Internacional

Ucrania apunta al petróleo de Putin y toca el punto débil de sus propios aliados

Mientras que Ucrania quiere desgastar a Moscú por la vía petrolífera, la UE pretende que la subida de precios no afecte a las economías aliadas

El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. EP
El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski. EP

La guerra de Ucrania ha abierto un nuevo frente alrededor de uno de los pilares de la economía rusa: el petróleo. Kiev ha intensificado sus ataques contra refinerías e instalaciones energéticas de Rusia con el objetivo de elevar el coste económico de la guerra y dificultar la financiación del esfuerzo bélico de Moscú. Pero esta estrategia plantea un dilema para los países que respaldan a Ucrania: una presión creciente sobre la capacidad rusa de refino puede contribuir a tensionar los mercados internacionales de combustibles.

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, anunció este fin de semana que su país incrementará los ataques contra las refinerías rusas como respuesta a la intensificación de los bombardeos de Moscú sobre Ucrania. Zelenski sostiene que Rusia prepara una nueva campaña contra infraestructuras y ciudades ucranianas de cara al invierno y defiende que su país debe responder golpeando las capacidades que permiten sostener la ofensiva rusa. Además, la elección del sector petrolero responde a su importancia para las cuentas públicas de Rusia, ya que los hidrocarburos continúan siendo una de las principales fuentes de ingresos del país y, por ello, llevan años en el centro de la estrategia de sanciones occidentales. Estados Unidos y la Unión Europea han tratado de reducir esos ingresos mediante restricciones comerciales, límites al precio del crudo y medidas contra empresas y operadores vinculados al comercio energético ruso. La campaña ucraniana añade ahora una dimensión militar a esa presión económica.

Según la Agencia Internacional de la Energía, durante los primeros ocho meses de 2026 una refinería rusa fue alcanzada de media cada tres días. La capacidad de Kyiv para realizar ataques a larga distancia también ha aumentado. En julio, por ejemplo, drones ucranianos llegaron hasta la refinería de Omsk, una de las mayores de Rusia, situada a unos 2.500 kilómetros de la frontera ucraniana. A finales de agosto, solo cinco grandes refinerías rusas no habían sido atacadas. Los efectos de esos movimientos empiezan a reflejarse en las exportaciones de productos refinados: el KSE Institute calcula que en julio las exportaciones marítimas rusas de productos petrolíferos descendieron un 31,6%, hasta 1,36 millones de barriles diarios, el nivel más bajo de su serie. Los ingresos rusos procedentes de las exportaciones de petróleo disminuyeron ese mes en unos 2.000 millones de dólares, hasta 13.800 millones. Moscú respondió además con restricciones a las exportaciones de diésel en un contexto de presión sobre su mercado interno.

Sin embargo, el impacto de los ataques presenta una segunda cara. Reducir la capacidad rusa de refino no significa necesariamente que desaparezca una cantidad equivalente de crudo del mercado mundial. El petróleo puede continuar exportándose mientras disminuye la capacidad de transformarlo en gasolina, diésel y otros productos. Esa diferencia es importante porque una menor oferta de combustibles refinados puede repercutir directamente sobre transportistas, agricultores, industrias y consumidores.

Reservas estratégicas

El Reino Unido ya ha mantenido conversaciones con otros países europeos sobre la posibilidad de recurrir a reservas estratégicas de diésel ante la presión sobre el suministro. La cuestión resulta especialmente sensible para Londres debido a su elevada dependencia de las importaciones de este combustible. Por su parte, Estados Unidos afronta un dilema similar. Donald Trump ha reclamado a Ucrania que detenga los ataques contra las instalaciones petroleras rusas y ha relacionado estas operaciones con el encarecimiento del diésel. No obstante, la evolución de los precios energéticos responde a múltiples factores, entre ellos la situación internacional del petróleo y las perturbaciones derivadas de otros conflictos.

Para Rusia, los ataques tampoco han supuesto hasta ahora el colapso de su industria petrolera. El país mantiene una importante capacidad de producción y exportación. El KSE calcula que las exportaciones marítimas de crudo alcanzaron aproximadamente 4,2 millones de barriles diarios en julio, pese a las operaciones ucranianas. Moscú sigue disponiendo, por tanto, de una fuente esencial de ingresos. El desafío al que hacen frente consiste en mantener funcionando todos los eslabones de la cadena energética, tanto en producción como en transporte, refino y exportación. Las restricciones adoptadas por Rusia sobre el diésel muestran que los efectos de los ataques no se limitan a las instalaciones dañadas, sino que también pueden afectar a la gestión del mercado doméstico.

Equilibrio de fuerzas

La Unión Europea, mientras tanto, mantiene su estrategia para reducir los ingresos energéticos de Rusia. En junio aprobó nuevas sanciones dirigidas, entre otros objetivos, contra la llamada flota en la sombra utilizada para transportar petróleo y productos energéticos rusos. En julio añadió otro paquete de medidas que volvió a situar al sector energético entre sus principales objetivos. El objetivo de la Unión pasa por mantener la presión económica sobre Moscú sin generar un impacto excesivo sobre las economías que apoyan a Ucrania. El petróleo se encuentra precisamente en el punto donde confluyen las necesidades militares, los intereses económicos y la estabilidad energética.

Para Kiev, atacar las instalaciones petroleras rusas supone intentar elevar el coste de la guerra y reducir la capacidad de Moscú para financiarla. Para Rusia, proteger su industria energética es esencial para mantener sus ingresos y garantizar el suministro interno. Y para Europa y Estados Unidos, el desafío consiste en sostener el respaldo a Ucrania mientras limitan las consecuencias de cualquier nueva tensión sobre los mercados energéticos.

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