Alicia Armesto es periodista, secretaria técnica del Sindicato de Periodistas de Madrid y activista. Su compromiso social la llevó a sufrir cárcel en Israel durante la Flotilla de la Libertad y, recientemente, un secuestro de treinta días en Libia por las milicias de Haftar. En esta conversación analiza la deriva de la profesión, la impunidad de Israel y las secuelas de sobrevivir al horror.
Pregunta: ¿Cuándo decidiste usar el periodismo como denuncia?
Respuesta: Desde que cogí una cámara. Creo en el periodismo estilista. Si no crees en una causa, es difícil contarla. No es ser neutral, es ser coherente y no mentir. La verdad se cuenta mejor desde el corazón, ya sea la causa palestina, la vivienda o los refugiados.
P: Se equipara erróneamente a los periodistas activistas con los agitadores de ultraderecha. ¿Dónde está el límite?
R: Es una forma de criminalizar el activismo. Una cosa es ser hooligan y otra ser activista. Cumpliendo el código ético eres periodista. Los ultras dejan de serlo cuando mienten, acosan e insultan. Fallan por violar la ética, no por activismo. Ser antifascista debería ser lo normal.
P: ¿Qué diferencia al Sindicato de Periodistas de Madrid de las asociaciones tradicionales?
R: El sindicato vive de las cuotas de sus afiliados y defiende a los freelance en la calle. Las asociaciones tradicionales exigen titulación, pero hay licenciados sin ética. Nosotros no nos lucramos. En octubre denunciaremos la persecución de la organización sionista ACOM contra quienes critican sus acciones, ya que confunden antisionismo con antisemitismo para infundir miedo.
P: ¿Es posible hacer periodismo libre bajo la actual precariedad y concentración de medios corporativos?
R: Es dificilísimo por pura resignación para poder comer. Pude ser freelance porque tenía respaldo económico, pero la mayoría no puede. Para solucionar esto hay que regular por ley los límites a la propiedad de los medios de comunicación. El Gobierno debería atreverse de una vez.
P: Hablemos de la Flotilla de la Libertad. ¿Qué significó intentar romper el cerco marítimo a Gaza?
R: Una necesidad vital. Investigábamos los asesinatos de periodistas en Gaza y me saturé de miseria. Fui porque Israel prohíbe la entrada a la prensa internacional. Íbamos preparados para lo peor, sin vocación de mártires. Nos interceptaron a cuarenta millas y el golpe de no llegar fue durísimo.
P: ¿Cómo viviste la violencia de la detención y el posterior cautiverio en Israel?
R: Activé la disociación para mantener la cordura. Al ver mi carné de periodista, los militares israelíes se ensañaron más. Me dejaron en ropa interior y me golpearon. En prisión, quince mujeres occidentales resistimos con huelga de hambre. Los carceleros eran militares dementes. Nos apuntaban con armas y perros cada noche. Nuestro verdadero escudo fue el pasaporte occidental. Si fuéramos palestinas, nos habrían pegado un tiro.
P: Después viajaste a Libia con el convoy terrestre de la organización y os interceptó la milicia de Haftar en Sirte. ¿Cómo entraste en ese limbo?
R: Nos detuvieron en una zona neutral de cinco kilómetros. Nos bajaron a punta de pistola y nos extrajeron sangre. Temimos lo peor por el tráfico de órganos, pues Haftar es un señor de la guerra famoso por eso. La logística de SUMUT fue un desastre inconexo y sin garantías. Terminamos en Bengasi, en un complejo oscuro donde un coronel nos soltó que aquello era un agujero negro de los servicios secretos sin derechos humanos.
P: Pasasteis treinta días secuestradas allí. ¿Cómo lograste resistir el terror psicológico?
R: Pasé las primeras cuarenta y ocho horas en shock dentro de un zulo de uno por uno, escuchando gritos de torturas. Hicimos huelga de hambre por desesperación y para presionar. Jugaban con nuestra psicología prometiendo liberarnos en horas. El cónsul español se dejó la piel y tardó diez días en encontrarnos porque estábamos totalmente desaparecidas. Fue un secuestro político real.
P: Ha pasado menos de un mes de tu liberación. ¿Qué secuelas psicológicas te acompañan hoy?
R: El miedo sigue ahí. No soporto el zumbido de los mosquitos y duermo con catorce enchufes porque me desata ataques de ansiedad. Me pasa igual con el olor a incienso. Sé que he bloqueado muchos recuerdos. La semana que viene paso el Protocolo de Estambul de la ONU para documentar las torturas y revivir todo va a ser durísimo. El coste personal ha sido inmenso por mis hijos, que pasaron diez días creyendo que estaba muerta.
P: Con esta dura experiencia, ¿mantienes la esperanza en una solución internacional para...
R: He perdido la fe en Europa y en la ONU mientras la ultraderecha avanza. Libia está controlada indirectamente por Israel, todo es el mismo tablero. Mi única esperanza real sigue estando en la calle. El problema es que la izquierda se adormece cuando gobierna. Le permitimos demasiados errores a los gobiernos progresistas por discursos amables. Gobierne quien gobierne, la calle jamás se debe abandonar.
P: En Madrid se percibe una reactivación social latente debido a la vivienda. ¿Ves posible un nuevo 15-M?
R: Ojalá. La vivienda está ahogando a los jóvenes. La generación Z se ha criado en la diversidad y no tolerará que la ultraderecha les arrebate sus libertades esenciales. Pero para vencer, la izquierda debe dejar de fragmentarse. Perdemos el tiempo discutiendo quién es más de izquierdas mientras regalamos el poder a la derecha. Debemos respetarnos, unirnos de verdad y remar juntos para vencer a esta gentuza.
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