El National Mall de Washington se inunda estos días de banderas estrelladas, atracciones y puestos de comida. La gran explanada que conecta los principales símbolos institucionales de Estados Unidos se transforma en una suerte de escenario político a cielo abierto, diseñado para una celebración que en su concepción miraba tanto al pasado como al presente. Hasta ahora. El presidente Donald Trump, erigido como protagonista principal del Día de la Independencia estadounidense, ha secuestrado los actos del 4 de julio en su 250 aniversario para resignificar la efeméride desde su agenda política ultra y dibujando – o resucitando – el país del cine western.

A escasos metros del emblemático Capitolio, flanqueado por el Smithsonian, el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos se celebra con un despliegue que mezcla historia, clásico show americano y altas dosis de propaganda yankee. Sin embargo, lo que debería ser una conmemoración institucional del nacimiento de la nación, la Administración Trump lo ha convertido en una puesta escena con firma propia a mayor gloria de su cabeza de cartel.

Y es que este 4 de julio marca el punto culminante de los actos por el aniversario de la Declaración de Independencia; efeméride culmen del año natural norteamericano. En condiciones normales, los festejos habrían nacido con la ayuda de una comisión bipartidista, que a su vez actúa – o lo hacía – como garante del carácter institucional de la celebración de todo un país. Sin mirar ideologías, ni agendas políticas ni religión. Las barras y las estrellas que nacieron en Filadelfia en 1776 eran las protagonistas.

Pero ese equilibrio ideológico se ha desplazado. El propio Donald Trump ha impulsado estructuras paralelas de organización y comunicación, moviendo el encuadre hacia un dispositivo bajo el nombre de “Freedom250”; relegando así a un segundo plano el marco original del programa – “America250” – que se concibió para articular una celebración compartida y de país. El resultado es un cambio de escala simbólica, con una resignificación del aniversario de la independencia americana.

Cowboys, MAGA y agenda trumpista

El espacio del National Mall combina elementos tradicionales del imaginario estadounidense con otros de acuñe más reciente. Rodeos diarios, recreaciones del Oeste americano y una estética que remite directamente al cine clásico. Todos ellos conviven con una presencia constante del merchandising político, sazonados con atracciones que reproducen escenas rurales norteamericanas, una noria que compite con las alturas del Capitolio y estructuras temporales que evocan símbolos arquitectónicos del Washington que imagina Donald Trump.

El elemento más visible, sin embargo, no es ni festivo ni institucional. Es político. Un aroma impregnado por el movimiento MAGA (Make America Great Again), con gorras, carteles y todo tipo de consignas vinculadas al trumpismo. Marketing ideológico que intoxica un escaparate que trasciende lo puramente conmemorativo. Así lo advertían historiadores y académicos en los meses previos a la celebración, quienes incluso señalaban a una cierta presión para construir una versión “patriótica y simplificada” de la historia de los Estados Unidos para orillar narrativas incómodas lejos del foco público.

No es una disyuntiva novedosa, pero sí adquiere una dimensión distinta cuando ésta se exporta a una celebración nacional. La manera en la que se relata la independencia del Reino Unido cuenta tanto del pasado de la nación como del presente político del país. Y es que la Administración Trump ha impulsado decisiones que afectan directamente a este plano desde espacios públicos, con variaciones en las exposiciones del mencionado Smithsonian hasta la revisión de contenidos que se consideran “divisivos”.

De este modo, el presidente de Estados Unidos ha transformado una efeméride en un campo de batalla de su guerra cultural. Una frontera entre la conmemoración institucional y la apropiación política, con reivindicaciones claras a la agenda de Trump. Lo cual no es llamativo para los estadounidenses, habida cuenta de que se ha convertido ya en tradición durante la estancia del magnate en la Casa Blanca. En años anteriores, de hecho, ya convirtió actos de esta índole en eventos con potente carga simbólica, desfiles y escenografías esbozadas para reforzar su imagen de liderazgo. Un patrón que se repite con mayor y escala y mayor carga ideológica en la celebración de todo un país para definir el significado de la independencia yankee en el presente.

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