discutir el estado de la industria. Presupuesto medio, reparto sólido, confianza en el guion: elementos que hace dos décadas eran rutina y hoy resultan excepcionales. Layton habla sin dramatismos del cambio acelerado tras la pandemia: el espectador doméstico, la lógica del “evento”, la ansiedad por captar atención inmediata.

La anécdota atribuida a Matt Damon -esa exigencia de comenzar cada película con una gran escena de acción para evitar que el público mire el móvil- resume bien la tensión. Si el cine se convierte en un flujo diseñado para distraídos, ¿qué ocurre con la experiencia de perderse en una historia?

La primera secuencia de Ruta de escape responde con un gesto de confianza: no explica, no subraya, no corre. Simplemente sitúa al espectador en un lugar incierto y le pide paciencia. 

Después del trueno

Nada de esto implica que Hemsworth reniegue de Thor. Volverá a empuñar el martillo en el próximo gran cruce superheroico, porque las franquicias, como los mitos, rara vez mueren del todo. Pero algo ha cambiado. El actor habla ahora de desafío, complejidad, diferencia: palabras que no suelen asociarse al cine de estudio cuando se pronuncian sin ironía.

No lamento que mi camino haya sido así, pero ante todo quiero hacer películas que me desafíen, que sean complejas y diferentes

Quizá Ruta de escape no revolucione el género ni altere las leyes del mercado. Pero sí introduce una fisura interesante: la posibilidad de que una estrella moldeada por el espectáculo busque, al menos por un momento, parecerse a alguien real. No es poco.

En el fondo, la película plantea una pregunta sencilla disfrazada de persecución policial: ¿qué queda de nosotros cuando nos quitamos la armadura que nos protege y nos define? Chris Hemsworth, que pasó más de una década siendo un dios, parece dispuesto a averiguarlo. Y esa búsqueda -imperfecta, vulnerable, humana- resulta mucho más interesante que cualquier trueno digital.

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