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Internacional

China conquista los mercados mientras su economía doméstica sigue gripada

El gigante asiático dispara sus exportaciones y acumula un superávit comercial histórico mientras el consumo interno y la crisis inmobiliaria lastran su economía

El emblema de la República Popular China se exhibe en el Gran Salón del Pueblo. EP.

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China vende cada vez más al resto del mundo, pero sigue sin conseguir que sus propios ciudadanos gasten al mismo ritmo. La segunda economía del planeta atraviesa una paradoja que empieza a preocupar a sus principales socios comerciales: sus fábricas baten récords de exportación mientras el consumo interno continúa debilitado y el mercado inmobiliario no logra dejar atrás su crisis. El resultado es un gigante industrial que encuentra fuera de sus fronteras buena parte de la demanda que le falta en casa y cuyo éxito comercial se está convirtiendo en un problema político para Europa.

Los últimos datos publicados por las autoridades aduaneras chinas reflejan la magnitud del fenómeno. Según los datos recogidos este miércoles por Associated Press, las exportaciones crecieron un 36,3% interanual en septiembre, acelerándose respecto al 25% registrado en agosto. Las importaciones también aumentaron con fuerza, un 31%, aunque no lo suficiente para impedir que el país cerrara el mes con un superávit comercial de 133.500 millones de dólares. En los primeros nueve meses de 2026, la diferencia acumulada entre exportaciones e importaciones alcanza ya los 938.000 millones de dólares, una cifra que acerca a Pekín al récord anual de aproximadamente 1,2 billones registrado en 2025.

El cambio no se explica únicamente por la capacidad china para producir bienes baratos. Pekín ha conseguido reforzar su presencia en sectores tecnológicos de mayor valor añadido, desde los semiconductores hasta los equipos informáticos, pasando por los automóviles. En septiembre, las exportaciones de semiconductores crecieron un 108,1% interanual, las de vehículos un 54,3% y las de equipos de procesamiento de datos un 54,6%. China ya no se limita a competir como la fábrica barata del planeta: disputa mercados en industrias consideradas estratégicas para las grandes economías occidentales.

Sin embargo, detrás de esa fortaleza exterior persiste una economía doméstica que todavía acusa las consecuencias del desplome inmobiliario, la incertidumbre de los hogares y una recuperación del consumo insuficiente para sostener por sí sola el crecimiento. El auge exportador permite mantener la actividad industrial, pero no resuelve los desequilibrios que arrastra el país. Y cuanto más depende China de vender al extranjero, mayor es la presión sobre sus socios comerciales para absorber una producción que compite directamente con sus propias empresas.

El gigante industrial con los pies de barro

El principal contraste de la economía china aparece al comparar los datos del comercio exterior con los del consumo. Mientras las exportaciones avanzan a un ritmo extraordinario, los indicadores de precios siguen mostrando una demanda interna contenida. Según los datos publicados este miércoles por Reuters, la inflación al consumo se situó en septiembre en el 0,9% interanual, por debajo del 1% previsto por los analistas. La inflación subyacente, que excluye los componentes más volátiles, se mantuvo también en el 1%.

La evolución de los precios industriales presenta otra particularidad. El índice de precios de producción aumentó un 5% interanual, su mayor incremento desde junio de 2022, pero la subida estuvo impulsada fundamentalmente por el encarecimiento del petróleo y otras materias primas, no por una recuperación generalizada de la demanda china. Las empresas afrontan así mayores costes de fabricación sin que el consumo doméstico dé muestras de una fortaleza equivalente.

A esta situación se añade el problema inmobiliario, uno de los grandes motores históricos de la economía china. Durante décadas, la construcción y la compraventa de viviendas alimentaron el crecimiento, favorecieron la expansión de las ciudades y concentraron una parte importante del ahorro familiar. El agotamiento de aquel modelo ha dejado promociones sin vender, promotores endeudados y una pérdida de confianza difícil de revertir.

El Gobierno de Xi Jinping ha impulsado distintas medidas para estabilizar el sector, desde cambios en el sistema de preventa de viviendas hasta una mayor supervisión de los proyectos inmobiliarios. Sin embargo, los resultados siguen siendo limitados. En agosto, la inversión inmobiliaria acumulaba una caída interanual del 19,9%, según los indicadores económicos analizados por Reuters en septiembre. El mismo informe reflejaba que las ventas minoristas apenas habían crecido un 0,4% interanual durante aquel mes, otra muestra de la distancia entre el dinamismo de las fábricas y la situación del consumo.

El problema trasciende al ladrillo. La pérdida de valor de los activos inmobiliarios y la incertidumbre económica pueden incentivar el ahorro y frenar decisiones de gasto. De ahí que los estímulos públicos no siempre se traduzcan en una recuperación inmediata del consumo. Pekín necesita recuperar la confianza de las familias al mismo tiempo que intenta mantener la actividad de un aparato industrial preparado para producir a gran escala.

China acelera y obliga a Europa a proteger sus fábricas

El crecimiento de las exportaciones chinas ha elevado la tensión con sus socios comerciales, especialmente con la Unión Europea. Bruselas observa con preocupación cómo los productos procedentes del gigante asiático ganan presencia en industrias que considera esenciales para su autonomía económica. Los automóviles, el acero, los productos químicos y determinadas tecnologías se han convertido en terrenos de disputa, en un momento en el que Europa también afronta elevados costes energéticos y dificultades para sostener su competitividad industrial.

La dimensión del problema puede medirse en la balanza comercial. En 2025, el déficit comercial de la Unión Europea con China alcanzó los 359.800 millones de euros, según las cifras expuestas por Bruselas durante las negociaciones de este octubre. El desequilibrio ha reforzado las demandas de reciprocidad comercial y de nuevas herramientas para proteger a los fabricantes europeos frente a las subvenciones y ventajas competitivas de las que se benefician determinados productores chinos.

El automóvil concentra buena parte de la tensión. La industria europea afronta la doble dificultad de avanzar hacia la electrificación y competir con unos fabricantes chinos que han desarrollado una enorme capacidad de producción de vehículos y baterías. La respuesta comunitaria ya ha pasado por la imposición de aranceles compensatorios sobre determinados coches eléctricos importados de China, tras una investigación sobre subvenciones públicas.

La negociación comercial ha incorporado también a los vehículos híbridos. Según publicó El País el 12 de octubre, Bruselas y Pekín han alcanzado un entendimiento para limitar las importaciones anuales de híbridos e híbridos enchufables chinos a 350.000 unidades, frente a las aproximadamente 800.000 actuales. El compromiso constituye un intento de contener el desequilibrio sin desembocar en una confrontación comercial de mayor alcance.

Pero Europa tampoco puede permitirse una ruptura sencilla con China. El mercado chino es importante para numerosas compañías europeas, mientras que las cadenas industriales comunitarias dependen de componentes, materias primas y tecnologías vinculadas al país asiático. La discusión enfrenta, por tanto, dos necesidades difíciles de conciliar: proteger la capacidad productiva europea y mantener unas relaciones comerciales esenciales para buena parte de sus empresas.

En España, ese dilema afecta especialmente a la industria automovilística y a su red de proveedores. La entrada de fabricantes chinos introduce una competencia adicional en precios y tecnología, aunque también puede traducirse en inversiones y nuevas oportunidades industriales. Como recoge Reuters en su crónica del Salón del Automóvil de París, las marcas asiáticas están aumentando su implantación en Europa, al tiempo que los fabricantes tradicionales aceleran sus estrategias de electrificación y producción local. El desafío no consiste únicamente en vender coches frente a China, sino en determinar qué parte de la producción, el empleo y el valor añadido de la nueva movilidad permanecerá en Europa.

Pekín busca una salida a los límites de su propio modelo

Pese a la fortaleza de sus exportaciones, Pekín no parece tener garantizada una recuperación económica sostenida. El Fondo Monetario Internacional sitúa en el 4,5% su previsión de crecimiento chino para 2026, dentro de la horquilla del 4,5% al 5% fijada como objetivo por las autoridades del país. El organismo considera que el buen comportamiento del sector exterior no basta para compensar indefinidamente la debilidad del consumo y las dificultades inmobiliarias.

En su análisis sobre la necesidad de transformar el modelo económico chino, publicado en febrero, el FMI identifica precisamente la transición hacia un crecimiento sostenido por el consumo como una de las prioridades estructurales del país. El organismo advierte de que la dependencia de las exportaciones no constituye una estrategia sostenible a largo plazo y señala la debilidad de la protección social y la crisis inmobiliaria entre los factores que desincentivan el gasto de los hogares.

Además, la dependencia de la demanda exterior presenta riesgos propios. Si los principales mercados responden con nuevas restricciones comerciales, una parte de la capacidad exportadora podría encontrar mayores dificultades para colocar sus productos. La evolución del yuan, el coste energético y la demanda mundial son otras variables capaces de alterar el actual equilibrio.

El Gobierno chino ha aprobado nuevos estímulos, entre ellos una emisión adicional de deuda de administraciones locales por valor de 550.000 millones de yuanes, unos 82.000 millones de dólares, destinada a inversiones en infraestructuras. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue siendo cómo trasladar la fortaleza industrial al poder adquisitivo y a la confianza de los hogares.

China ha demostrado que puede seguir ampliando su presencia internacional incluso cuando su economía doméstica atraviesa dificultades. Sus exportaciones sostienen una parte fundamental del crecimiento y permiten a sus empresas disputar sectores estratégicos a las potencias occidentales. Pero ese modelo aumenta también la exposición del país a las decisiones comerciales de Washington y Bruselas. La misma maquinaria industrial que permite a Pekín conquistar mercados se ha convertido en el centro de las tensiones que amenazan con complicar su expansión.

Etiquetas China

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