En el tablero político actual, hay gestos que definen la talla de un líder mucho mejor que cualquier programa electoral o mitin diseñado por sus asesores de campaña. Y la cruda realidad es que al jefe de la oposición no se le mide por sus constantes hipérboles ni por su histrionismo verbal; queda perfectamente retratado por su estrategia de la parálisis y su pánico a asumir la iniciativa parlamentaria.
Es precisamente lo que está ocurriendo con Alberto Núñez Feijóo y su persistente negativa a registrar una moción de censura contra el Gobierno de coalición, a pesar de su hiperbólica retórica apocalíptica diaria. La moción de censura —esa herramienta fundamental que la Constitución concibió no solo como un mero mecanismo de sustitución, sino como un verdadero ejercicio de responsabilidad democrática— ha sido reducida drásticamente por Feijóo a un "riesgo innecesario" o a una simple "incomodidad estratégica".
Un examen de solvencia política suspendido
Fuentes del bloque progresista y parlamentario no han tardado en afear la actitud del líder de la oposición. Desde las filas del PSOE y de Sumar coinciden en un diagnóstico claro: las mociones de censura no nacieron únicamente para garantizar el éxito numérico de quien las presenta.
Su espíritu constitucional va mucho más allá: nacieron también para obligar a la oposición a exponer de cara a la ciudadanía si existe, verdaderamente, una alternativa real de gobierno. Son, en ambos casos, un examen público de solvencia política que Feijóo se niega sistemáticamente a realizar.
La historia de nuestra democracia, de hecho, deja en evidencia este temor al debate del líder del PP. Conviene recordar que Felipe González ya presentó una moción de censura en 1980 sabiendo perfectamente que no contaba con los votos necesarios para ganarla; lo hizo con la valentía de quien quería presentar un proyecto de país alternativo ante los españoles. ¿El resultado? En las siguientes elecciones generales, el PSOE arrasó. Cabe preguntarse entonces: ¿Por qué Feijóo no presenta su proyecto para España? ¿Es que acaso no lo tiene? La respuesta parece implícita en su silencio.
Dirigentes del Ejecutivo recuerdan estos días que la política no consiste en lanzar ráfagas de ruido mediático desde la barrera. Ministros del Gobierno han ironizado con que el líder del PP parece preferir el "cuanto peor, mejor", en lugar de saltar a la arena parlamentaria con un programa alternativo. "No presenta la moción porque no tiene números, pero sobre todo porque no tiene un proyecto que ofrecer a los españoles que no sea la foto de Colón revivida junto a Vox", señalan fuentes parlamentarias de la mayoría de investidura.
El mensaje original es demoledor: NO se trata únicamente de si los números dan para llegar al Palacio de la Moncloa, sino de si existe algo más que una constante retórica de desgaste.
La estrategia del desgaste ajeno y la incapacidad de dialogar
Y es ahí donde el líder 'popular' queda retratado. Feijóo ha decidido no presentarse, actuando como si la política fuese un cómodo espacio de espera; una sala de estar donde aguardar a que el poder llegue simplemente por el desgaste ajeno y el ruido mediático, y no por la afirmación rotunda y valiente de un proyecto propio.
El colmo de la ironía llega cuando se analiza el éxito de Pedro Sánchez en 2018. El actual presidente firmó la única moción de censura victoriosa de nuestra democracia expulsando a Mariano Rajoy, y lo consiguió gracias a una virtud que en el PP parece ciencia ficción: LA DISCRECIÓN.
Sánchez no se dedicó a mendigar apoyos en tertulias televisivas ni a lanzar ultimátum a otras fuerzas políticas en portadas de periódicos. Negoció en los despachos, con madurez, entendiendo que la política es un arte basado en el diálogo, la entente y la capacidad ceder a favor del otro porque su opción es mejor que la actual, aunque no sea la preferida. De ceder por el bien común.
La verdadera política no consiste en insultar a los partidos desde un plató para luego exigirles el voto por imperativo legal, amenazando con tumbar al Ejecutivo "con ellos o sin ellos". Esa soberbia solo demuestra una preocupante desconexión con la realidad: en el parlamentarismo actual, si no sumas, no eres nada.
La política real no consiste en pedir el voto a otras fuerzas desde los grandes medios de comunicación para luego, si no te lo dan, dedicarte a criticarlos con dureza, ir contra ellos y asegurar con soberbia que vas a derrocar al Gobierno "con su apoyo o sin él". Más que nada porque se sabe que no es verdad: LOS NECESITAS.
El "síndrome de Galicia" y el portazo de la realidad
En los pasillos del Congreso se comenta estos días cómo se nota que a Alberto Núñez Feijóo se lo han puesto siempre fácil y se ha acostumbrado a ello. Acostumbrado a encadenar mayorías absolutas en Galicia que le permitían hacer y deshacer a su antojo, al llegar a Madrid se ha topado de bruces con que la política estatal es otra cosa muy diferente. Aquí no lo tiene ni lo va a tener tan fácil. Al final, es precisamente en estos momentos complejos cuando realmente se aprecia la capacidad de un líder: cuando las cosas no vienen rodadas ni como uno esperaba.
Feijóo esperaba plácidamente que, con la batería de asuntos judiciales que le iban a salir al PSOE —todos ellos concentrados "casualmente" en apenas dos semanas—, las fuerzas nacionalistas como el PNV o Junts correrían a darle su apoyo en una moción de censura. Pero las casualidades en política no existen; estamos más bien ante una evidente relación de causalidad. Y el plan le ha salido mal: se ha encontrado con un portazo absoluto. ¿Por qué será?
La respuesta es obvia si se analiza el peligroso juego de alianzas del PP. El partido que dirige Feijóo acaba de sellar pactos de gobierno con la extrema derecha de Vox en hasta tres Comunidades Autónomas, sumándose a lo que ya hicieron previamente en la Comunidad Valenciana o en la Región de Murcia.
Conviene recordar que Vox es una formación que aboga abiertamente por disolver las autonomías para centralizar todo el Estado; un ansia de aglutinar y concentrar todo el poder en una misma persona y lugar que resulta peligrosamente propio de las dictaduras. Representa el control absoluto, el deseo de controlarnos a todos, llegando incluso a plantear la ilegalización de partidos que vayan contra la "unidad de España".
¿En qué momento pensó el PP que obtendría los votos del PNV o de Junts pactando activamente con un partido que busca su disolución y la desaparición de las ideas que defienden?
¿En qué momento creyó el líder popular que estas fuerzas le apoyarían tras años criticándolos, despreciándolos y demonizando al Gobierno de Sánchez por el simple hecho de sentarse a dialogar con ellos en ese juego democrático donde a veces toca ceder?
Feijóo ha preferido el ataque y la mofa antes que la negociación. Se llegó a burlar públicamente del ofrecimiento de Junts, quienes le transmitieron que si quería su apoyo tendría que ir a Waterloo a hablar con Carles Puigdemont. Pero claro, ¿cómo se va a sentar Feijóo cara a cara después de haberlo demonizado y de haber calificado la amnistía como el fin del mundo?
Lecciones de falsa transparencia: el show de Tellado
El esperpento alcanza niveles insostenibles cuando los voceros de Génova intentan desviar la atención con escenificaciones baratas. Ha sido el caso del portavoz en el Congreso, Miguel Tellado, quien con su habitual tono faltón y chulesco ha salido en rueda de prensa exigiendo a Pedro Sánchez que "salga de la Moncloa con las manos en alto" y afirmando de manera temeraria que es "imposible creer que no estaba al corriente" de los asuntos judiciales. Resulta ciertamente sonrojante que un partido político como el PP, con sede en Génova, pretenda dar lecciones de limpieza democrática e higiene institucional a este país.
Hablan los mismos que acumulan en sus vitrinas una histórica sentencia en firme de la Audiencia Nacional que certifica que el PP funcionó como una estructura para lucrarse mediante una organización criminal en la trama Gürtel. Hablan quienes tienen a sus espaldas el banquillo de la trama Kitchen —donde presuntamente usaron los fondos reservados del Estado y a la policía patriótica para robar pruebas que destruyeran a su propio partido—, la macrocausa de la Púnica o el indiscutible récord de haber sido el Gobierno, bajo el mandato de Mariano Rajoy, con el mayor número de ministros y altos cargos encausados e imputados por corrupción sistemática en toda la historia de nuestra democracia.
Que Tellado y Feijóo salgan a rasgarse las vestiduras y a exigir salidas "con las manos en alto" mientras arrastran ese hedor judicial es un insulto directo a la inteligencia de los españoles y la confirmación de que solo les queda el fango.
"El que pueda hacer, que haga"
En definitiva, la política NO es el arte de esperar sentado en un sofá a que "LOS QUE PUEDAN HACER, QUE HAGAN" te pongan en bandeja de plata un momento de ventaja para presentar una moción y ganarla.
La política tampoco es esperar en el despacho a que, si "casual o causalmente" se da ese escenario ventajoso con la ayuda de esos entes que ya están actuando, el resto de las fuerzas políticas te regalen sus votos tras haberles lanzado un órdago desde un plató o un titular, sin haberte sentado a escuchar, negociar y ceder.
Feijóo ha demostrado que no sabe, ni sabrá escuchar ni ceder, porque su trayectoria en Galicia, le ha acostumbrado a que todo le caiga del cielo. Quizás no quiera tanto a España como afirma en sus mítines si es incapaz de sentarse con otras fuerzas políticas a hablar por el bien del país. Tampoco demuestra amor a la democracia cuando aplaude con entusiasmo las declaraciones del expresidente de su partido, José María Aznar, quien no duda en amenazar a los ciudadanos con bulos alarmistas, asegurando que si Sánchez vuelve a formar gobierno, la Constitución, las instituciones y la propia democracia caerán.
¿Qué forma de hacer política es esa? Ninguna. La política es justamente lo contrario. Parece que las filas del PP no tienen nada mejor que ofrecer a los españoles para ganar su voto en las urnas que amenazas falsas y mentiras. Y mientras tanto, el transcurso de los acontecimientos y los indicios, nos permiten deducir —o divagar, al más puro estilo de lo que hace la UCO en algunos de sus informes— quiénes son esos entes fácticos a los que Aznar marcó el paso con su ya famoso "El que pueda hacer, que haga". Y vaya si están haciendo. Demasiado, empiezan a pensar ya muchos españoles. Demasiadas causalidades, que no casualidades.
“El que quiera entender, que entienda”
Síguenos en Google Discover y no te pierdas las noticias, vídeos y artículos más interesantes
Síguenos en Google Discover
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.