La política exterior de Estados Unidos y su marcado carácter intervencionista ya no pilla por sorpresa a nadie. Cuba y Bolivia son dos de los mejores ejemplos recientes de los que se puede hablar para escenificar este fenómeno, con una diferencia clara entre los sentidos de cada uno de ellos. Por un lado, Washington ha intentado, por todos los medios, derrocar al Gobierno cubano mediante presiones, amenazas y un bloqueo que ya se prolonga durante décadas, y por otro, la Casa Blanca ha manifestado su rechazo ante cualquier intento de derrocar el actual Gobierno boliviano, al tiempo que ha anunciado que intensificará su ayuda de emergencia y apoyo a las operaciones logísticas en el país andino. Dos maneras muy distintas de afrontar asuntos parecidos en función de los intereses ideológicos y políticos que primen en cada caso.
"El Departamento de Guerra y la Coalición contra cárteles de las Américas (A3C) rechazan cualquier intento de derrocar al Gobierno legítimo del presidente Paz en Bolivia", manifestaba el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, en un mensaje publicado en redes. Hegseth reivindicaba la importancia de que La Paz no permita que "se repita el antiguo 'statu quo' de dominio narcoterrorista en la región", mientras que defendía que Estados Unidos "está atento" y que seguirá "apoyando a socios de la A3C, como Bolivia, con objeto de garantizar la disuasión de los narcoterroristas de lucrarse con la muerte y destrucción del hemisferio".
Del mismo modo, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, charlaba por teléfono este jueves con el jefe del Ejecutivo boliviano para "reafirmar el compromiso inquebrantable" de Estados Unidos de "apoyar la democracia" del país andino y "al Gobierno de Paz en su labor de reconstrucción del país tras veinte años de políticas socialistas fallidas". En dicho diálogo, el líder de la diplomacia estadounidense argumentaba, de acuerdo con las palabras de su portavoz, que está "intensificando la ayuda de emergencia" y el "apoyo a las operaciones logísticas" en el país a fin de "ayudar a quienes se enfrentan a una grave escasez de alimentos y medicamentos debido a los bloqueos ilegales de carreteras" que, ha considerado, están "destinados a desestabilizar la sociedad boliviana".
Este miércoles, el propio Paz se refirió a las protestas que sacuden al país desde hace semanas pidiendo su salida como "la batalla de las batallas". Todo ello, vinculando a las mismas con grupos del narcotráfico a los cuales acusa de "alimentar movilizaciones y acciones en contra de la Constitución". "Esta es la batalla de todas las batallas. O transformamos la patria hacia un destino institucionalizado, sin corrupción y con el narcotráfico acorralado, o vuelve un pasado donde todo vale", advirtió esta semana.
Cuba, la contraparte
Mientras que la estrategia puesta en marcha desde Washington en Bolivia es la de apoyo al Gobierno, en la intervención en Cuba se encuentra la cara opuesta de la moneda. La Casa Blanca está endureciendo su bloqueo contra la isla y desplegando sanciones contra sus líderes para tensionar a la ciudadanía y justificar, de esta manera, una injerencia en el país isleño. Después de imputar a Raúl Castro por un supuesto delito cometido hace 30 años, sin mayor justificación que la palabra de la justicia estadounidense, la administración de Donald Trump ampliaba en la madrugada de este jueves su lista de sancionados, entre los que se incluye el propio Castro y el actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel.
Venezuela fue primero, y ahora, Estados Unidos tiene sus ojos puestos sobre Cuba para perpetrar una operación similar y tomar el control de la isla. El plan de Washington para La Habana sigue el mismo patrón que el empleado en Caracas: presión, amenazas, ultimátums y si todo ello no funciona, paso a la acción fulminante. Con esa hoja de ruta capturó Donald Trump a Nicolás Maduro a principios de este 2026 y es exactamente el mismo modus operandi que está siguiendo en la isla del Caribe, cuya estrategia es clara: desabastecer a la población de alimentos y materias primas a través de un bloqueo criminal, culpar al Gobierno revolucionario de la situación, impulsar (y financiar) una revuelta interna y acometer una intromisión sustentada en la situación generada por la propia Casa Blanca. "El país está muriendo de hambre y no tiene energía, ni petróleo, ni dinero. No tiene nada", decía Trump, allanando el terreno y asegurando que "el país ya se ha venido abajo". "Una vez nos hayamos encargado de Irán, haremos una pequeña parada en Cuba para solucionar la situación", expresaba el republicano.
"Ningún agresor, por poderoso que sea, encontrará rendición en Cuba. Tropezará con un pueblo decidido a defender la soberanía y la independencia en cada palmo del territorio nacional". Así respondía La Habana, de la mano de su presidente, Miguel Díaz-Canel, al presidente estadounidense, tras las primeras amenazas hace unas semanas. El dirigente cubano, cuya cabeza está en juego ahora más que nunca, decidió plantarle cara a su homólogo estadounidense hace aproximadamente un mes, momento en el que Washington llevó hasta sus costas uno de los portaaviones más poderosos del Ejército, el USS Abraham Lincoln.
"Estaremos tomando Cuba casi de inmediato, Cuba es lo próximo", amenazaba el estadounidense hace unas semanas. Algunos interpretaron sus palabras inicialmente como una broma, a vista de lo impredecible que es a veces el republicano, pero el envío del portaaviones, el endurecimiento de las sanciones ya existentes y la respuesta del Ejecutivo cubano despejaban las dudas. Las semanas venideras, no obstante, confirmaron lo inminente: las tensiones han seguido creciendo y la actitud del mandatario estadounidense está siendo calcada a la que tuvo cuando Nicolás Maduro fue depuesto del Gobierno venezolano. Por su parte, las autoridades cubanas insisten en que cualquier ataque contra la isla comportaría, inevitablemente, un riesgo para toda la región.
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