Hay películas que envejecen con dignidad, como un buen vino. Pearl Harbor ha envejecido más bien como una chaqueta de cuero blanca de principios de los 2000. Sabes que quizá no deberías ponértela, pero cuando la ves en el armario te entra una nostalgia difícil de explicar. Tiene algo ridículo, algo fascinante y algo profundamente entretenido.

Estrenada en 2001, la película de Michael Bay llegó con una idea clarísima. Si Titanic había convertido una tragedia histórica en un fenómeno mundial con romance, lágrimas y una canción imposible de sacar de la cabeza, Pearl Harbor iba a hacer lo mismo, pero con pilotos, bombarderos y mucho fuego. El plan parecía infalible sobre el papel. Dos amigos guapos, una enfermera luminosa, una guerra de fondo y una historia de amor condenada a sufrir. Hollywood apretó todos los botones a la vez y esperó que saliera magia.

La historia empieza con Rafe y Danny, dos amigos de esos que el cine presenta desde pequeños para que sepamos que su vínculo es más fuerte que cualquier manual de guion. Crecen, se hacen pilotos y comparten esa mezcla de chulería, nobleza y peinado perfecto que en el Hollywood de la época parecía requisito obligatorio para salvar el mundo. Luego aparece Evelyn, enfermera interpretada por Kate Beckinsale, y la película decide que no basta con la Segunda Guerra Mundial. También hace falta un triángulo amoroso.

El problema es que el romance va a ratos con la delicadeza de un avión entrando sin tren de aterrizaje. Todo es intenso, solemne y anunciado con luces de neón emocional. Los personajes se miran como si cada pestañeo pudiera ser el último. Las frases pesan como discursos. Las despedidas duran lo suficiente como para que dé tiempo a preparar café. Pero sería injusto negar que ese melodrama tiene una inocencia casi entrañablePearl Harbor cree muchísimo en lo que cuenta. Demasiado, quizá. Pero lo cree.

Y entonces llega el ataque. Ahí la película se quita el uniforme de drama romántico y se pone el traje de Michael Bay en estado puro. La secuencia del bombardeo sigue siendo una barbaridad visual. Aviones que rozan tejados, barcos partidos, explosiones encadenadas, fuego, agua, metal, humo y una cámara que parece haber tomado tres cafés de más. Es excesiva, sí. Pero también es eficaz. Durante ese tramo, la película encuentra por fin su razón de ser.

Sus mejores momentos no están en las frases de amor, sino en el caos organizado, en la escala gigantesca, en esa manera tan poco discreta de convertir la historia en una atracción de feria carísima. Puede discutirse si eso es elegante. No lo es. Puede discutirse si es sutil. Ni por accidente. Pero espectáculo hay. Y mucho.

Antes de que los superhéroes ocuparan todos los fines de semana de estreno, Hollywood todavía apostaba por películas enormes que no necesitaban formar parte de una saga. Pearl Harbor era eso. Un mastodonte pensado para arrasar en taquilla, vender bandas sonoras, colocar a sus protagonistas en todas las revistas y convencer al público de que el cine podía ser una experiencia total, aunque salieras de la sala con la sensación de haber visto tres películas metidas en una.

Ben Affleck está en pleno modo héroe de póster, con esa mezcla de seguridad y drama interior que marcó parte de su primera etapa como estrella. Josh Hartnett funciona como contrapunto más suave, más vulnerable, casi el amigo bueno de una canción triste. Kate Beckinsale queda algo atrapada en un personaje que podría haber tenido más filo, pero aun así aporta una presencia elegante a una película que no siempre sabe qué hacer con la elegancia.

Lo curioso es que Pearl Harbor no ha desaparecido. Otras superproducciones de su año se han perdido en el cajón de los recuerdos, pero esta sigue apareciendo en conversaciones, rankings, reposiciones y debates sobre películas maltratadas por la crítica. Quizá porque es fácil reírse de ella, pero también es fácil dejarse atrapar. Uno entra para burlarse de una frase solemne y, media hora después, está pendiente de si despega el avión, de si vuelve el amigo, de si suena la música y de si el drama va a subir otro escalón.

A los 25 años de su estreno, Pearl Harbor no necesita que la defendamos como una obra maestra. No lo es. Tampoco hace falta hundirla como si fuera un crimen cinematográfico. Es algo mucho más divertido. Es una película desmedida, sentimental, torpe, espectacular y profundamente representativa de una manera de hacer cine que ya casi no existe. Un blockbuster que quería ser épico en cada plano y que muchas veces confundía emoción con volumen.

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