1. ¿Una mujer en mi cama?

La actuación esta semana de Mariano Rajoy en su comparecencia como testigo en el juicio del caso Kitchen recuerda aquella escena de una comedia del Hollywood de los sesenta en que una mujer sorprende al marido en la cama con su amante y el adúltero, lejos de inmutarse, interroga con gesto inocente a su esposa, al borde ésta de sufrir un ataque de histeria mientras la amante empieza a vestirse tranquilamente: “¿Una mujer en mi cama? Querida, necesitas descansar. Yo no veo a ninguna mujer, deben ser alucinaciones tuyas. Aquí no hay nadie más conmigo, y menos otra mujer. Vamos, vamos, amor, cálmate, por favor, cálmate”. ¿Una operación política para espiar a Luis Bárcenas y su familia? ¿Una operación montada desde el Gobierno de España para robarles las pruebas que demostraban la financiación ilegal del PP y los pagos en B a sus dirigentes, entre ellos el propio Rajoy, que cobró 378.940,81 euros entre 1997 y 2010? “Estoy convencido de que esa operación policial se adecuó a la legalidad”. Lástima que ni acusadores ni jueces le preguntaran en ese momento al testigo si no le inquietaba la posibilidad de que mucha gente, al escuchar esa respuesta, pensara que la estaba tomando por imbécil.

2. Verdades arriesgadas

Ni siquiera los correligionarios, observadores y periodistas que simpatizan con la derecha se atreven a sugerir y mucho menos a afirmar que Rajoy dijo la verdad ante el tribunal que juzga a su amigo el exministro del Interior Jorge Fernández Díaz. Todo el mundo da por hecho que Rajoy mintió. Decir la verdad era demasiado arriesgado. Y todo el mundo también está bastante convencido de que Rajoy no podía no mentir, aunque algunos, eso sí, esperaban que lo hiciera con menos descaro, con más sofisticación, que su desmemoria y sus mentiras estuvieran algo más trabajadas. ¿Cómo no había de mentir quien acudía ese juicio como testigo y no como procesado precisamente gracias a las mentiras exculpatorias del ex ministro del Interior que se sienta en el banquillo? Es indudable que en el caso Kitchen Mariano Rajoy está en manos de Jorge Fernández Díaz, del mismo modo que en su día en el caso GAL Felipe González estaba en manos de José Barrionuevo. La línea de puntos que une la conducta de ambos expresidentes es, probablemente, el convencimiento íntimo de que hicieron lo que hicieron por el bien de España, no por el de ellos mismos y sus partidos. 

3. Un tribunal amañado

Dado que, por definición, el tribunal de la conciencia suele ser un tribunal amañado, seguro que hace mucho tiempo que el de Mariano Rajoy dictó el sobreseimiento definitivo de este caso, y no tanto por falta de pruebas como por una abrumadora acumulación de atenuantes que cabría unificar bajo el epígrafe de ‘razón de Estado’, comodín jurídico-político que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Habla el tribunal interior de Rajoy: “Era el año 2013, lo recordáis, ¿verdad, amigos? España estaba sumida en una crisis de deuda de proporciones gigantescas, provocada como todo el mundo sabe por mi antecesor, el señor Zapatero. El Estado estaba al borde la quiebra. Un presidente responsable y con sentido de Estado no podía permitir que el tesorero del primer partido de España arrojara a todo un Gobierno al abismo solo porque esa era la manera de salvarse a sí mismo y a su mujer. ¿Había que sustraerle unas pruebas que ponían en riesgo al Estado? ¡Pues claro! ¿Qué presidente del Gobierno responsable no lo habría hecho? No se trataba ya del partido, ni de su presidente, ni siquiera del Gobierno, ¡se trataba de España! ¿Qué habría sido de España si su presidente, elegido apenas un año antes con mayoría absoluta, hubiera sido procesado por consentir la financiación extracontable de su partido y haber cobrado él mismo algún dinerillo en B? La intervención de las autoridades financieras europeas habría sido fulminante, implacable, demoledora, y el nombre de España se habría visto arrastrado por el fango. ¿La financiación irregular del partido estuvo mal? ¿Los pagos en B estuvieron mal? Lo admito, puedo admitir que no estuvieron bien, ¡pero es que es lo que hacía todo el mundo, amigos míos! ¡Todo el mundo! Esas eran las reglas no escritas y, desde luego, no las había inventado yo”.  

4. Deberíamos, deberíamos

¿Debería la justicia abrir una causa por perjurio contra Rajoy, dado que al comparecer como testigo estaba obligado a decir la verdad y es obvio que no lo hizo? Parece que la justicia responderá a esta pregunta lo que respondía el cura de El hombre tranquilo a su joven ayudante cuando este le preguntaba si no deberían parar la multitudinaria pelea que ambos estaban contemplando: “Cierto, hijo mío, deberíamos, deberíamos”. ¿Debería la justicia condenar al ministro del Interior y a los altos cargos políticos y policiales procesados, dado el gran volumen de pruebas e indicios que hay contra ellos? Debería, hijo mío, debería. ¿Y lo hará? Quién sabe, quién sabe: los jueces en general, pero sobre todo ciertos jueces españoles, también son humanos y están, como el resto de los mortales, sometidos al tribunal de su conciencia…