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Internacional

El rey de MAGA empieza a perder su reino: Trump cae en las encuestas y sus fieles comienzan a dudar

Con solo un 31% de aprobación nacional, el presidente estadounidense afronta las elecciones legislativas del 3 de noviembre mientras el malestar económico erosiona también el respaldo de los suyos

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habla con los medios. EP/Archivo.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habla con los medios. EP/Archivo.

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Donald Trump ha sobrevivido políticamente a dos procesos de destitución, numerosas investigaciones judiciales, una condena penal y una derrota electoral que nunca terminó de aceptar. Durante años, el republicano ha convertido cada controversia en combustible para un movimiento que ha hecho de la lealtad a su líder una de sus principales señas de identidad. Pero hay un adversario al que ni siquiera el presidente de Estados Unidos parece capaz de imponerse con sus habituales discursos: el bolsillo de los estadounidenses. A menos de dos semanas de unas elecciones que determinarán el equilibrio de poder en Washington, las encuestas dibujan un escenario incómodo para el mandatario. Su popularidad ha caído a mínimos históricos y el descontento comienza a hacerse notar incluso entre quienes lo llevaron de vuelta a la Casa Blanca.

El último sondeo de Reuters/Ipsos, publicado el 19 de octubre, sitúa la aprobación de Trump en apenas el 31%, el nivel más bajo registrado durante sus dos presidencias. El dato supone un nuevo retroceso respecto a las mediciones anteriores y llega en plena recta final hacia las elecciones legislativas del 3 de noviembre, cuando los estadounidenses renovarán la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado.

Sin embargo, el problema del presidente va más allá de su impopularidad entre los demócratas y los votantes independientes. También empieza a resquebrajarse parte del respaldo que recibe del electorado republicano, históricamente mucho más resistente a las controversias que rodean al magnate. Una encuesta de Reuters/Ipsos realizada entre el 17 y el 20 de septiembre reveló que su aprobación entre los republicanos había descendido del 86% en enero al 73%, una caída de trece puntos en apenas nueve meses. Los datos no permiten hablar de una ruptura del movimiento MAGA, pero sí de un desgaste significativo dentro de su propio espacio político.

Las primeras grietas en el corazón del trumpismo

La relación entre Donald Trump y sus seguidores ha sido uno de los fenómenos más particulares de la política estadounidense de la última década. MAGA ha funcionado como algo más que una corriente electoral: un movimiento construido alrededor de la figura del presidente, su discurso contra las élites de Washington, el rechazo a la inmigración irregular y la promesa de recuperar una grandeza nacional supuestamente perdida.

Esa identificación personal ha permitido al republicano conservar niveles elevados de apoyo entre sus simpatizantes incluso durante sus momentos políticos más difíciles. Pero el deterioro económico está introduciendo una variable que afecta directamente a la vida cotidiana de sus votantes. Según el sondeo de septiembre, solo el 44% de los republicanos aprobaba su gestión del coste de la vida, frente al 70% que lo hacía en enero. Una caída de 26 puntos que resulta especialmente reveladora porque afecta a uno de los grandes compromisos electorales con los que Trump regresó al poder.

La preocupación no se limita a una cuestión de percepción partidista. Otra encuesta de Reuters/Ipsos, publicada el 9 de octubre, reflejó que el 78% de los estadounidenses atribuía al menos parte del aumento del coste de la vida a las políticas de Trump. El malestar también alcanzaba al electorado republicano: un 57% de sus simpatizantes consideraba que los precios estaban aumentando más deprisa que los salarios.

El presidente mantiene un respaldo considerable entre los votantes de su partido, especialmente en asuntos como la inmigración y el control fronterizo. Sin embargo, los datos muestran que la fidelidad a Trump no implica necesariamente satisfacción con todas sus decisiones. Su electorado puede seguir identificándose con su proyecto político y, al mismo tiempo, cuestionar los resultados de su gestión económica.

La economía amenaza la promesa de una nueva edad dorada

Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025 prometiendo una nueva etapa de prosperidad. La reducción de los precios, la recuperación del poder adquisitivo y la protección de los trabajadores estadounidenses ocuparon un lugar destacado en su discurso. Casi dos años después, el coste de la vida se ha convertido en uno de los principales puntos débiles de su Administración.

El encarecimiento de los alimentos, la vivienda, los combustibles y la atención sanitaria preocupa a millones de ciudadanos. A ello se han sumado las consecuencias económicas de la guerra con Irán, que ha provocado tensiones en los mercados energéticos y contribuido a elevar los precios del combustible. Los aranceles impulsados por la Casa Blanca también forman parte del debate sobre el aumento de los costes para consumidores y empresas.

La contradicción es especialmente visible en los actos de campaña. Mientras Trump continúa reivindicando los resultados de su política económica y presenta su presidencia como una etapa de recuperación nacional, las encuestas reflejan una insatisfacción creciente con el poder adquisitivo. Según Reuters/Ipsos, apenas el 33% de los estadounidenses aprueba actualmente su gestión económica, frente a un 68% que la desaprueba.

El deterioro de esa percepción tiene consecuencias políticas. Los republicanos construyeron buena parte de su campaña de 2024 sobre las dificultades económicas de los estadounidenses durante la presidencia de Joe Biden. Ahora deben defender su propia gestión ante un electorado que continúa preocupado por llegar a fin de mes.

Un Partido Republicano ante el examen de las urnas

Las dudas sobre la gestión presidencial también plantean dificultades a los candidatos republicanos que concurren a las elecciones legislativas. Trump continúa siendo una figura fundamental para movilizar a la base conservadora, pero su baja popularidad nacional obliga a numerosos aspirantes a equilibrar su relación con la Casa Blanca y las preocupaciones específicas de sus distritos.

La dimensión del problema aparece reflejada en la última encuesta de Reuters/Ipsos. Ante la pregunta sobre qué partido votarían en unas elecciones al Congreso, el 47% de los votantes registrados se decanta por los demócratas, frente al 35% que opta por los republicanos. Se trata de una ventaja nacional de doce puntos, la más amplia registrada durante este ciclo electoral en la serie del instituto demoscópico. No obstante, esa diferencia no permite determinar por sí sola cómo se repartirán los escaños, especialmente en un sistema marcado por las particularidades de cada circunscripción.

Los republicanos defienden mayorías estrechas en ambas cámaras. Perder el control de una de ellas modificaría sustancialmente la relación de fuerzas en Washington durante los dos últimos años del mandato de Trump. Una Cámara de Representantes controlada por los demócratas podría impulsar investigaciones parlamentarias, fiscalizar con mayor intensidad al Ejecutivo y bloquear parte de su agenda legislativa, aunque el presidente conservaría importantes atribuciones.

Mientras tanto, Trump ha intensificado su presencia en campaña y ha pedido a sus seguidores que se movilicen como si su propio nombre apareciera en las papeletas. El desafío consiste en trasladar su capacidad de convocatoria personal a unas elecciones en las que no es candidato.

El precio de la lealtad

La caída de popularidad no significa que Trump haya perdido el control del Partido Republicano ni que MAGA esté cerca de desaparecer. El presidente conserva una base electoral amplia y profundamente identificada con su liderazgo, y las encuestas no permiten anticipar una ruptura definitiva entre ambos. Pero el descenso de su aprobación general y el deterioro de su valoración económica entre los republicanos muestran que su fortaleza política también tiene límites.

Durante años, Trump ha convertido las críticas de sus adversarios en una prueba de pertenencia para sus seguidores. Cuanto más cuestionado era desde fuera, mayor era la identificación de una parte de su electorado con su figura. Ahora, sin embargo, el descontento no procede únicamente de quienes nunca lo apoyaron. También aparece entre ciudadanos que comparten sus posiciones políticas, pero que no encuentran en su economía doméstica la prosperidad prometida.

El próximo 3 de noviembre no estará en juego directamente la presidencia de Estados Unidos, pero sí la capacidad del republicano para desarrollar su programa durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Las urnas medirán hasta qué punto el malestar registrado en las encuestas se traduce en votos, en unas elecciones donde la economía y el control del Congreso ocupan el centro de la disputa política.

Donald Trump ha construido buena parte de su carrera sobre una certeza: sus adversarios pueden cuestionarlo, pero sus seguidores siempre estarán ahí. Las encuestas todavía no desmienten por completo esa convicción, aunque empiezan a mostrar sus límites. El hombre que prometió devolver la grandeza a Estados Unidos descubre ahora que incluso la lealtad política más arraigada convive con una pregunta mucho más sencilla: cuánto cuesta llegar a fin de mes.

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