El Gobierno de Donald Trump ha encontrado en Pedro Sánchez el enemigo occidental al que combatir; sin embargo, las empresas estadounidenses consideran España uno de los mejores enclaves para invertir y desde donde expandirse a Europa. Las amenazas y ataques del inquilino de la Casa Blanca no han frenado el desembarco de capital procedente del otro lado del océano, ni siquiera en materia armamentística, tema central en la pugna entre ambas administraciones, que discrepan sobre la cantidad de presupuesto que debe destinarse a la defensa conjunta.

Europa considera cada vez más necesario contar con una protección propia, no dependiente de otras grandes potencias, y las multinacionales se frotan las manos. Las estadounidenses son, sin duda, las más potentes del panorama y no quieren dejar pasar el tren del rearme del viejo continente, infradotado para las guerras que copan el mundo. Si bien estas compañías hacen malabarismos para no enfadar al presidente Trump, quien gusta de que los europeos dependan de su fuerza, pues pasarse de frenada podría suponerles consecuencias negativas en su propio territorio.

Lockheed Martin y RTX, dos de los gigantes norteamericanos, están explorando diferentes vías, aunque la favorita es la constitución de alianzas con industrias locales. La intención, básicamente, es establecer relaciones comerciales con empresas europeas para que, a modo de subcontrata, fabriquen sus productos, entre los que se encuentran los de sobra conocido misiles Patriot. España parece ser el país elegido, dado que ambas compañías ya firmaron en 2025 sendos convenios de colaboración con el Ejecutivo, en el marco de la Feria Internacional de Defensa y Seguridad (FEINDEF) que se celebra en Madrid.

Lo que está en juego son miles de millones de euros y todas las partes en que las inversiones salgan adelante. El caso de los misiles antiaéreos, que ambas compañías fabrican conjuntamente, es el más importante y el propio CEO de RTX ya habla de “coproducción en el continente”. La demanda de estos sistemas crece porque los países quieren blindarse ante posibles ataques extranjeros, principalmente provenientes de Rusia. Esta tesitura acerca más la relación entre las compañías estadounidenses y España, donde Oesia y Sener ya fabrican diferentes componentes de misiles.

La OTAN, zona de conflicto y punto de unión

La cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, desde donde Trump aprovechó para atacar a socios de la Alianza, con especial dureza contra España, ha servido, no obstante, para acelerar una tendencia que ya venía tomando forma: la localización de la producción de armamento estadounidense en Europa. La necesidad de ampliar la capacidad industrial del bloque está cristalizando en acuerdos que hace apenas unos años parecían improbables.

Uno de los más relevantes es la alianza entre Lockheed Martin y Alemania para fabricar por primera vez misiles ATACMS en suelo europeo. En paralelo, también se ha autorizado la producción bajo licencia de misiles Patriot destinados a reforzar el suministro a Ucrania. RTX se ha convertido en otro de los grandes impulsores de esta estrategia. A las colaboraciones que mantiene en España se suma su alianza con la noruega Kongsberg para el desarrollo del sistema de defensa aérea NASAMS, una cooperación que refuerza el peso de la industria europea dentro de la cadena de suministro estadounidense.

Más allá de los contratos

La lógica de estos acuerdos va mucho más allá del reparto de contratos. La guerra de Ucrania, unida al elevado consumo de interceptores provocado por la escalada de tensión en Oriente Próximo provocada por el genocidio desplegado por Israel en Palestina y el ataque ilegal lanzado por Estados Unidos contra Irán, que no ha titubeado a la hora de responder, ha puesto bajo presión las reservas de misiles de la Casa Blanca.

El Pentágono se enfrenta ahora al reto de reponer unos arsenales que se han reducido con rapidez, mientras los grandes fabricantes operan prácticamente a plena capacidad después de décadas en las que la demanda de este tipo de sistemas era sensiblemente inferior. Ese cuello de botella ha convertido a la industria europea en un socio cada vez más necesario para aumentar el ritmo de producción.

Sin embargo, el viejo continente también debe resolver sus propios límites industriales. La ampliación de capacidad exige nuevas instalaciones y plantas adaptadas a la fabricación de sistemas complejos, un proceso que está encontrando obstáculos tanto administrativos como empresariales. El caso de Indra ilustra esas dificultades: su proyecto para levantar una fábrica en el norte de España ha desencadenado una intensa pugna en Asturias con Duro Felguera, reflejo de que la carrera por atraer inversión en defensa también se libra dentro de las fronteras europeas.

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