La doctrina Monroe dejó de ser eco imperceptible de un lejano pasado en enero de este 2026. La invasión de Venezuela y posterior secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, reavivó sus llamas. Nació hace más de dos siglos como una advertencia a las potencias europeas. 200 años después, Donald Trump la ha resignificado en busca de un concepto más amplio y enfocado a la reivindicación de que Estados Unidos debe conservar una posición preeminente en el hemisferio occidental y evitar que otras potencias disputen esa primacía en lo que Washington considera su espacio estratégico más inmediato.

No se trata de una interpretación construida desde fuera. Antes del asalto al Palacio de Miraflores, en diciembre de 2025, se bautizó a esta resignificación como “Corolario Trump”. La Administración habla de liderazgo estadounidense, de impedir injerencias extranjeras y garantizar que el futuro del hemisferio no quede en manos de países o instituciones que Washington considere contrarias a sus intereses. Hay quien incluso ha recurrido a una expresión más personalista, con un juego de palabras entre Donald – nombre de pila del presidente – y Monroe (Doctrina Donroe). Un intento por resumir hasta qué punto el magnate ha hecho suya la tesis.

En cualquier caso, la estrategia tampoco se queda en la mera palabrería. Washington ha reforzado su presión sobre gobiernos sudamericanos – Venezuela es quizás el paradigma -, militarizado parte de su respuesta contra el narcotráfico y situado a China en el centro de una batalla estratégica por el dominio de puertos, infraestructuras y otros recursos de interés. Esta misma semana, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, aprovechando la investidura de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente de Colombia, reivindicaba una cooperación militar más estrecha frente a organizaciones armadas y narcotraficantes.

La frase “América para los americanos” sirve desde hace generaciones como resumen de la doctrina, aunque James Monroe – quinto presidente de la historia de los Estados Unidos – nunca pronunció literalmente tales palabras. Dos siglos después, la cuestión vuelve a estar precisamente en quién decide qué significa ese concepto de América.

Una doctrina que miraba a Europa

Cuando Monroe compareció ante el Congreso el 2 de diciembre de 1823, Estados Unidos todavía estaba lejos de ser siquiera la superpotencia que dominaría buena parte del siglo XX. Numerosas antiguas colonias españolas acababan de conquistar su independencia y Washington temía una posible intervención de las monarquías europeas. Así, optó por delimitar una línea roja y evitar que los países americanos fueran objeto de nuevas colonizaciones. Por lo tanto, cualquier intento de extender allí su sistema político sería considerado una amenaza para Estados Unidos.

A cambio, Washington mantendría su política de no intervenir en los conflictos internos europeos, así como rechazaría cuestionar las colonias que todavía permanecían bajo dominio de las potencias del Viejo Continente. El Office of the Historian del Departamento de Estado precisa que esa formulación original tenía un espíritu puramente defensivo, por lo que no concedía a la Casa Blanca ningún derecho general para intervenir en los asuntos de los países sudamericanos.

Eso llegaría después, de la mano de Theodore Roosevelt, que añadió sus propias enmiendas – corolario – y sostuvo que Estados Unidos podía ejercer una suerte de poder policial en determinados países cuando su inestabilidad o sus deudas abrieran la puerta a una intervención europea. Esa reinterpretación se acompasó de actuaciones en Cuba, Nicaragua, Haití y República Dominicana. En ese momento se acuñó una de las grandes contradicciones geopolíticas de Estados Unidos, que no es sino el rechazo a la intervención de potencias extranjeras mientras abría la puerta a su capacidad para hacer lo propio.

El “Corolario Trump”

La reinterpretación del magnate republicano se proclamó oficialmente el 2 de diciembre de 2025 y adapta esa lógica a amenazas que Monroe difícilmente hubiera podido concebir. La Casa Blanca lo relaciona directamente con el Canal de Panamá, la seguridad marítima, las cadenas de suministro, el comercio, la inmigración y las organizaciones que define como “narcoterroristas”. El salto secular es evidente. Mientras Monroe pensaba en barcos, ejércitos y proyectos coloniales, el republicano introduce dentro del mismo marco puertos, inversiones, recursos naturales, organizaciones criminales y la presencia económica o política de rivales estratégicos.

Con la operación de secuestro de Nicolás Maduro, el secretario de Estado, Marco Rubio, ofreció una de las formulaciones más claras del nuevo corolario: “Este es nuestro hemisferio”. Defienden, así, que Washington no permitiría que adversarios y competidores utilizasen países americanos para amenazar sus intereses. Rubio mencionó expresamente a Irán y Hezbolá, así como la explotación de recursos estratégicos por parte de rivales de la Casa Blanca.  El uso del posesivo no es baladí. EEUU presenta el hemisferio no sólo como un conjunto de estados soberanos, sino también como una esfera de seguridad sobre la que reclama una responsabilidad y un poder especiales.

La operación estadounidense que terminó en enero con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores mostró hasta dónde puede alcanzar esa concepción. Washington presentó la actuación como una operación de aplicación de la ley apoyada por las Fuerzas Armadas y trasladó al presidente venezolano a Estados Unidos para afrontar cargos judiciales. Las posteriores declaraciones de Trump sobre el futuro político del país y sus recursos petroleros ampliaron, sin embargo, la controversia más allá de una actuación policial.

La legalidad de la intervención fue cuestionada de inmediato. El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, manifestó preocupación por el precedente y por el respeto al derecho internacional. Rusia, China y Colombia denunciaron una vulneración de la soberanía venezolana, mientras Washington apeló a la legítima defensa y al carácter limitado de la operación. Juristas consultados por Reuters cuestionaron que una acusación penal contra un dirigente extranjero pudiera justificar por sí sola el empleo de fuerza militar dentro de otro Estado.

América Latina tampoco respondió como un bloque. Algunos gobiernos celebraron la caída de Maduro y otros denunciaron la actuación estadounidense. Ahí aparece uno de los límites del nuevo corolario: Washington puede reivindicar su primacía, pero los países latinoamericanos conservan sus propios intereses y su propia concepción de la soberanía.

Del anticomunismo al “narcoterrorismo”

También ha cambiado el enemigo. Durante buena parte del siglo XX, el anticomunismo sirvió como argumento de seguridad para numerosas actuaciones estadounidenses en América Latina. La posibilidad de que movimientos próximos a Moscú alcanzaran el poder estuvo detrás de intervenciones, operaciones encubiertas y apoyos a regímenes autoritarios que siguen formando parte de la memoria política de la región.

Trump ha colocado ahora en el centro otro concepto: el “narcoterrorismo”. En marzo, el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller sostuvo ante mandos latinoamericanos que los grandes carteles no podían derrotarse únicamente mediante mecanismos policiales y defendió la utilización del poder militar. Brasil, México y la Colombia gobernada entonces por la izquierda no participaron en aquella reunión.

El cambio político colombiano ha modificado ese escenario. El nuevo Gobierno ha reforzado su cooperación con Washington y Hegseth ha planteado posibles operaciones conjuntas contra el ELN y estructuras procedentes de las antiguas FARC, siempre con colaboración de Bogotá.

La terminología importa. Presentar determinadas organizaciones criminales como terroristas desplaza el problema desde policías, fiscales y jueces hacia el terreno de la defensa nacional y las Fuerzas Armadas. Los enemigos han cambiado desde la Guerra Fría, pero permanece una lógica conocida: Washington decide cuándo un problema latinoamericano pasa a representar una amenaza directa para Estados Unidos.

China, el gran rival

La otra pieza fundamental del tablero es China. Pekín se ha convertido en un socio comercial esencial para numerosos países latinoamericanos y ha ampliado sus inversiones en energía, minería, telecomunicaciones, infraestructuras y puertos. La Administración Trump contempla parte de esa presencia en términos estratégicos. El Canal de Panamá es el ejemplo más evidente.

Washington ha presionado contra la influencia china alrededor de esta infraestructura y ha puesto especialmente el foco sobre las terminales gestionadas durante años por una filial de la hongkonesa CK Hutchison. Conviene distinguir presión política y decisión jurídica. Estados Unidos no tomó esos puertos ni Panamá entregó el Canal a Washington. Fue la Corte Suprema panameña la que anuló las concesiones al considerarlas inconstitucionales. La decisión llegó, no obstante, en medio de una fuerte disputa entre Estados Unidos y China. CK Hutchison ha recurrido a un arbitraje internacional y reclama más de 2.000 millones de dólares.

El propio presidente panameño, José Raúl Mulino, ha reconocido que el país ha quedado atrapado en una pugna geopolítica entre Washington y Pekín. Ahí se aprecia quizá mejor la resignificación de Monroe: en 1823 hacían falta ambiciones coloniales y barcos europeos; en 2026, una concesión portuaria gestionada por una compañía hongkonesa también puede entrar en el radar de la seguridad hemisférica estadounidense.

La larga sombra del “patio trasero”

La expresión “patio trasero” arrastra décadas de historia en América Latina. Resume una relación desigual marcada por intervenciones militares, operaciones encubiertas, presión económica y apoyo estadounidense a gobiernos autoritarios. Distintas Administraciones intentaron alejarse públicamente de esa concepción. Trump muestra menos reparos al reivindicar una posición jerárquica en el continente.

Su Gobierno habla de “nuestro hemisferio”, reclama limitar la influencia de adversarios extranjeros y busca un mayor margen de actuación frente a amenazas situadas dentro de países latinoamericanos.

Pero esa pretensión encuentra límites. México, Brasil y otros Estados mantienen políticas exteriores propias y importantes vínculos con China. Y aquí aparece la gran contradicción del “Corolario Trump”: Estados Unidos afirma proteger la soberanía del hemisferio frente a potencias extranjeras mientras su estrategia puede chocar con la soberanía de los propios países para escoger sus socios, sus inversiones y sus alianzas.

Trump no recupera, sino que resignifica

La doctrina Monroe ha sobrevivido más de 200 años precisamente porque nunca ha significado exactamente lo mismo. Monroe quiso cerrar la puerta a una posible recolonización europea. Roosevelt convirtió aquella idea en fundamento de una política intervencionista. Durante la Guerra Fría, la lógica hemisférica quedó ligada al anticomunismo.

Trump no se limita a desempolvar esa tradición. La resignifica para un escenario dominado por la competencia con China, la presencia iraní, el narcotráfico y la voluntad de Washington de conservar su superioridad política, económica y militar en América. Por eso la cuestión no es únicamente qué queda de una doctrina escrita en 1823. Lo que reaparece es una pregunta mucho más antigua: hasta dónde considera Estados Unidos que sus intereses le conceden derechos especiales sobre América Latina. Marco Rubio lo resumió en cuatro palabras: “Este es nuestro hemisferio”. El problema está precisamente en ese posesivo.

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