Donald Trump ha vuelto a situar la violencia política en el centro del debate estadounidense. El presidente de Estados Unidos ha afirmado este domingo que este fenómeno “siempre ha estado” presente en la historia del país, después del atentado fallido registrado durante la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, celebrada en el hotel Washington Hilton. Sus palabras, pronunciadas en una entrevista con la CBS, no solo sirvieron para reaccionar al ataque, sino también para cargar contra sus adversarios políticos: Trump acusó a los demócratas de alimentar un “discurso de odio” que, a su juicio, resulta “peligroso” para el país.
El episodio volvió a activar una de las memorias más sensibles de Estados Unidos: la de los ataques contra presidentes, candidatos y figuras públicas. El sospechoso, identificado como Cole Tomas Allen, de 31 años, intentó atacar a altos cargos de la Administración durante la cena anual de los corresponsales. Las autoridades indicaron que Trump, la primera dama Melania Trump, el vicepresidente JD Vance y miembros del gabinete fueron evacuados durante el incidente, mientras que un agente del Servicio Secreto resultó alcanzado por un disparo, aunque evitó heridas graves gracias al chaleco antibalas.
Trump, que aseguró no haberse sentido especialmente preocupado porque entiende “cómo es la vida”, pidió que el evento vuelva a celebrarse en un plazo de 30 días, aunque con un dispositivo de seguridad reforzado y un perímetro más amplio. “Creo que es muy malo que un loco pueda cancelar algo como esto”, sostuvo el mandatario, que utilizó la entrevista para reivindicar la continuidad del acto y, al mismo tiempo, para reforzar su relato de amenaza política.
Un país marcado por los magnicidios
La frase de Trump —“siempre ha estado ahí”— conecta con una realidad histórica difícil de discutir. Estados Unidos ha convivido desde el siglo XIX con una larga secuencia de atentados contra sus máximos dirigentes. Los Archivos Nacionales estadounidenses recuerdan que cuatro presidentes fueron asesinados en menos de un siglo: Abraham Lincoln en 1865, James A. Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y John F. Kennedy en 1963.
Lincoln fue asesinado en el teatro Ford de Washington apenas unos días después del final de la Guerra Civil. Garfield murió tras ser tiroteado en una estación de tren de Washington. McKinley fue atacado durante una exposición en Buffalo. Kennedy cayó abatido en Dallas, en una caravana presidencial que quedó grabada para siempre en la memoria política del siglo XX. Cada uno de esos episodios abrió una herida distinta en la sociedad estadounidense, pero todos comparten un mismo patrón: la violencia irrumpiendo en el corazón del poder.
La propia historia de la protección presidencial en Estados Unidos se explica a partir de esos golpes. Los Archivos Nacionales subrayan que la protección sistemática y continuada del presidente no se consolidó hasta después del asesinato de McKinley. Antes de eso, la seguridad era intermitente y mucho menos estructurada, pese a que las amenazas ya existían desde los primeros años de la República.
Intentos fallidos, heridas abiertas
El historial no se limita a los presidentes asesinados. Antes de Lincoln, Andrew Jackson ya sufrió un intento de asesinato en 1835, cuando un hombre le apuntó con dos pistolas que fallaron. Theodore Roosevelt fue herido en 1912, cuando ya era expresidente y volvía a competir por la Casa Blanca. Franklin D. Roosevelt, todavía presidente electo, fue objetivo de un ataque en 1933. Harry Truman sobrevivió en 1950 a un intento de asesinato en Blair House, donde residía temporalmente durante las obras en la Casa Blanca.
Más cerca en el tiempo, Ronald Reagan fue tiroteado en 1981 a la salida del Washington Hilton, el mismo hotel que ahora vuelve a aparecer asociado a un episodio de violencia política. Reagan sobrevivió, aunque resultó herido por una bala que rebotó en su limusina. En aquel ataque también fueron alcanzados otras tres personas, entre ellas el secretario de prensa James Brady, que quedó gravemente herido.
Gerald Ford también sobrevivió a dos intentos de asesinato en septiembre de 1975, ambos en California y con apenas 17 días de diferencia. El primero fue protagonizado por Lynette “Squeaky” Fromme, seguidora de Charles Manson; el segundo, por Sara Jane Moore, que llegó a disparar contra el presidente en San Francisco.
La lista revela que la violencia política en EEUU no responde a una única ideología ni a una única época. Ha surgido de fanatismos, trastornos personales, conflictos raciales, pulsiones conspirativas, extremismos religiosos, nacionalismos, odios partidistas y momentos de fractura social. Por eso, la afirmación de Trump tiene una base histórica: la violencia contra figuras políticas no es nueva. Lo que sí cambia es el modo en que cada época la interpreta y la utiliza.
Del trauma nacional a la munición partidista
La diferencia del momento actual está en la velocidad con la que cualquier episodio violento se transforma en arma política. Trump no se limitó a condenar el ataque ni a defender el refuerzo de la seguridad. También señaló directamente a los demócratas y a su supuesto “discurso de odio”, al que atribuyó un peligro mayor que en etapas anteriores. La acusación encaja con una estrategia habitual del presidente: presentar a sus rivales como una amenaza existencial para el país y a sí mismo como víctima de una persecución política.
Ese marco convierte el atentado fallido en algo más que un asunto de seguridad. Lo transforma en una pieza más de la batalla cultural estadounidense. En lugar de abrir un espacio de unidad institucional, el episodio ha servido para profundizar el choque entre Trump, la oposición demócrata y los medios de comunicación. Durante la entrevista, el presidente también arremetió contra la periodista Norah O’Donnell por leer parte de la nota atribuida al sospechoso, un gesto que interpretó como una agresión personal y mediática.
El contexto reciente tampoco ayuda a rebajar la tensión. Y es que, a nadie se le escapa que el ataque en la Cena de Corresponsales se produce en un clima de preocupación creciente por la violencia política en EEUU, después de otros episodios recientes contra figuras públicas y cargos electos. Por citar, entre otros, el asesinato del activista conservador Charlie Kirk en septiembre de 2025 y el asesinato en junio de ese mismo año de la legisladora demócrata de Minnesota Melissa Hortman y su marido.
La paradoja es evidente. Trump acierta al recordar que Estados Unidos arrastra una larga historia de violencia política, pero su diagnóstico no se queda en la memoria histórica. El presidente la reinterpreta desde el presente para cargar contra sus adversarios y reforzar un relato de confrontación que ya domina buena parte de la vida pública estadounidense.
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