Cuando Keir Starmer llegó al poder hace casi dos años, algunos analistas lo compararon con Salvador Illa. Las reflexiones de aquellos opinadores eran pertinentes: ambos eran socialdemócratas y europeístas, compartían un estilo pragmático, situaban en el centro de su acción política la necesidad de mejorar los servicios públicos y accedieron al poder con apenas un mes de diferencia, en un contexto político similar.

El primer ministro laborista heredó un país marcado por las consecuencias emocionales, sociales y económicas del Brexit tras años de ejecutivos conservadores. Por su parte, el presidente catalán logró la confianza del Parlament después de más de una década de gobiernos nacionalistas e independentistas.

Sin embargo, sus caminos se han ido separando progresivamente. Para muchos progresistas europeos, la victoria de Starmer supuso un soplo de esperanza y de cambio en un mundo donde el autoritarismo de extrema derecha tiene cada vez más peso en las asambleas legislativas y en los gobiernos. No obstante, sus casi dos años en Downing Street han sido bastante decepcionantes para sus votantes y para quienes creemos en valores democráticos y sociales: han mostrado a un líder voluble, sin rumbo claro y con políticas erráticas. Los recortes en ayudas sociales o algunas de sus medidas en materia migratoria son ejemplos evidentes de ello.

Todo esto sucede, además, en un contexto marcado por un miedo que se ha apoderado de buena parte de las sociedades europeas. Cuando los trabajadores de zonas humildes, como ocurre en algunas áreas de Inglaterra, no llegan a final de mes o perciben que su calidad de vida empeora, aumenta el riesgo de que el malestar social se convierta en un voto de protesta contra el conjunto del sistema. Y, hoy por hoy, quien mejor está capitalizando ese descontento es la extrema derecha.

Este marco ayuda a entender el retroceso de la izquierda en las elecciones locales en Inglaterra. En un símil futbolístico, ahora mismo Starmer sería el Barça tras su histórica derrota contra el PSG en la Champions por 4-0. Era el año 2017 y, casi milagrosamente, el equipo azulgrana logró remontar la eliminatoria ganando 6-1 al conjunto francés.

La pregunta, llegados a este punto, y después de que su formación perdiera centenares de concejales, es si el líder británico está aún a tiempo de revertir la situación. A mi juicio, es prácticamente imposible. En primer lugar, porque incluso aunque acertara ahora con las recetas económicas y las medidas sociales que debería aplicar, los resultados de cualquier política pública no son inmediatos. Y menos en un contexto mundial tan incierto como el actual. Además, en política, los cambios bruscos de rumbo rara vez resultan creíbles ante la ciudadanía.

En segundo lugar, porque el fuerte crecimiento de la extrema derecha empuja a las fuerzas conservadoras - y no tan conservadoras, como ocurre en este caso - a imitar sus fórmulas para recuperar a antiguos votantes.

Y, en tercer lugar, no menos importante, porque ahora mismo el Partido Laborista está muy dividido. Desde hace tiempo, algunos cargos y diputados venían criticando el estilo de gobierno de Starmer y su giro a la derecha, pero esas críticas han escalado hasta el punto de que algunas voces ya reclaman abiertamente su dimisión.

Quizás la mejor salida - aunque ahora mismo parezca improbable - sería que el actual primer ministro británico diera un paso al lado y le sucediera algún diputado con un mínimo consenso dentro del partido. Un relevo con el objetivo de recuperar un proyecto socialdemócrata que sitúe el estado del bienestar en el centro de la acción política.

Los laboristas aún pueden reducir un descontento social que solo beneficia a una extrema derecha liderada por Nigel Farage, quien, tras promover el Brexit con múltiples falacias, exageraciones y mentiras, difícilmente podía imaginar hace una década que tendría la opción de convertirse en primer ministro británico.

La política democrática, afortunadamente, es una evaluación continua y permanente. La ciudadanía ha hablado y ahora toca a las formaciones mover ficha. El Barça lo hizo contra el PSG y es probable que los laboristas necesiten una remontada similar. Aún están a tiempo. Pero necesitan un cambio de guion.

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