Hace menos de dos años, el polideportivo Magariños de Madrid simbolizaba la promesa de una izquierda reunificada en torno a Yolanda Díaz. Hoy, aquel proyecto que aspiraba a recomponer el espacio político a la izquierda del PSOE muestra grietas profundas: al menos trece de los partidos que confluyeron en Sumar para las elecciones generales de 2023 han dejado de caminar bajo ese paraguas común, mientras nuevas iniciativas intentan ocupar el vacío estratégico. La imagen de unidad que entonces pretendía inaugurar un nuevo ciclo político ha dado paso a un escenario marcado por la dispersión organizativa, la competencia interna y la búsqueda de fórmulas alternativas capaces de reconstruir una mayoría progresista estable.
En las elecciones del 23 de julio de 2023, Sumar logró articular una candidatura amplia que integraba a fuerzas estatales, territoriales y municipalistas. Podemos, Izquierda Unida, Catalunya en Comú, Más Madrid, Más País, Compromís, Chunta Aragonesista, Més per Mallorca, Més per Menorca, Verdes Equo, Alianza Verde, Batzarre, Drago Canarias, Izquierda Asturiana e Iniciativa del Pueblo Andaluz conformaron el núcleo visible de aquella coalición. A ese bloque se añadieron apoyos locales como Sí se Puede o Ganemos Jerez, elevando la suma total de organizaciones cercanas a la veintena según distintos registros electorales. El objetivo compartido era evitar la fragmentación del voto progresista y preservar una representación parlamentaria decisiva para la gobernabilidad.
Sin embargo, la cohesión interna nunca terminó de consolidarse. Las tensiones por la elaboración de listas, los desacuerdos estratégicos y la pugna por el liderazgo dejaron heridas abiertas desde el inicio. El episodio más visible fue el conflicto en torno a la presencia de determinadas figuras en las candidaturas, que evidenció la fragilidad de los equilibrios internos. Con el paso de los meses, esas discrepancias se tradujeron en distanciamientos políticos, agendas territoriales cada vez más autónomas y una pérdida progresiva de coordinación entre las distintas formaciones.
El resultado es un mapa más fragmentado que el que Sumar pretendía superar. Algunas organizaciones han optado por reforzar su perfil propio en el ámbito autonómico o municipal; otras exploran alianzas alternativas o mantienen una relación meramente parlamentaria con la plataforma. La pérdida de al menos trece partidos en términos de alineamiento político efectivo no solo reduce el perímetro orgánico del proyecto, sino que debilita su capacidad de interlocución social y territorial, uno de los pilares sobre los que Yolanda Díaz quiso construir su propuesta.
El desafío de recomponer mayorías
Este proceso coincide, además, con un contexto político exigente para la izquierda española. El avance del bloque conservador en distintos territorios, la polarización del debate público y la fatiga electoral tras varios ciclos intensos han reconfigurado las prioridades estratégicas. En ese escenario, la fragmentación interna se percibe como un riesgo añadido que puede comprometer la competitividad futura del espacio progresista a la izquierda del PSOE.
Mientras Sumar atraviesa esta fase de redefinición, comienzan a emerger movimientos que buscan repensar la arquitectura de la izquierda. Entre ellos destaca la iniciativa impulsada por Gabriel Rufián y Emilio Delgado, que pretende abrir un debate político más amplio sobre el futuro del bloque progresista. Lejos de plantearse únicamente como una nueva coalición electoral, la propuesta aspira a explorar fórmulas de cooperación más estables, con mayor arraigo territorial y menos dependientes de liderazgos concretos.
El planteamiento parte de un diagnóstico compartido por distintos sectores: la izquierda alternativa necesita revisar su organización, su discurso y su conexión con el electorado si quiere mantener relevancia institucional en los próximos años. La fragmentación, sostienen algunos dirigentes, dificulta la construcción de mayorías y debilita la capacidad de influir en la agenda política. De ahí la voluntad de promover espacios de encuentro, reflexión estratégica y eventual articulación conjunta que superen las dinámicas de competencia interna.
No obstante, estas iniciativas también generan interrogantes. Parte de las fuerzas que integraron Sumar observan con cautela cualquier intento de reconfiguración que pueda alterar los equilibrios existentes. Otras consideran imprescindible abrir una nueva etapa que permita recomponer la unidad desde bases distintas. La coexistencia de ambos enfoques refleja la encrucijada en la que se encuentra el espacio político: entre la continuidad del proyecto actual y la búsqueda de una fórmula superadora.
Para Yolanda Díaz, el desafío es especialmente delicado. Su liderazgo institucional sigue siendo relevante dentro del Gobierno de coalición, pero la reducción del entramado partidario que sustentaba Sumar obliga a redefinir la estrategia. Recomponer alianzas, profundizar en la lógica orgánica de la plataforma o integrarse en un proceso más amplio de reorganización de la izquierda son escenarios abiertos cuyo desenlace dependerá de los movimientos de los próximos meses.
Más allá de los nombres propios, lo que está en juego es la forma de representación de una parte significativa del electorado progresista. El ciclo político iniciado tras el 15M, que transformó el sistema de partidos español y abrió la puerta a nuevas fuerzas, entra ahora en una fase de madurez marcada por la necesidad de estabilidad, cooperación y proyecto compartido. La evolución de Sumar desde el Magariños hasta la actualidad resume esa transición: de la expectativa de reunificación a la incertidumbre sobre el futuro.