El Himalaya parece eterno desde lejos. Una sucesión de cumbres inmóviles, hielo antiguo y valles abiertos bajo montañas que llevan siglos observando el paso de peregrinos, pastores y viajeros. Pero basta un instante para que esa apariencia se quiebre. Una masa de hielo y roca puede desprenderse, ganar velocidad y convertir un paisaje casi mineral en una corriente de agua, barro y escombros capaz de recorrer kilómetros en cuestión de minutos.
Eso es, en parte, lo que ha ocurrido en la frontera entre Nepal y el Tíbet, donde la montaña dejó de ser paisaje para convertirse en amenaza. Durante unos minutos, incluso los instrumentos parecieron confundirse: la señal fue interpretada inicialmente como un terremoto. Después llegó la explicación. No había temblado la tierra: se había desplomado una enorme masa de hielo y roca en uno de los entornos más frágiles del planeta.
Las consecuencias fueron devastadoras. Las inundaciones repentinas que recorrieron los valles del Himalaya han dejado una terrorífica cifra de muertos, heridos y desaparecidos que aumenta con el pasar de las horas, además de carreteras, puentes y viviendas destruidas. Entre los desaparecidos hay centenares de extranjeros, muchos de ellos turistas y peregrinos que recorrían una de las zonas montañosas más espectaculares —y también más vulnerables— del planeta.
La tragedia vuelve a poner delante una paradoja difícil de asimilar: el deshielo no solo vacía los glaciares, también transforma la montaña que queda atrás. Donde antes había hielo estable pueden aparecer lagos, laderas más frágiles y nuevos puntos de ruptura. El paisaje cambia poco a poco hasta que, de repente, lo hace de golpe.
Pero detrás de las dramáticas imágenes existe una historia de mayor alcance. El hielo del Himalaya está desapareciendo a una velocidad cada vez mayor y su retroceso no supone únicamente menos nieve en las montañas. También está transformando físicamente el territorio: aparecen nuevos lagos, se debilitan laderas congeladas durante siglos y aumentan determinados riesgos de avalanchas, desprendimientos e inundaciones repentinas.
Es una paradoja del calentamiento global: la desaparición del hielo también puede provocar riadas.
Cuando una montaña empieza a moverse
Los primeros análisis permiten reconstruir parcialmente lo sucedido. Una masa de hielo situada a unos 5.200 metros de altitud se desprendió y cayó aproximadamente 1.200 metros hacia el fondo del valle, según el análisis de imágenes por satélite citado por The Guardian. El fragmento afectado tendría una superficie cercana a los 0,2 kilómetros cuadrados.
El impacto puso en movimiento una combinación letal de hielo, roca, sedimentos y agua. La crecida descendió posteriormente por varios cursos fluviales de la región. Según el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas (ICIMOD), con sede en Katmandú, el nivel del río Trishuli llegó a aumentar hasta nueve metros en apenas media hora.
La violencia del fenómeno fue tal que su señal quedó registrada como un evento sísmico equivalente aproximadamente a una magnitud 5,2. En realidad, según determinó posteriormente el US Geological Survey, no se había producido ningún terremoto: los sensores habían detectado el gigantesco movimiento provocado por el derrumbe de hielo y escombros.
La secuencia muestra por qué estas catástrofes resultan especialmente peligrosas. No se trata necesariamente de una inundación convencional provocada por días de lluvia. En la alta montaña puede desencadenarse una reacción en cadena: una masa de hielo se desprende, arrastra roca, bloquea temporalmente un río y termina liberando de golpe enormes cantidades de agua y sedimentos. El resultado puede parecerse más a una avalancha líquida que a una crecida normal.
El techo de Asia se está quedando sin hielo
La catástrofe llega, además, en un momento en el que los científicos están constatando cambios extraordinariamente rápidos en los glaciares asiáticos.
Un informe del ICIMOD publicado este mismo año concluye que la superficie glaciar del Hindu Kush-Himalaya se redujo alrededor de un 12% entre 1990 y 2020. Y otro análisis presentado en marzo advertía de que la velocidad de pérdida de hielo se ha duplicado desde el año 2000. Desde 1975, algunas mediciones reflejan pérdidas acumuladas de hasta 27 metros de espesor.
No es una cuestión exclusivamente paisajística. La cordillera del Hindu Kush-Himalaya funciona como una gigantesca reserva de agua para Asia. Sus nieves y glaciares alimentan algunos de los grandes sistemas fluviales del continente y tienen influencia directa o indirecta sobre el suministro de agua de cerca de 2.000 millones de personas. Por eso la región suele recibir el sobrenombre de “tercer polo” del planeta, después del Ártico y la Antártida.
La transformación está siendo especialmente rápida. La gran evaluación científica publicada por ICIMOD en 2023 determinó que los glaciares de la región desaparecieron un 65% más rápido entre 2011 y 2020 que durante la década anterior. Si las emisiones mantienen la trayectoria actual, el organismo advierte de que podría desaparecer hasta el 80% del volumen actual de los glaciares para finales de siglo.
Pero la amenaza no consiste únicamente en quedarse sin hielo. Antes de desaparecer, los glaciares pueden transformar profundamente las montañas que los rodean.
El mapa del peligro cambia con el hielo
Uno de los fenómenos que más preocupa a los científicos son los llamados GLOF, siglas en inglés de Glacial Lake Outburst Flood: inundaciones provocadas por el vaciamiento repentino de un lago glaciar.
A medida que un glaciar retrocede, el agua del deshielo puede acumularse detrás de barreras naturales compuestas por hielo, rocas y sedimentos. El lago crece hasta que esa presa cede —por erosión, un desprendimiento, una avalancha o simplemente por presión— y libera violentamente el agua acumulada.
Nepal es especialmente vulnerable. Un inventario elaborado por ICIMOD identificó 47 lagos glaciares potencialmente peligrosos en grandes cuencas compartidas por Nepal, China e India: 21 se encuentran en Nepal, 25 en territorio chino y uno en India.
No significa que todos vayan a romperse ni que la catástrofe de esta semana haya sido exactamente uno de estos episodios. De hecho, los científicos siguen investigando qué combinación de factores desencadenó el último desastre.
Y esa cautela es importante. Aunque existe una evidencia científica muy sólida de que el calentamiento global está acelerando el retroceso de los glaciares y degradando el permafrost de las zonas montañosas, todavía hay relativamente pocos grandes colapsos glaciares documentados como para atribuir automáticamente cada episodio individual al cambio climático. Expertos consultados por The Guardian han insistido precisamente en esa diferencia: conocemos muy bien la tendencia general, pero determinar la causa exacta de un derrumbe concreto requiere estudios posteriores.
El permafrost añade otra variable. Se trata de suelo que permanece congelado durante todo el año y que, en las grandes cordilleras, puede actuar como una especie de “pegamento” natural que mantiene unidas rocas y laderas. Cuando aumenta la temperatura y ese suelo comienza a descongelarse, determinadas pendientes pueden perder estabilidad.
En febrero de 2021, otra catástrofe en el Himalaya indio dejó alrededor de 200 muertos o desaparecidos en Uttarakhand después del desprendimiento de una enorme masa de roca y hielo. El episodio mostró hasta qué punto un fenómeno iniciado en un punto remoto de la alta montaña puede adquirir una fuerza extraordinaria al recorrer un valle y encontrarse con infraestructuras y poblaciones aguas abajo.
Viajar por un Himalaya cada vez menos previsible
Existe además otra dimensión menos evidente. El Himalaya no solamente concentra comunidades locales, centrales hidroeléctricas, carreteras y pueblos. También recibe montañeros, excursionistas, turistas y peregrinos llegados de todo el mundo.
Muchos de los desaparecidos esta semana se encontraban precisamente viajando hacia el monte Kailash, en el Tíbet, una montaña sagrada para hinduistas, budistas, jainistas y seguidores de la tradición Bön. Los peregrinos realizan tradicionalmente un recorrido de unos 53 kilómetros alrededor de la montaña.
La tragedia obliga así a plantear una cuestión incómoda para uno de los grandes negocios de Nepal y otros países de la región: qué ocurre con el turismo de montaña cuando las condiciones que durante décadas permitían calcular el riesgo empiezan a cambiar.
El montañismo nunca ha sido seguro. Avalanchas, desprendimientos, tormentas y riadas forman parte de la historia del Himalaya. La diferencia es que el cambio acelerado de la criosfera —el conjunto formado por nieve, hielo, glaciares y suelo congelado— obliga a revisar mapas de riesgo, infraestructuras, rutas turísticas y sistemas de alerta.
Porque el cambio climático en las grandes montañas no siempre se presenta como una fotografía sencilla de un glaciar retrocediendo unos metros cada año. A veces sucede de golpe.
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