Benjamin Netanyahu cuenta, a día de hoy, con una mayoría absoluta en la Knéset, el parlamento del Estado de Israel, que le libra de cualquier tope a las atrocidades que comete en Palestina, Líbano, Irán y otros territorios de Oriente Próximo. Likud, el partido sionista de extrema derecha del primer ministro hebreo, ganó las últimas elecciones en 2022, lo que encumbró al genocida a la jefatura del Gobierno mediante una coalición de partidos extremistas, con una treintena de ministros del ala más radical del sionismo, el movimiento supremacista judío que apoya la destrucción del pueblo árabe en la zona ocupada por Israel.

En aquellos comicios, el partido Yesh Atid, del anterior primer ministro, Yair Lapid, quedó relegado a la oposición. El predecesor de Netanyahu también es sionista, aunque defiende posiciones más moderadas, como también lo hace Naftali Bennet, el jefe de Gobierno anterior a ambos.

De hecho, Bennet y Lapid formaron un Gobierno en coalición en 2021, uniendo a ocho partidos de derecha, centro e izquierdas. Aquello fue la vía del desbloqueo, tras una sucesión de cuatro elecciones por falta de mayorías, que puso una pausa a los anteriores doce años de Ejecutivos de Netanyahu. Aquello duró apenas un año, pero ahora ambos vuelven a presentarse como una amenaza para el mandatario hebreo.

Los dos ex primeros ministros han anunciado la fusión de sus dos partidos, para reeditar la coalición que propició la caída de Netanyahu, de cara a las próximas elecciones parlamentarias, previstas para octubre. 'Juntos', que es como han anunciado que se llamará, podría superar en intención de voto al Likud, según las encuestas publicadas en los últimos días. Estas situaban a Bennet en un empate técnico con Netanyahu, que se podría resolver sumando sus escaños a los de Lapid, como han propuesto ahora.

Las encuestas enseñan la puerta a Netanyahu

De cumplirse los sondeos, Netanyahu podría ser derrocado, en un escenario que sería también un salvavidas para Lapid. Yesh Atid, su partido, es ahora el principal de la oposición con 24 asientos en la Knéset, pero las encuestas le dan un desplome hasta los cinco escaños. En contraste, Bennet es uno de los líderes mejor valorados en Israel, lo que le ha permitido alzarse como líder de la coalición que disputaría a Netanyahu el Gobierno si se cumple lo que dicen estas encuestas.

De hecho, la coalición de 2021 se firmó bajo la condición de que ambos se alternaran como primeros ministros, algo que no ocurrirá en este caso. En un comunicado conjunto, Bennet y Atid anunciaron "el primer paso en el proceso de sanación del Estado de Israel", mediante la fusión de sus partidos: "Este movimiento une al ‘bloque reformista’, pone fin a las luchas internas y permite concentrar todos los esfuerzos en lograr una victoria decisiva en las próximas elecciones y en conducir a Israel hacia la reforma necesaria", defienden.

Netanyahu evita mirar a su propio país

Las elecciones de octubre se acercan, y Netanyahu ve ahora una seria amenaza al estatus que le permite perpetuar el genocidio de su Estado en Gaza, su agenda invasora en Líbano y la ofensiva contra Irán, todo ello bajo el paraguas que le da su buena relación con Donald Trump. De hecho, el vínculo con el presidente de Estados Unidos es el único arma política que le queda al primer ministro, que está siendo juzgado por corrupción, aunque su declaración por esta causa se ha vuelto a cancelar este lunes alegando motivos de seguridad, según medios locales.

Netanyahu acumula también un gran desgaste de su imagen entre la ciudadanía de su Estado. Aproximadamente un tercio de los israelíes creen que el país se ha debilitado desde que inició la guerra contra Irán el pasado 28 de febrero, mismo porcentaje que cree que no ha habido cambios en la fortaleza del país persa por los ataques de Israel y Estados Unidos. Esto se suma a que cada vez menos gente apoya el genocidio de Israel en Gaza, que durante este último mandato de Netanyahu ha alcanzado su punto más brutal con más de 70.000 palestinos asesinados desde octubre de 2023 y la peor crisis humanitaria en la Franja en las ocho décadas que Israel lleva asediándola.

El pasado año, Netanyahu trató de vender la liberación de los rehenes israelíes por parte de Hamás como una victoria. Sin embargo, aquello terminó por volvérsele en contra con manifestaciones de los familiares por todo el país, criticando que las acciones del primer ministro estaban poniendo en peligro a sus propios ciudadanos. Entre otras cuestiones, Netanyahu también tiene por delante un pulso con el Tribunal Supremo, que le obliga a imponer sanciones contra los judíos ultraortodoxos que se nieguen a realizar el servicio militar, un debate que arrastra el país desde hace dos años.

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