Estados Unidos salió a la calle para celebrar el 250 aniversario de su independencia. Lo hizo mientras la climatología lo permitió, porque las autoridades no tuvieron más remedio que evacuar a las decenas de miles de personas que colapsaban la explanada del National Mall por una intensa ola de calor acompañada de lluvias y truenos. A Donald Trump no le importaba e incluso animaba a sus paisanos a aguantar el temporal y divertirse hasta que pudiera pronunciar un discurso que recuperaba el argumentario de la Guerra Fría sobre el enemigo interno comunista que buscaba la debacle de la potencia, mientras prometía un resurgimiento del “sueño americano” bajo su mandato.

Una vez superada la alerta meteorológica, el Mall recuperó parcialmente la vitalidad previa a la evacuación. Miles de norteamericanos tomaban de nuevo posiciones a la espera del discurso del presidente de Estados Unidos. En el escenario, Trump pronunció sus palabras, reavivando figuras del lejano Oeste como Buffalo Bill. Impregnó sus oraciones en patriotismo, promesas de futuro y la advertencia del regreso de una vieja amenaza que se creía extinta: el comunismo. Una narrativa que permeó en la sociedad estadounidense post Segunda Guerra Mundial, con la cultura como su mayor – y mejor – arma propagandística.

El magnate compareció finalmente tras casi dos horas de retraso. Apareció junto a la Primera Dama, Melania Trump, ante un National Mall parcialmente recuperado tras la alerta climatológica. Superado el contratiempo, el inquilino de la Casa Blanca convirtió la conmemoración en un acto de alta carga política, descansando gran parte de su discurso sobre la necesidad de preservar los valores fundacionales de Estados Unidos frente a la amenaza ideológica que viene.

Trump agitó los fantasmas de la Guerra Fría, situando el comunismo interno como antagonista de su proyecto político. Hizo varias alusiones a una ideología que “nunca ha funcionado” y que la Historia – a su juicio – se ha encargado de recordar que no tiene cabida en Estados Unidos. “No queremos comunistas en nuestro país”, espetó el presidente, vinculando dicho mensaje a los avances de los candidatos más progresistas del Partido Demócrata en sus primarias. Incluso llegó a juntar en la misma frase comunismo y “cáncer”, para presentar los próximos años de legislatura como el epílogo de una etapa de crecimiento económico, liderazgo internacional y recuperación del orgullo nacional. De nuevo, el “sueño americano”. “La Edad de Oro de Estados Unidos ya ha comenzado”, acuñó.

Del Oeste, a la Luna

La simbología previa a los festejos dejaba meridiana la vocación reivindicativa de las figuras norteamericanas en el imaginario del Viejo Oeste. Durante el acto, para reforzar alguno de sus pilares discursivos, presentó a los descendientes de William Frederick Cody, más conocido en la cultura popular como Buffalo Bill. El magnate aprovechó entonces para ensalzar la expansión territorial del país y exhibir una de las primeras banderas utilizadas durante aquella etapa histórica.

Tras ello, invitó al escenario a los integrantes de la exitosa misión Artemis II, aprovechando para reafirmar las aspiraciones espaciales de Estados Unidos. Marte será la próxima parada y llegará “muy pronto”, llegó a verbalizar el inquilino de la Casa Blanca, reivindicando el papel de una NASA que, pese a los recortes de la Administración – ni rastro de ellos en su discurso – ha recuperado terreno frente a las agencias de China y Rusia en la carrera espacial. Nuevo guiño a los tiempos de la Guerra Fría, con la incorporación del Gigante Asiático como nuevo rival económico.

Trump alternó referencias históricas, mensajes de su agenda política y promesas de futuro durante algo más de cuarenta minutos. Todo ello bajo una puesta en escena diseñada en exclusiva para potenciar la imagen de un país que, a su modo de ver, afronta una nueva etapa de liderazgo global coincidiendo con el cuarto de milenio de su independencia. Fue este precisamente el último peldaño de la intervención del presidente, apelando al simbolismo de la efeméride para proyectar una idea de continuidad histórica, subrayando que Estados Unidos – pese a sus 250 años – “apenas está comenzando”. Por lo tanto, remató con el compromiso de que “lo mejor está por venir”.

La promesa de un nuevo renacimiento nacional dio por concluida una celebración tormentosa. No sólo por la alerta meteorológica, sino por un discurso bañado en las aguas de una época más oscura. Los fuegos artificiales tomaron el relevo de los relámpagos para iluminar el cielo de unos Estados Unidos que ponen rumbo directo a unas elecciones legislativas que podrían marcar el transcurso de los dos años restantes de trumpismo.

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