La crisis interna de Vox ha encontrado un nuevo frente en Oriente Medio. José Ángel Antelo, expresidente del partido en Murcia y uno de los cargos territoriales que más poder acumuló en la etapa de expansión autonómica de la formación, ha acusado este fin de semana a la dirección de Santiago Abascal de estar supeditada a los intereses de Israel. Lo ha hecho durante una entrevista en un podcast emitido en un canal de YouTube, en la que ha cargado contra el rumbo del partido tras su salida y ha cuestionado que Vox siga defendiendo realmente los “intereses nacionales” que dice abanderar.
La frase más polémica llegó cuando Antelo aseguró que “un partido debe estar basado en los intereses nacionales” y no “en los intereses de Israel”. “Todos sabemos que la banca judía tiene mucha fuerza”, añadió.
Las palabras de Antelo vuelven a abrir una grieta que Vox arrastra desde hace tiempo: la contradicción entre su retórica patriótica y su dependencia simbólica de agendas exteriores. El partido de Abascal se presenta como la voz de la soberanía nacional, denuncia cualquier injerencia extranjera cuando afecta al Gobierno de Pedro Sánchez y reivindica la defensa de España como eje absoluto de su acción política. Sin embargo, su política internacional ha quedado cada vez más alineada con los intereses de Israel y Estados Unidos, especialmente desde el regreso de Donald Trump al poder y la intensificación de la ofensiva israelí en Oriente Medio.
El patriotismo de Vox tropieza con Israel
Antelo no es el primer exdirigente o antiguo cargo de Vox que señala esa contradicción. En los últimos meses, distintas voces salidas del partido han cuestionado el seguidismo de Abascal hacia Netanyahu y Trump, incluso cuando las posiciones de ambos chocaban con intereses españoles o con el discurso tradicional de defensa de la soberanía nacional. La crítica se ha repetido con distintos matices: Vox habla de patria, pero evita incomodar a Israel; Vox denuncia imposiciones externas, pero se alinea con Washington; Vox reivindica independencia, pero actúa como sucursal ideológica de la nueva derecha internacional.
Uno de los episodios que más incomodidad generó en ese entorno fue el silencio de Abascal ante los ataques de Netanyahu a España. Mientras el primer ministro israelí cargaba contra el Gobierno español por su posición respecto a Palestina, dirigentes y exdirigentes vinculados al espacio de Vox reclamaron una respuesta más contundente. La queja de fondo era clara: si el líder de Vox se presenta como defensor de España, ¿por qué no responde con la misma dureza cuando quien ataca al país es Israel?
Esa tensión se ha visto también en la relación con Estados Unidos. Vox ha convertido a Trump en una referencia política y cultural, y ha asumido buena parte de su marco internacional: apoyo cerrado a Israel, hostilidad absoluta hacia Irán, desprecio hacia los organismos multilaterales y una lectura de la política exterior como choque civilizatorio. En ese terreno, el partido ha terminado atrapado entre dos discursos difíciles de conciliar: el nacionalismo español que exhibe en sus mítines y la subordinación ideológica a un eje exterior marcado por Washington y Tel Aviv.
La conexión iraní que vuelve a perseguir a Abascal
La acusación de Antelo llega, además, con una paradoja especialmente incómoda para Vox: el partido que hoy exhibe su alineamiento con Israel y Estados Unidos nació políticamente acompañado por dinero procedente de opositores iraníes. Según publicó 'El País', Vox recibió en 2014 donaciones de simpatizantes del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán para financiar su campaña a las elecciones europeas de aquel año, en las que Alejo Vidal-Quadras fue cabeza de lista. El propio partido admitió entonces la recepción de esos fondos, aunque defendió que se trató de donaciones legales y transparentes.
Aquella financiación no fue un detalle menor. Las informaciones publicadas cifraron en torno al 80% el peso de esas aportaciones en la campaña europea de Vox de 2014, con 146 donaciones procedentes de opositores iraníes repartidos por distintos países. El País publicó también que Vox se fundó con cerca de un millón de euros del exilio iraní, dinero que acabó en una caja común del partido y sirvió para sufragar gastos de sus primeros pasos, incluidos salarios, fianzas y alquileres.
La paradoja es evidente. Vox ha construido durante años un discurso basado en la defensa cerrada de la soberanía nacional, la denuncia de las supuestas injerencias extranjeras y la acusación permanente contra sus adversarios de servir a intereses ajenos a España. Sin embargo, su propio nacimiento político quedó vinculado a una financiación exterior procedente de un actor extranjero con una agenda muy definida: combatir al régimen iraní y buscar apoyos en Europa y Estados Unidos.
Ese pasado resulta aún más incómodo en el presente. La política internacional de Vox se ha ido alineando cada vez más con el bloque formado por Israel, Estados Unidos y los sectores más duros del antiranismo occidental. La formación de Abascal defiende a Netanyahu con una intensidad que no aplica a otros aliados internacionales y ha asumido buena parte del marco geopolítico de la derecha trumpista: Israel como frontera civilizatoria, Irán como enemigo central y Washington como referencia política.
La conexión iraní actúa así como un espejo incómodo. Vox denuncia el dinero extranjero cuando puede utilizarlo contra la izquierda, pero sus propios orígenes estuvieron financiados por opositores iraníes. Vox presume de independencia nacional, pero su agenda exterior se mueve dentro de coordenadas marcadas por Tel Aviv y Washington. Vox acusa a sus rivales de someter España a intereses ajenos, pero antiguos cargos del partido ya le reprochan a Abascal que haga exactamente eso con Israel y Estados Unidos.
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