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Las horas invisibles de Urda: cómo se sostiene la mente humana tras la tragedia

Ni todos reaccionan igual ni existe una fórmula para consolar. Tres psicólogas explican qué necesitan las víctimas de una tragedia como la de Urda

Efectivos trabajan en los vagones descarrilados en la zona del accidente ferroviario en Urda. EP.
Efectivos trabajan en los vagones descarrilados en la zona del accidente ferroviario en Urda. EP.

Salir con vida de una tragedia no siempre significa haber escapado de ella. Hay heridas que no aparecen en los partes médicos, preguntas que permanecen sin respuesta y ausencias que transforman para siempre la vida de quienes se quedan. El accidente ferroviario de Urda ha dejado un dolor que se extiende mucho más allá del lugar del siniestro. Está en los hospitales, en las familias que esperan noticias y en quienes intentan comprender lo que acaban de vivir. Mientras los servicios de emergencia trabajan para salvar vidas, otros profesionales afrontan una misión menos visible, pero igualmente necesaria: ayudar a las víctimas y a sus seres queridos a atravesar un sufrimiento que nadie puede borrar.

El accidente ferroviario del pasado miércoles 28 de octubre en Urda (Toledo) ha dejado fallecidos, heridos y familias marcadas por sus consecuencias. Poco sentido tiene convertir ahora el dolor en una operación aritmética. Detrás de cada víctima hay una vida que no cabe en los balances provisionales y preguntas para las que todavía no existen respuestas. La angustia de quien aguarda noticias de un familiar, el desconcierto de los supervivientes o la dificultad de asumir una pérdida forman parte de una emergencia cuyas consecuencias no terminan con las labores de rescate.

Porque una catástrofe es un acontecimiento colectivo, pero sus consecuencias emocionales son profundamente individuales. Para comprenderlas, Sandra García, especialista en psicología clínica; Sara Rama, psicóloga general sanitaria; y Elena Picazo, psicóloga sanitaria, explican cómo se organiza la atención psicológica ante una emergencia, qué sucede en la mente humana durante las primeras horas y por qué el acompañamiento puede resultar decisivo cuando todo lo demás parece haberse derrumbado.

La primera ayuda es saber qué está pasando

En una emergencia de estas características, cada minuto importa. Primero hay que localizar a las víctimas, liberar a las personas atrapadas y atender a los heridos. Después, determinar quién necesita asistencia médica inmediata y organizar una respuesta capaz de abarcar todas las dimensiones de la tragedia. Bomberos, sanitarios, fuerzas de seguridad, autoridades judiciales, trabajadores sociales y psicólogos forman parte de un dispositivo en el que salvar vidas constituye la prioridad absoluta.

Elena Picazo explica que existe un orden de actuación fundamental para evitar que el caos se apodere también de la asistencia. Primero intervienen los equipos de rescate; después, los sanitarios realizan el triaje médico para clasificar a los afectados según la gravedad de sus lesiones. La intervención psicológica estructurada se incorpora a esa respuesta coordinada una vez atendidas las prioridades inmediatas.

"No consiste en quitarles el sufrimiento y el dolor sino en transmitirles que no están solos para atravesarlo. Hay que respetar los tiempos de cada persona..."

Pero ¿cómo se ayuda a alguien cuando todo lo que le rodea parece haber dejado de tener sentido? Picazo señala que la primera tarea consiste en reducir la incertidumbre, proporcionar un entorno de calma y devolver a las personas una mínima sensación de seguridad y control. No se trata de comenzar una psicoterapia en mitad del desastre, sino de atender necesidades inmediatas y evitar que la propia respuesta a la emergencia incremente el sufrimiento.

A veces eso significa trasladar a una persona a un espacio tranquilo, facilitar el contacto con un familiar o explicarle qué está ocurriendo sin recurrir a informaciones que no hayan podido confirmarse. Son gestos aparentemente sencillos que pueden adquirir una importancia enorme cuando alguien acaba de perder las certezas más elementales.

"Dada la imprevisibilidad de la situación, es importante informar de lo que está sucediendo, con datos claros y concretos, que permitan recuperar cierta sensación de control y manejar la incertidumbre", explica Sandra García. La especialista insiste en que lo primero es cubrir las necesidades básicas, garantizar un entorno seguro y ofrecer acompañamiento sin resultar invasivos.

Sara Rama coincide en que "la información también puede ser una forma de cuidado". Incluso cuando todavía no hay novedades, comunicarlo de manera honesta puede resultar más útil que alimentar expectativas imposibles de garantizar. La psicóloga advierte de que "acompañar significa estar disponibles, estar atentos a las necesidades individuales de cada persona y no imponer nuestra forma de entender o afrontar lo que está sucediendo".

Rama distingue dos tipos de consecuencias que ayudan a comprender la importancia de esta intervención. Las primarias son las que provoca directamente el accidente: las lesiones, la muerte de un ser querido o el impacto de haber vivido una situación extrema. Las secundarias son los daños añadidos que pueden aparecer o agravarse por una gestión inadecuada de la emergencia, la desinformación, la sensación de abandono o la falta de apoyo.

El primer daño ya se ha producido; el segundo, en ocasiones, puede prevenirse. Ahí reside buena parte de la responsabilidad de quienes acompañan a las víctimas. "El objetivo nunca será evitar o reducir el dolor, sino acompañar a la persona para que no lo viva solo", explica Rama. No existe una manera de deshacer lo sucedido, pero sí de evitar que la soledad o la incertidumbre añadan sufrimiento a una experiencia devastadora.

"Acompañar significa estar disponibles, estar atentos a las necesidades individuales de cada persona y no imponer nuestra forma de entender o afrontar lo que está sucediendo"

Las muchas formas de reaccionar ante el horror

Hay personas que lloran, gritan o caminan de un lado a otro sin encontrar reposo. Otras permanecen inmóviles, con la mirada perdida y una aparente serenidad que puede confundirse con tranquilidad. Algunas necesitan preguntar lo mismo una y otra vez. Otras apenas consiguen pronunciar una palabra. El miedo no tiene una única forma de manifestarse.

"Las reacciones ante una tragedia pueden ser muy diversas y no hay una forma correcta de reaccionar", explica Sandra García. Durante las primeras horas pueden aparecer temblores, llanto, gritos o un bloqueo que impide expresar las emociones. También es frecuente la sensación de irrealidad, como si lo sucedido perteneciera a una escena ajena.

Sara Rama describe un fenómeno conocido como "visión de túnel", en el que toda la atención queda concentrada en una única cuestión: una llamada, una noticia o la necesidad de saber dónde está alguien. La persona puede tener dificultades para recordar información reciente, comprender las explicaciones que recibe o tomar decisiones sencillas.

"No hay una única manera correcta de responder a un evento traumático"

Elena Picazo explica que el impacto puede manifestarse simultáneamente en el cuerpo, las emociones y los pensamientos. El corazón se acelera, la respiración se vuelve incontrolable y pueden aparecer náuseas, sudoración o una fatiga extrema. Pero las alteraciones físicas son solo una parte de lo que sucede.

En el plano emocional, algunas personas experimentan despersonalización o desrealización, esa sensación de estar viviendo una película de la que no consiguen despertar. Otras sienten un miedo intenso a que la tragedia vuelva a repetirse. En determinados supervivientes aparece incluso la culpa por haber continuado con vida cuando otros no lo han conseguido.

También se altera la capacidad de pensar con claridad. Picazo describe dificultades de concentración, pensamientos que regresan una y otra vez al accidente y discursos que pueden resultar desordenados o incoherentes. La mente intenta encontrar una explicación a lo sucedido, pero no siempre dispone de los recursos necesarios para procesarlo en esos primeros momentos.

Sobrevivir a una catástrofe no significa salir indemne de ella. El cuerpo puede encontrarse a salvo mientras la mente todavía intenta comprender qué ha ocurrido.

No todas estas reacciones requieren la misma intervención. Picazo distingue distintos niveles de urgencia, desde situaciones graves que exigen atención inmediata, como el riesgo suicida o la desorganización conductual severa, hasta respuestas emocionales intensas que pueden abordarse mediante acompañamiento y seguimiento.

No se trata de establecer quién sufre más. El dolor no puede medirse por la intensidad del llanto ni por la aparente tranquilidad de una persona. El objetivo consiste en reconocer señales de alarma y adaptar la respuesta a las necesidades de cada afectado.

En esa valoración también entran los propios equipos de emergencia. Policías, bomberos y sanitarios pueden necesitar contención psicológica después de enfrentarse a escenas especialmente duras. Estar preparado profesionalmente para intervenir en una catástrofe no significa permanecer ajeno a su impacto emocional.

El difícil arte de no decir nada

¿Qué se le dice a una madre que acaba de perder a un hijo? ¿Cómo se acompaña a alguien que todavía espera una noticia? ¿Qué palabras pueden pronunciarse cuando cualquier frase parece insuficiente? Ante una pérdida devastadora, incluso las expresiones de consuelo más habituales pueden quedarse vacías de significado. El impulso de encontrar algo que decir choca con una realidad difícil de aceptar: hay sufrimientos que ninguna explicación puede aliviar y momentos en los que intentar llenar el silencio puede resultar más doloroso que respetarlo. Porque acompañar a alguien en una situación así no siempre consiste en hablar, sino en saber escuchar, respetar sus tiempos y permanecer a su lado sin exigir respuestas.

La respuesta de las tres psicólogas coincide en lo esencial: no hay que convertir el consuelo en una obligación de encontrar la frase perfecta.

"No hay por qué intentar encontrar las palabras perfectas. Probablemente no las haya... El trabajo que hay que hacer aquí, sobre todo, es el de sostener esas emociones desagradables"

Elena Picazo recuerda que no existen palabras capaces de aliviar por sí solas una pérdida devastadora. La tarea de quienes acompañan, explica, consiste fundamentalmente en sostener las emociones desagradables de la persona, permitir que exprese su sufrimiento y ofrecer una presencia cercana que no imponga exigencias ni plazos. Esa forma de acompañar también exige saber cuándo hablar y, sobre todo, cómo hacerlo. La psicóloga sanitaria pone el acento en uno de los momentos más delicados de cualquier catástrofe: la comunicación de una muerte a los familiares.

Los profesionales deben utilizar un lenguaje claro, directo y honesto. Picazo recomienda evitar expresiones como "se ha ido" o "está en el cielo" y emplear palabras inequívocas como "ha fallecido" o "ha muerto". Aunque los eufemismos puedan parecer más delicados, también pueden generar confusión en un momento de enorme vulnerabilidad.

La recomendación se extiende a los niños. Proteger a un menor no significa ocultarle lo sucedido, sino explicárselo de manera comprensible, adaptando las palabras a su edad sin recurrir a imágenes ambiguas sobre la muerte.

Picazo insiste, además, en la necesidad de proteger la intimidad de las familias y encontrar un espacio tranquilo para comunicar las malas noticias. En esas circunstancias, la sensibilidad no consiste en suavizar la verdad hasta volverla irreconocible, sino en transmitirla con respeto y acompañar a quienes tienen que recibirla.

El modelo de primeros auxilios psicológicos recogido por la Organización Mundial de la Salud se articula en torno a tres principios: Observar, Escuchar y Conectar. Observar significa comprobar que la persona está segura y reconocer sus necesidades. Escuchar implica acercarse sin imponer una conversación ni exigir respuestas. Conectar supone facilitar el contacto con familiares, redes de apoyo y recursos asistenciales.

"Nuestras palabras no van a ir dirigidas a eliminar el dolor o el sufrimiento de la persona afectada", explica Sandra García. La psicóloga recuerda que "muchas veces es esta presencia lo único que necesitan" y advierte de que "no hay que presionar para que hablen o llenar los silencios".

Sara Rama introduce una reflexión sobre nuestra propia dificultad para convivir con el sufrimiento ajeno. Ante alguien que acaba de perder a un ser querido, buscamos explicaciones, intentamos tranquilizarlo o recurrimos a frases hechas. A veces lo hacemos para aliviar su dolor; otras, también para escapar de la incomodidad que sentimos al presenciarlo. "A veces debemos aceptar que hay situaciones para las que no hay palabras suficientes y tampoco tenemos por qué encontrarlas", reflexiona.

Sandra García advierte contra las comparaciones, la minimización del sufrimiento y las frases tranquilizadoras que pueden resultar invalidantes. "No consiste en quitarles el sufrimiento y el dolor sino en transmitirles que no están solos para atravesarlo", sostiene. Cada persona necesita sus propios tiempos y no tiene por qué relatar inmediatamente lo que ha vivido.

"Cuando no sepas qué hacer para ayudar, pregunta. Un '¿cómo puedo ayudarte?' a veces es suficiente..."

A veces ayudar consiste en sentarse al lado de alguien sin interrumpir su silencio. Otras, preparar una comida, acompañarle a realizar una llamada o resolver una gestión que en ese momento parece imposible.

Rama propone una fórmula que no pretende ser una solución universal, pero que devuelve a la persona afectada la posibilidad de expresar sus necesidades: "cuando no sepas qué hacer para ayudar, pregunta". Un sencillo "¿cómo puedo ayudarte?" puede resultar suficiente. Y si no hay respuesta, tampoco es necesario exigirla. Lo importante es que esa persona sepa que podrá contar con alguien cuando necesite pedir ayuda.

La tragedia continúa cuando se apagan las cámaras

Durante los primeros días, la urgencia impone sus propias obligaciones. Hay que encontrar a los familiares, recibir información, atender a los heridos, afrontar trámites y tomar decisiones. La actividad ocupa buena parte del tiempo y, en ocasiones, deja poco espacio para comprender lo que acaba de suceder.

Pero llega un momento en que las llamadas disminuyen, los procedimientos avanzan y el entorno intenta recuperar cierta normalidad. La emergencia termina para las instituciones mucho antes de que termine para quienes la han vivido.

"Cuando termina la emergencia visible, desde luego no termina la emergencia emocional", advierte Sara Rama. Según explica, cuando cesan las tareas urgentes muchas personas comienzan a tomar conciencia de lo ocurrido. Pueden aparecer dificultades para dormir, pesadillas, irritabilidad, recuerdos intrusivos, miedo o una necesidad constante de comprobar que sus familiares están bien.

"Cuando termina la emergencia visible, desde luego no termina la emergencia emocional"

Sandra García añade que también pueden surgir inseguridad, conductas de evitación o un duelo especialmente complejo por las circunstancias traumáticas de la pérdida. Son procesos que pueden prolongarse durante semanas, meses o más tiempo.

Elena Picazo recuerda que las consecuencias de una catástrofe pueden extenderse mucho más allá de la emergencia inmediata. Algunas personas desarrollan un trastorno de estrés postraumático (TEPT), con manifestaciones como pesadillas, recuerdos intrusivos, hipervigilancia o miedo a enfrentarse a situaciones que recuerdan al accidente. En determinadas circunstancias, el impacto también puede alcanzar a familiares que no estuvieron físicamente en el lugar del siniestro.

La psicóloga sanitaria distingue entre la intervención de urgencia, centrada en los primeros auxilios psicológicos y la contención emocional, y la atención clínica posterior. No todas las víctimas necesitarán psicoterapia, pero quienes desarrollen síntomas persistentes que interfieran en su vida cotidiana deben contar con acceso a ayuda especializada.

Picazo introduce aquí una idea esencial para comprender el futuro de quienes han vivido una experiencia traumática: la capacidad humana para recuperarse. El ser humano posee, explica, una importante resiliencia natural. No todas las personas que atraviesan una catástrofe terminan desarrollando una patología psicológica ni necesitan necesariamente un tratamiento prolongado. Algunas consiguen recuperar progresivamente su estabilidad gracias a sus propios recursos, al apoyo de sus familiares y a las redes que las acompañan.

Eso no significa que el dolor desaparezca ni que exista una obligación de recuperarse rápidamente. La resiliencia no consiste en olvidar, sino en encontrar una manera de continuar viviendo con lo sucedido.

"Por suerte el ser humano es muchas veces más resiliente de lo que pensamos y no todo el mundo que vive una catástrofe de estas características termina en terapia"

Tampoco hay un calendario universal. Picazo advierte de que algunas personas pueden restablecerse en unos meses, mientras que otras requieren acompañamiento especializado durante años. Cada proceso depende de las circunstancias individuales y de cómo evolucionen sus consecuencias.

Rama coincide en que "el seguimiento no significa que todas las personas afectadas se conviertan en pacientes". La recuperación, recuerda, depende también de las condiciones materiales y de las redes familiares, sociales y comunitarias que permiten reconstruir la vida cotidiana.

En Urda, llegará el momento en que los trenes sean retirados, las investigaciones sigan su curso y las imágenes del accidente dejen de repetirse en los informativos. Para muchas familias, sin embargo, la ausencia continuará ocupando espacios cotidianos: una silla vacía, una conversación pendiente, una llamada que ya no podrá producirse.

El dolor no desaparece cuando termina la emergencia. Y tal vez por eso, cuando no existe nada capaz de reparar una pérdida, acompañar conserva un significado tan sencillo como difícil: permanecer cerca sin exigir que la persona deje de sufrir.

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