Israel ha abierto una nueva fase en la escalada regional con una ofensiva que combina tres frentes de enorme impacto: el bombardeo del complejo gasístico de South Pars, considerado parte del mayor yacimiento de gas natural del mundo; la ampliación de su campaña militar en Líbano, donde las órdenes de evacuación ya alcanzan en torno al 15% del territorio; y un nuevo mensaje de presión sobre Irán, al insistir en que la república islámica todavía dispone de más de 1.000 misiles con capacidad de amenazar a Israel y, por tanto, sigue siendo un objetivo prioritario de su maquinaria militar.
El ataque sobre South Pars, en la zona de Asaluyeh, supone uno de los golpes más sensibles lanzados hasta ahora contra la infraestructura energética iraní. La instalación, compartida con Catar, es una pieza central para el suministro interno de energía, la producción petroquímica y la entrada de divisas en Irán. Según la versión difundida por el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, el bombardeo alcanzó una gran planta petroquímica del complejo, responsable de cerca de la mitad de la producción petroquímica del país, y se suma a ataques anteriores que habrían dejado fuera de juego una parte sustancial de las exportaciones del sector.
El valor estratégico del golpe va mucho más allá del simbolismo militar. Atacar South Pars equivale a presionar uno de los pulmones económicos del Estado iraní, en un momento en que la guerra ya ha tensionado el estrecho de Ormuz, disparado los precios energéticos y agravado la incertidumbre regional. Catar condenó los ataques por el riesgo que entrañan para la seguridad energética, mientras Irán confirmó daños en instalaciones clave como las plantas Mobin y Damavand, esenciales para sostener el funcionamiento del complejo.
La guerra desborda la frontera sur
Al mismo tiempo, Israel ha seguido ampliando su radio de acción en Líbano. La ofensiva ya no se limita a las áreas más pegadas a la frontera sur ni a enclaves tradicionalmente vinculados a Hezbolá. En los últimos días, los ataques han alcanzado también zonas cristianas cercanas a Beirut y otras regiones donde crece el temor a quedar absorbidas por una guerra cada vez más extendida. Reuters informó de que las órdenes de evacuación israelíes afectan ya a alrededor del 15% del territorio libanés, en un contexto en el que el conflicto ha dejado cerca de 1.500 muertos y más de un millón de desplazados.
La expansión en Líbano refuerza, además, la sospecha de que el objetivo israelí no se limita a golpear capacidades militares concretas, sino a remodelar por la fuerza la geografía de seguridad del sur del país. El primer ministro libanés, Nawaf Salam, ha advertido de que no se ve el final de la guerra y ha denunciado el riesgo de una ocupación prolongada en el sur libanés, mientras distintas crónicas sobre el terreno hablan ya de pueblos enteros destruidos y de una campaña de devastación que desborda la lógica de las operaciones puntuales.
En paralelo, el lenguaje israelí hacia Irán sigue endureciéndose. Aunque buena parte de las informaciones más sólidas apuntan a que Israel sostiene que Teherán conserva todavía más de 1.000 misiles capaces de alcanzar su territorio, ese dato se está usando también como justificación política para mantener y ampliar los bombardeos sobre infraestructuras estratégicas iraníes. La idea que transmite el Gobierno israelí es clara: aunque la aviación haya degradado parte del aparato militar iraní, la amenaza no ha desaparecido ni mucho menos, y por eso la ofensiva debe continuar.
Ese mensaje encaja con la lógica de desgaste total que también impulsa Donald Trump desde Washington. El presidente estadounidense ha elevado la presión sobre Teherán con amenazas abiertas contra infraestructuras civiles y con un ultimátum ligado a la reapertura de Ormuz, mientras Israel actúa sobre el terreno golpeando instalaciones energéticas, petroquímicas y de transporte. De hecho, el ejército israelí llegó este martes a pedir a la población iraní que evitara los trenes y las vías férreas hasta las 21.00 hora local, un aviso que apunta a la posibilidad de nuevos ataques sobre la red ferroviaria.