Donald Trump y Xi Jinping han vuelto a verse las caras en Pekín en una cumbre que ha tenido lugar en un momento de alto voltaje político y económico. Una cita organizadas por ambas potencias con el objetivo de rebajar tensiones tras años de choques comerciales, tecnológicos y geopolíticos. El encuentro, celebrado en el Gran Salón del Pueblo, supone además la primera visita de un presidente estadounidense a China en nueve años y llega en un contexto especialmente delicado para las relaciones bilaterales.

“La relación entre China y Estados Unidos va a ser mejor que nunca antes”, aseguró Trump en sus primeras declaraciones ante la prensa junto al mandatario chino. El presidente republicano insistió en el tono cordial que ha mantenido históricamente con Xi Jinping y llegó a definirse como su “amigo”. “Cuando teníamos un problema, lo solucionábamos muy rápido y vamos a tener un futuro fantástico juntos”, afirmó.

Xi, mucho más contenido, volvió a recurrir a su discurso habitual sobre un mundo inmerso en “cambios sin precedentes en un siglo”. El líder chino advirtió de que el panorama internacional atraviesa una etapa de “turbulencias y transformaciones entrelazadas”, lanzando una reflexión dirigida tanto a Washington como al resto del planeta, preguntando si “¿podrán China y Estados Unidos superar la llamada trampa de Tucídides y abrir un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”.

La imagen de ambos mandatarios caminando juntos por la plaza de Tiananmen y estrechándose la mano en medio de la solemne ceremonia organizada por Pekín pretendía transmitir estabilidad. El Gobierno chino volvió a hacer gala de una escenografía reservada a las grandes visitas de Estado, hallando los ambos presidentes en su camino salvas de honor, himnos militares y decenas de niños agitando banderas de ambos países al grito de bienvenida.

Sin embargo, bajo el tono conciliador persisten profundas diferencias. La reunión se produce después de la dura escalada arancelaria entre las dos mayores economías del mundo durante 2025 y en medio de la creciente batalla por el liderazgo tecnológico global. Pekín acusa a Washington de intentar frenar su desarrollo mediante restricciones a la exportación de chips y tecnologías avanzadas, mientras Estados Unidos observa con preocupación la capacidad china para controlar minerales estratégicos y tierras raras esenciales para su industria.

Uno de los asuntos más delicados sobre la mesa volvió a ser Taiwán. Xi dejó claro desde el inicio que se trata de “la cuestión más importante” en las relaciones bilaterales y advirtió de que una mala gestión podría llevar a ambos países “a la fricción e incluso al conflicto”. Trump, por su parte, confirmó que abordará directamente este asunto durante las conversaciones.

La guerra en Irán y la seguridad en el estrecho de Ormuz también forman parte de la agenda. Washington espera que Pekín contribuya a desbloquear las negociaciones diplomáticas y presione a Teherán para garantizar la estabilidad marítima en la región.

La Casa Blanca ha querido subrayar especialmente el componente económico del viaje. Trump viaja acompañado de algunos de los empresarios más influyentes del país, entre ellos Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink y Jensen Huang. El objetivo estadounidense pasa por ampliar las compras chinas de productos norteamericanos, especialmente soja, carne de vacuno y aviones de Boeing, en busca de una nueva etapa de entendimiento comercial entre ambas potencias.

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