Jensen Huang no será el protagonista de la próxima visita de Xi Jinping a Washington, pero su presencia ayuda a entender buena parte de lo que estará en juego. El consejero delegado de Nvidia figura entre los invitados previstos para la cena de Estado que Donald Trump ofrecerá al presidente chino durante su visita del próximo 24 de septiembre. No es un detalle menor. La compañía estadounidense fabrica algunos de los chips más importantes para el desarrollo de la inteligencia artificial y se encuentra, desde hace años, en el centro de las restricciones tecnológicas que Washington aplica sobre China.

La reunión entre Trump y Xi tendrá una importante dimensión comercial, pero reducirla a una nueva ronda de la guerra arancelaria sería quedarse en la superficie. Estados Unidos y China llegan a esta cita inmersos en una competición mucho más amplia que alcanza a los semiconductores, la inteligencia artificial, las materias primas críticas, Taiwán y el equilibrio militar en Asia. Ambos Gobiernos mantienen canales de negociación abiertos y han buscado durante los últimos meses cierta estabilización de la relación, sin que hayan desaparecido las disputas estructurales que enfrentan a las dos mayores economías del mundo.

La cita de Washington se produce además después del viaje de Trump a China del pasado mayo. Entonces, ambos mandatarios acordaron reforzar los mecanismos de consulta económica y comercial y tratar de reducir algunas de las tensiones acumuladas durante los últimos años. La Casa Blanca presentó aquellos acuerdos como un paso hacia una relación basada en la “estabilidad estratégica”, aunque muchas de las cuestiones más difíciles quedaron abiertas.

La batalla por la IA salta a la política exterior

Entre todas ellas, la inteligencia artificial ha ganado rápidamente peso. Washington y Pekín consideran esta tecnología determinante no solo para sus economías, sino también para su capacidad militar y su posición internacional.

Estados Unidos mantiene desde 2022 restricciones a la exportación hacia China de determinados chips avanzados y de la tecnología necesaria para fabricarlos. La Administración Trump ha flexibilizado parcialmente algunos controles y ha permitido determinadas ventas de procesadores menos avanzados de Nvidia, pero el acceso chino a los componentes estadounidenses más sofisticados continúa siendo uno de los principales puntos de fricción.

Pekín, mientras tanto, acelera el desarrollo de una industria propia capaz de reducir esa dependencia. Huawei reconoció este jueves que la demanda de sus sistemas de computación para inteligencia artificial supera actualmente su capacidad de producción y trabaja en nuevos procesadores con los que pretende competir con Nvidia.

La consecuencia es que los semiconductores han dejado de ser únicamente componentes industriales. Son ya un instrumento de política exterior. Washington intenta impedir que determinadas tecnologías estadounidenses refuercen las capacidades estratégicas de China, mientras Pekín considera esas limitaciones parte de un intento de contener su desarrollo tecnológico.

La preocupación empieza incluso a ir más allá de quién consigue fabricar el modelo más potente. Expertos estadounidenses y chinos han mantenido contactos para proponer mecanismos destinados a limitar los riesgos de la inteligencia artificial en ámbitos militares especialmente sensibles. Entre las recomendaciones figuran mantener un control humano significativo sobre determinadas decisiones, impedir que sistemas autónomos intervengan sin supervisión en procesos relacionados con armas nucleares y establecer canales directos para gestionar posibles crisis provocadas por la tecnología. Ninguno de los dos Gobiernos ha adoptado formalmente estas propuestas.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, también ha señalado que Washington está dispuesto a hablar con China sobre riesgos compartidos relacionados con la IA. Bessent tiene previsto reunirse este fin de semana con el viceprimer ministro chino He Lifeng antes del encuentro entre Trump y Xi.

Taiwán vuelve a aparecer como la gran línea roja

Por encima de la tecnología permanece Taiwán. Y es probablemente el asunto capaz de convertir cualquier negociación económica en una crisis geopolítica.

Reuters informa este jueves de la inquietud existente entre responsables de Taiwán y Japón ante la posibilidad de que la Administración estadounidense modifique alguna señal política hacia Pekín dentro de una negociación más amplia. Esa preocupación no implica que Washington haya decidido cambiar su posición, pero refleja hasta qué punto los aliados estadounidenses observan cualquier movimiento alrededor de la reunión.

Estados Unidos mantiene desde hace décadas su política de “una sola China”, al tiempo que conserva relaciones no oficiales con Taiwán y suministra armamento a la isla. Pekín considera Taiwán parte de su territorio y no ha renunciado al uso de la fuerza para alcanzar la reunificación.

La sensibilidad ha aumentado después de que Trump se refiriera a las ventas estadounidenses de armas a Taiwán como un posible elemento negociador, según Reuters. La mera posibilidad de vincular estas cuestiones a conversaciones económicas preocupa a algunos aliados estadounidenses en Asia, que temen que un cambio de lenguaje pueda ser interpretado por Pekín como una modificación de la posición de Washington.

Taiwán tiene además una segunda dimensión que conecta directamente con la disputa tecnológica. La isla ocupa una posición central en la fabricación mundial de semiconductores avanzados, lo que convierte su estabilidad en una cuestión económica global además de militar.

Comercio, minerales y cadenas de suministro

La guerra comercial tampoco ha desaparecido. Simplemente comparte ahora escenario con disputas que hace una década apenas formaban parte de las conversaciones diplomáticas.

Trump y Xi acordaron durante su encuentro de mayo aumentar los contactos económicos y abordar cuestiones relacionadas con las cadenas de suministro. Washington ha mostrado especial preocupación por el acceso a minerales críticos utilizados en sectores tecnológicos, energéticos y militares. La Casa Blanca mencionó entonces materiales como el neodimio, el indio, el itrio o el escandio dentro de las conversaciones mantenidas con Pekín.

China ocupa una posición especialmente relevante en distintas fases del procesamiento de muchos de estos materiales. Para Estados Unidos, reducir esa dependencia se ha convertido en una prioridad estratégica. Para Pekín, esas cadenas de suministro constituyen al mismo tiempo una importante herramienta económica.

La relación entre ambos países entra así en una fase en la que prácticamente cualquier producto puede terminar conectado con la seguridad nacional. Los chips sirven para entrenar modelos de inteligencia artificial y desarrollar sistemas militares. Los minerales críticos permiten fabricar desde vehículos eléctricos hasta componentes electrónicos. Y las restricciones comerciales pueden alterar cadenas industriales repartidas por medio planeta.

Dos potencias obligadas a entenderse

Washington y Pekín compiten, pero también mantienen una interdependencia que dificulta una ruptura completa. Esa contradicción explica buena parte de las conversaciones de los últimos meses.

Trump y Xi necesitan gestionar una relación marcada simultáneamente por el enfrentamiento y la negociación. Estados Unidos trata de conservar su liderazgo tecnológico y militar sin cortar completamente sus vínculos comerciales con China. Pekín busca aumentar su autonomía industrial sin renunciar al acceso a los mercados y tecnologías occidentales.

La inteligencia artificial resume particularmente bien esa situación. Mientras algunos dirigentes estadounidenses defienden acelerar su desarrollo para no perder terreno frente a China, el debate internacional sobre sus riesgos crece. Trump ha rechazado en los últimos días las peticiones de una nueva regulación general de la tecnología, mientras otros responsables estadounidenses han argumentado que frenar su desarrollo podría beneficiar precisamente a Pekín.

Cuando Xi llegue a Washington el próximo 24 de septiembre, por tanto, los aranceles seguirán encima de la mesa. Pero alrededor de ellos habrá una negociación considerablemente mayor. Los dos países discutirán también sobre quién puede acceder a los chips más avanzados, qué riesgos están dispuestos a compartir en inteligencia artificial, hasta dónde puede llegar la presión económica y qué cuestiones —especialmente Taiwán— quedan fuera de cualquier intercambio.

La cena en la que está previsto que coincidan Trump, Xi y Jensen Huang ofrece una imagen casi perfecta de ese nuevo escenario. En una misma mesa estarán representados el poder político estadounidense, su principal rival estratégico y una de las compañías que mejor simbolizan la tecnología por la que ambos compiten.

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