Estados Unidos debe alrededor de 280 millones de euros a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), una cantidad que representa aproximadamente el 70% de todas las cuotas pendientes de cobro del organismo. El agujero financiero provocado por Washington ha obligado a la institución a ajustar gastos, congelar contrataciones y trabajar bajo una creciente incertidumbre presupuestaria. Sin embargo, esa situación no ha reducido necesariamente su influencia. Más bien al contrario: mientras la OIT intenta sobrevivir a la falta de fondos estadounidenses, su actual director general, Gilbert F. Houngbo, busca conservar el favor de Washington en plena batalla por la dirección frente a Yolanda Díaz.
La paradoja resume buena parte de las tensiones que rodean unas elecciones que van mucho más allá de una competición entre dos nombres. Estados Unidos debería aportar cerca del 22% del presupuesto ordinario de la OIT, lo que tradicionalmente le ha otorgado un peso considerable dentro de la organización. Pero los retrasos en sus pagos han convertido al país en el principal responsable de la crisis de liquidez que atraviesa actualmente la institución. Reuters ya situaba en julio los atrasos totales de los Estados miembros en 368 millones de francos suizos, de los cuales Washington acumulaba más de dos tercios.
Ese contexto no ha impedido que Houngbo trate de preservar los puentes con la Administración de Donald Trump. Según un informe diplomático al que ha tenido acceso El País, el actual responsable de la OIT mantiene sobre la mesa la posibilidad de reservar a un candidato estadounidense el puesto de director general adjunto, uno de los cargos con mayor capacidad ejecutiva dentro de la institución. La condición planteada sería que Estados Unidos regularizara el pago de sus cuotas y continuara siendo el principal contribuyente.
El movimiento adquiere una dimensión especial porque Houngbo aspira a un segundo mandato y tiene enfrente a la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo española. Yolanda Díaz ha hecho de la defensa del multilateralismo laboral y de la autonomía financiera de la OIT algunos de los ejes políticos de su candidatura. El próximo responsable de la institución será elegido en noviembre y deberá dirigir un organismo que, además de decidir su liderazgo, afronta una de las mayores crisis presupuestarias de los últimos años.
El mayor deudor sigue siendo demasiado importante para ignorarlo
La relación entre la OIT y Estados Unidos plantea un problema difícil de resolver. Washington puede dejar de pagar, pero el tamaño de su aportación prevista hace extremadamente complicado sustituirlo.
La Administración Trump mantiene una estrategia de revisión y presión sobre diferentes organismos internacionales con el objetivo declarado de asegurarse de que sus actuaciones no sean contrarias a los intereses estadounidenses. En el caso de la OIT, esa posición ha tenido consecuencias financieras muy concretas. Ya en noviembre de 2025, Reuters informó de que la falta de aportaciones estadounidenses podía traducirse en cerca de 300 puestos de trabajo afectados dentro de la organización.
El problema ha seguido creciendo desde entonces. La deuda estadounidense asciende actualmente a unos 257 millones de francos suizos, aproximadamente 280 millones de euros, según datos recogidos por El País. A pesar de ello, Washington continúa siendo un interlocutor que ningún candidato puede permitirse ignorar.
Ahí aparece la principal contradicción: el país que más compromete la estabilidad financiera de la OIT conserva al mismo tiempo una enorme capacidad para condicionar sus equilibrios internos.
La cuestión no se reduce únicamente al dinero. Estados Unidos forma parte del entramado político de una organización basada en una estructura tripartita, en la que están representados gobiernos, empresarios y trabajadores. La elección de la dirección general se produce dentro de un Consejo de Administración compuesto por representantes de esos tres grupos, por lo que la campaña obliga a construir alianzas entre bloques muy diferentes. La candidatura de Díaz tendrá que competir precisamente en ese terreno con un Houngbo que ocupa el cargo desde 2022 y que dispone, además, de la ventaja institucional que supone presentarse a la reelección.
Houngbo mantiene abierta la puerta a Washington
Los movimientos del actual director general evidencian hasta qué punto el respaldo estadounidense sigue siendo considerado estratégico.
Según la información conocida este martes, miembros del gabinete de Houngbo trasladaron a representantes europeos que un estadounidense continúa siendo una opción para ocupar la dirección general adjunta siempre que Washington pague las cuotas pendientes y mantenga su condición de mayor financiador. El puesto tiene especial relevancia porque bajo su estructura recaen áreas relacionadas con la elaboración de normas internacionales del trabajo, políticas sectoriales y diferentes programas prioritarios de la organización.
No sería el primer intento de Houngbo por incorporar a figuras vinculadas a Estados Unidos a la cúpula del organismo. En 2025, la posible designación de Nels Nordquist, antiguo asesor económico de Trump, quedó congelada después de que diferentes miembros y trabajadores de la OIT expresaran preocupación por la influencia que Washington podría adquirir sobre determinadas decisiones políticas. Reuters informó entonces de que algunos Estados reclamaban incluso que cualquier nombramiento estuviera condicionado al pago de las cantidades adeudadas.
Más recientemente, Houngbo llegó a nombrar como director general adjunto al estadounidense Sheng Li, aunque la OIT terminó anulando el nombramiento el pasado 1 de junio ante los persistentes retrasos estadounidenses en sus contribuciones. Pese a estos antecedentes, el actual director general no parece dispuesto a cerrar el canal con Washington. El informe diplomático conocido ahora recoge también la posibilidad de una reunión con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, para abordar la posición de Estados Unidos respecto a las organizaciones internacionales.
La estrategia tiene una explicación pragmática. Recuperar las aportaciones estadounidenses aliviaría de manera inmediata una crisis financiera que condiciona la capacidad operativa de la OIT. Pero también abre un debate incómodo: hasta qué punto puede un organismo internacional adaptar sus equilibrios internos para satisfacer al país que está dejando de financiarlo.
Yolanda Díaz busca convertir la crisis en argumento electoral
La candidatura de Yolanda Díaz intenta construir precisamente un discurso alrededor de esa fragilidad.
Su programa propone la creación de una Carta Global de Derechos Laborales, concebida como un catálogo de garantías mínimas aplicables a los 187 Estados miembros de la organización. La ministra también plantea reforzar la producción normativa de la OIT, impulsar el diálogo social y buscar nuevas vías de financiación que mejoren su sostenibilidad sin comprometer su independencia.
La crisis provocada por los impagos estadounidenses puede convertirse así tanto en un problema para la candidatura española como en uno de sus principales argumentos políticos. Díaz puede presentar la dependencia respecto a Washington como una muestra de la necesidad de reforzar la autonomía de la organización. Houngbo, en cambio, tiene que demostrar que mantener una relación operativa con Estados Unidos es imprescindible para garantizar la viabilidad inmediata de la institución.
La elección enfrenta por tanto dos necesidades que no siempre resultan compatibles: proteger la independencia de la OIT y asegurar el dinero necesario para mantenerla funcionando.
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