Las elecciones israelíes han dejado una paradoja que amenaza con complicar el futuro político de Benjamín Netanyahu. El primer ministro ha conseguido situar nuevamente al Likud como la fuerza más votada, pero la mayoría parlamentaria que necesita para mantenerse en el poder continúa en el aire. Entre los principales protagonistas de esta incertidumbre se encuentran los ciudadanos árabes de Israel, cuya movilización ha reforzado a unas candidaturas que podrían tener la llave del próximo Gobierno. El problema para la oposición es que algunos de los dirigentes que aspiran a sustituir a Netanyahu se resisten a aceptar su participación en una alternativa de gobierno.
Los primeros resultados de las elecciones celebradas este martes, las primeras desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las posteriores guerras en Oriente Próximo, dibujan una Knéset profundamente fragmentada. La participación ha alcanzado el 77,7%, la más elevada en más de dos décadas, mientras que las estimaciones iniciales otorgaban a los partidos árabes entre 18 y 19 diputados. Sin embargo, el escrutinio provisional rebajaba posteriormente esa cifra hasta el entorno de los 15 o 16 escaños. Una representación que, aunque pendiente del recuento definitivo, puede convertirse en determinante para alcanzar los 61 diputados necesarios para gobernar.
El resultado tiene una lectura que trasciende las matemáticas parlamentarias. Una parte importante de la ciudadanía palestina con nacionalidad israelí ha acudido a las urnas con el objetivo de impedir la continuidad de Netanyahu y sus aliados ultranacionalistas. Su movilización refleja el rechazo a las políticas del Ejecutivo, pero también el malestar acumulado por la discriminación, la inseguridad en sus localidades y las consecuencias de la guerra de Gaza.
El voto que puede decidir el futuro de Netanyahu
La comunidad árabe representa aproximadamente una quinta parte de la población israelí y su comportamiento electoral ha adquirido especial importancia en unos comicios sin una mayoría clara. Durante la campaña, sus principales representantes insistieron en la necesidad de incrementar la participación para evitar que la división y la abstención facilitaran la continuidad de la coalición de derechas.
El protagonismo corresponde a dos candidaturas con estrategias diferenciadas. Por un lado, la Lista Conjunta, que reúne a diferentes formaciones de representación principalmente árabe y defiende los derechos de la población palestina de Israel. Por otro, Ra'am, encabezada por Mansour Abbas, que apuesta por una estrategia más pragmática y por negociar acuerdos concretos para mejorar las condiciones de vida de sus comunidades.
Ambas comparten el objetivo de poner fin al Gobierno de Netanyahu, aunque difieren en los instrumentos para conseguirlo. Ra'am ya participó en la coalición encabezada por Naftali Bennett y Yair Lapid en 2021, una experiencia que demostró que la entrada de una formación árabe en un Gobierno israelí era políticamente posible. La Lista Conjunta, por su parte, ha planteado la posibilidad de facilitar una alternativa parlamentaria sin incorporarse necesariamente al Ejecutivo y sin renunciar a sus reivindicaciones.
Entre sus prioridades figuran la lucha contra la criminalidad en las localidades árabes, el fin de las políticas discriminatorias y la igualdad de derechos. La situación en Gaza y Cisjordania constituye otro punto de fricción con las principales fuerzas políticas israelíes, especialmente después de tres años de conflicto.
Una oposición que necesita unos votos que no quiere aceptar
El principal obstáculo para la formación de un Gobierno alternativo no reside únicamente en el reparto de escaños. También está en las contradicciones de una oposición que ha construido buena parte de su campaña alrededor de la necesidad de terminar con la etapa de Netanyahu, pero que no comparte una posición común sobre la participación de los partidos árabes en el poder.
Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor y líder de Yashar, se ha convertido en uno de los principales referentes de esa alternativa. Su discurso apuesta por la renovación institucional y por superar la polarización política, aunque ha rechazado formar un Gobierno con partidos árabes. Una posición que dificulta sus aspiraciones si el resultado definitivo confirma que las fuerzas opositoras de mayoría judía no alcanzan por sí solas los 61 diputados.
La contradicción es evidente: la oposición puede necesitar los votos de los representantes árabes para desplazar a Netanyahu, pero parte de sus dirigentes rechaza integrarlos en una coalición. La diferencia entre negociar su entrada en el Ejecutivo y aceptar su apoyo parlamentario desde fuera podría convertirse en uno de los principales asuntos de las próximas semanas.
No sería una cuestión menor. Una parte de los partidos que se oponen al primer ministro mantiene posiciones de derecha nacionalista y comparte importantes planteamientos sobre seguridad y política territorial. El rechazo a Netanyahu no implica necesariamente un acercamiento a las reivindicaciones de la población palestina, ni tampoco un consenso sobre el futuro de los territorios ocupados.
Netanyahu convierte el voto árabe en una amenaza electoral
La importancia de esta movilización tampoco ha pasado inadvertida para el primer ministro. Durante la jornada electoral, Netanyahu recurrió a advertencias sobre la elevada participación árabe para movilizar a sus propios votantes, en una estrategia que recuerda a anteriores campañas del Likud.
El dirigente israelí alertó de que los electores árabes estaban acudiendo masivamente a las urnas y acusó a representantes de Ra'am de intentar robar las elecciones, en referencia a una investigación sobre presuntos sobornos electorales. Sus declaraciones trasladaron al terreno de la confrontación política la participación de una comunidad que posee los mismos derechos electorales que el resto de los ciudadanos israelíes.
La tensión venía de antes. Durante la campaña, el Likud había promovido la descalificación electoral de las principales candidaturas árabes, una iniciativa que terminó frenando el Tribunal Supremo israelí a comienzos de octubre. La resolución permitió que ambas listas concurrieran a las elecciones y añadió un nuevo episodio al enfrentamiento entre el Gobierno y los representantes políticos de esta minoría.
Ahora, con las urnas cerradas, Netanyahu insiste en la necesidad de formar un Ejecutivo de derechas y rechaza que el futuro del país dependa de partidos a los que califica de antisionistas. Su discurso busca consolidar a sus aliados y aumentar la presión sobre una oposición que deberá decidir hasta dónde está dispuesta a negociar.
El verdadero alcance de las elecciones
El resultado electoral también abre una cuestión que va más allá de la continuidad del primer ministro. Un eventual cambio de Gobierno no garantiza por sí mismo una transformación de la política israelí hacia Palestina. Las diferencias entre los partidos opositores son profundas y algunas de sus principales figuras han desempeñado responsabilidades militares o defendido posiciones contrarias al reconocimiento inmediato de un Estado palestino.
Mientras continúa el escrutinio, Israel se encamina hacia unas negociaciones en las que las distancias ideológicas pueden resultar tan importantes como los números. El presidente Isaac Herzog tendrá que encargar la formación de Gobierno al candidato que considere con mayores posibilidades de reunir una mayoría parlamentaria. Si las conversaciones fracasan, el país podría verse abocado a otro periodo de bloqueo institucional e incluso a nuevas elecciones.
En ese escenario, los representantes árabes han adquirido una relevancia que obliga al resto de formaciones a definir su posición. La incógnita ya no es únicamente si Netanyahu podrá seguir gobernando, sino si la oposición israelí está dispuesta a contar con una parte de su ciudadanía cuyo respaldo puede resultar indispensable para sustituirlo.
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