Una vez más, Palestina parece ser la gran olvidada a ojos del mundo. Desde que el pasado 10 de octubre de 2025 entrara en vigor el aparente alto al fuego que Trump ponía en marcharse al autoerigirse como pacificador ya no se habla de Gaza. La idea de un alto al fuego ha calado en gran parte de la sociedad, mientras que los habitantes de la Franja, pero también de Cisjordania, siguen sufriendo la violencia de Israel. La población civil sigue siendo asesinada indiscriminadamente. En refugios, en sus hogares e, incluso, en mitad de la calle. En muchas ocasiones, una sola línea pintada en el suelo o en un bloque, un disparo directo. 

Con el alto al fuego firmado en 2025, el ejército hebreo comenzaba a marcar la denominada "línea amarilla": "Es una línea marcada en un plano y decide qué parte del territorio va a seguir ocupando de Gaza. Es más de la mitad de la Franja, en la que hay más de 120 instalaciones de UNRWA, como colegios, clínicas y, por supuesto, las casas de la población palestina", explica la directora ejecutiva de UNRWA, Raquel Martí, a ElPlural.com. 

Esta línea está perfectamente demarcado en un mapa, pero, además, Israel ha pintado algunos de los bloques de amarillo para que la población vea los límites. Sin embargo, son cuanto menos ambiguos, ya que los gazatíes "no saben exactamente por dónde pasa esa línea amarilla". Esto no solo ha provocado que gran parte de la población no haya podido regresar a sus hogares sino que, además, "el mayor número de muertes" se han producido en ellas "o bien han intentado llegar a sus casas para ver si podían rescatar algo y les han disparado, o simplemente porque no saben dónde está esa demarcación". 

Ante el gran número de muertes en esta zona, Israel, en lo que ha vendido como un acto de buena voluntad, ha creado la denominada "línea naranja", "una zona que ellos llaman de amortiguación para que la gente no se acerque a la otra", pero que, "en la práctica, lo que esto significa es que todavía hay un mayor terreno en el cual los palestinos no pueden estar y no se pueden acercar": "Es decir, aumenta así el porcentaje territorial ocupado por el ejército israelí", denuncia Martí. 

Estas líneas se han convertido en una herramienta clave de de control territorial dentro de la Franja. Antes del 7 de octubre de 2023 ya existía una zona de amortiguación junto a la valla con Israel: unos 300 metros en los que, sin señalización clara, los palestinos sabían que entrar podía costarles un disparo. Era una frontera invisible, ambigua, pero real.

Con la creación de la "línea amarilla" y la "línea naranja", Israel ha perfeccionado su estrategia no solo invasiva, sino también de eliminación de palestinos. Y lo peor de todo es que ya no solo no lo oculta, sino que lo hace más que visible a los ojos de todos.

La Directora Ejecutiva denuncia además que ambas líneas han sido "movidas todos estos meses, ampliando así el territorio ocupado por Israel": "Muchas veces, población palestina que estaba durmiendo en tiendas de campaña, en refugios o en sus casas también derruidas, han encontrado a la mañana siguiente que habían quedado dentro de la "línea amarilla" porque sus bordes se habían movido y aparecían bloques de hormigón pintados de amarillo por la mañana. De hecho, hace tres o cuatro días, la 'línea naranja' se movió y uno de los coles de UNRWA en los que hay población palestina refugiada quedó dentro de ella y tuvimos que evacuar a todas las personas que estaban dentro, perdiendo el acceso a un refugio en una situación en la que la mayor parte de la población está durmiendo en la calle en tiendas de campaña".

Pese a que Israel sigue insistiendo en negar un evidente genocidio, incluso las imágenes por satélite y diversas investigaciones han documentado cómo sus fuerzas ha ido desplazando los bloques que marcan estas líneas sobre el terreno varios cientos de metros hacia el interior de Gaza, en algunos casos hasta casi 300 metros más allá de lo acordado. Es decir, la frontera va cambiando sin aviso, empujando a la población cada vez más hacia el oeste, reduciendo su espacio vital.

Mientras que Gaza era una de las zonas de mayor densidad poblacional del mundo, con 2.200.000 personas en 365 km², ahora, Israel ocupa la mitad del territorio. Según cifras de UNRWA España, la población se encuentra hacinada en el 42% del territorio, lo que quiere decir que ahora mismo hay entre 16.000 y 18.000 personas por km²: "La densidad poblacional es brutal y eso significa es que hay un grado de hacinamiento enorme en Gaza".

Las líneas israelíes, nada inocentes, buscan ampliar el territorio ocupado sin necesidad de declararlo oficialmente, el control y la persecución de la población gazatí, a la que, en muchas ocasiones, solo le separa de la muerte el amarillo o el naranja. Algunos expertos ya han definido esta estrategia como "ingeniería territorial", una manera de redibujar el mapa sobre la marcha.

En este contexto, moverse por Gaza -por el 40% del que aún no se ha apropiado el ejército de Netanyahu, se convierte en una lotería. Desde el alto el fuego de octubre de 2025, al menos 224 palestinos han muerto en zonas cercanas o al este de esta línea, según datos de Naciones Unidas recogidos en informes recientes.

Todo esto se enmarca en una guerra que ha dejado cifras devastadoras. Un estudio independiente elevaba recientemente el número total de muertos en Gaza a más de 75.000 desde 2023, con una mayoría de civiles entre las víctimas. En ese contexto, la "línea naranja" no es una excepción, sino una pieza más de un sistema más amplio de control y desgaste.

La paradoja es que, en teoría, estas líneas buscan seguridad, pero, en la práctica, generan más incertidumbre. Porque no hay mapas claros, ni reglas estables. Una zona que hoy parece accesible puede convertirse mañana en objetivo militar. Una "zona segura"puede dejar de serlo sin previo aviso. Y una línea que ayer estaba a unos metros puede aparecer hoy mucho más cerca.

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