Estados Unidos ha vuelto a golpear territorio iraní en uno de los momentos más delicados de las negociaciones abiertas para intentar poner fin a la guerra que sacude la región desde hace tres meses. El Comando Central estadounidense confirmó a última hora del lunes una serie de ataques contra objetivos situados en el sur de Irán, cerca del estratégico estrecho de Ormuz, y los justificó como una acción de “legítima defensa” para proteger a sus tropas.
La operación, según la versión de Washington, no supone la ruptura formal del alto el fuego vigente, aunque sí introduce un nuevo elemento de tensión en unas conversaciones ya marcadas por la desconfianza entre las partes. El portavoz del Comando Central, el capitán Tim Hawkins, sostuvo que las fuerzas estadounidenses actuaron contra emplazamientos de lanzamiento de misiles y contra embarcaciones iraníes que, según EEUU, intentaban colocar minas en una zona de enorme valor estratégico.
"Entre los objetivos se encontraban bases de lanzamiento de misiles y embarcaciones iraníes que intentaban colocar minas", ha indicado Hawkins aseverando seguidamente que el CENTCOM "sigue defendiendo" a sus uniformados al tiempo que actúa "con moderación durante el alto el fuego en curso".
Ormuz, el punto más inflamable del tablero
Los ataques se produjeron en las proximidades de Bandar Abás, una ciudad portuaria del sur de Irán que alberga instalaciones navales clave y que se encuentra cerca del estrecho de Ormuz, paso obligado para una parte sustancial del comercio energético mundial. Medios internacionales informaron de explosiones en la zona, así como de incidentes cerca de otros enclaves costeros como Sirik y Jask, aunque el alcance exacto de los daños todavía no está completamente aclarado.
Fuentes citadas por medios estadounidenses aseguran que las fuerzas norteamericanas detectaron dos embarcaciones presuntamente vinculadas a la Guardia Revolucionaria iraní mientras colocaban minas en el estrecho. Washington afirma que actuó para neutralizar esa amenaza y evitar un posible bloqueo de la vía marítima. La explicación oficial insiste en que se trató de ataques “defensivos”, una palabra elegida con precisión para sostener que EEUU no busca descarrilar el proceso diplomático.
La importancia de Ormuz convierte cualquier incidente militar en un riesgo global. Por esa angosta ruta marítima transita una parte esencial del petróleo que abastece a los mercados internacionales, y su cierre o militarización plena podría desencadenar una escalada de precios, tensiones comerciales y nuevas presiones inflacionistas. De ahí que las negociaciones no solo interesen a Washington y Teherán, sino también a las monarquías del Golfo, a Europa y a las grandes potencias asiáticas.
Diplomacia bajo las bombas
La ofensiva estadounidense coincide con el viaje de negociadores iraníes a Qatar, donde se intenta articular una fórmula que permita congelar la escalada y avanzar hacia un acuerdo más amplio. Doha se ha convertido en uno de los principales espacios de mediación, con contactos centrados en la reapertura plena del estrecho, el mantenimiento del alto el fuego y una posible secuencia de alivio de sanciones a cambio de garantías iraníes.
El principal incentivo para Washington sería recuperar la libre circulación por Ormuz, mientras que Teherán aspira a obtener el levantamiento de sanciones y el desbloqueo de activos congelados. Las cuestiones más sensibles, especialmente las relacionadas con el programa nuclear iraní, podrían quedar aplazadas a una segunda fase de negociación, previsiblemente bajo una prórroga del alto el fuego. Esa arquitectura permitiría a las partes vender avances sin resolver de inmediato los asuntos de mayor carga política.
Donald Trump trata de presentar el proceso como una victoria diplomática, pero el nuevo ataque complica su relato. El presidente estadounidense ha asegurado que las conversaciones avanzan, aunque al mismo tiempo mantiene la presión militar sobre Irán y amenaza con nuevas acciones si considera que sus tropas o sus intereses están en peligro. Esa doble vía —bombas y negociación— refuerza la imagen de una Casa Blanca que quiere imponer el ritmo de las conversaciones desde una posición de fuerza.
En paralelo, Trump ha introducido otra exigencia de alto voltaje político: que varios países árabes y musulmanes avancen hacia la normalización de relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham. La propuesta afectaría a actores como Arabia Saudí, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania, aunque no todos parecen dispuestos a asumir ese coste diplomático, especialmente en un contexto de guerra regional y fuerte rechazo social a la política israelí.
La maniobra busca también ofrecer una compensación política a Benjamín Netanyahu, que observa con recelo cualquier pacto que reduzca la presión sobre Teherán. El primer ministro israelí teme que un acuerdo limitado permita a Irán ganar tiempo, recuperar recursos económicos y mantener intactas algunas de sus capacidades estratégicas. Para Trump, sin embargo, ampliar la normalización con Israel serviría para envolver el pacto en una narrativa de reordenación regional.
El problema para Washington es que cada ataque erosiona la confianza necesaria para negociar. Aunque el Pentágono insista en que la operación ha concluido “por el momento” y que no pretende romper el alto el fuego, Teherán difícilmente puede ignorar que las conversaciones avanzan mientras sus posiciones son bombardeadas. La clave ahora será comprobar si Irán responde militarmente, si limita su reacción al terreno diplomático o si utiliza el incidente para endurecer sus condiciones en Qatar.
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