Las negociaciones, desencuentros y propuestas de unidad que recorren el espacio situado a la izquierda del PSOE suelen interpretarse como una batalla entre dirigentes, siglas y proyectos políticos. Sin embargo, detrás de las tensiones entre Sumar, Podemos y las formaciones soberanistas existe una realidad electoral mucho menos abstracta: presentarse por separado puede hacer que una parte relevante de sus votos no obtenga representación en el Congreso.

Una simulación publicada por La Razón y realizada junto a NC Report permite observar el alcance de ese problema. El ejercicio estudia diferentes escenarios, desde la actual fragmentación hasta una candidatura conjunta en la que participarían Sumar, Podemos, ERC, EH Bildu y BNG. Sus estimaciones no anticipan por sí solas el resultado de unas futuras elecciones, pero sí sirven para iluminar una cuestión determinante: en España, dos candidaturas que suman por separado un determinado porcentaje de votos no consiguen necesariamente los mismos diputados que una sola lista con ese respaldo acumulado.

La razón está en la arquitectura del sistema electoral. Los 350 escaños del Congreso no se distribuyen en una circunscripción estatal única, sino fundamentalmente entre las provincias. Eso significa que los votos no se acumulan en una gran bolsa nacional, sino que compiten por un número concreto de diputados en cada territorio. Y en buena parte de las provincias se reparten muy pocos.

En una circunscripción que elige tres, cuatro o cinco representantes, las posibilidades de obtener un escaño se concentran normalmente en las candidaturas más votadas. Una fuerza puede reunir varios miles de papeletas y quedarse fuera porque no alcanza el apoyo suficiente para entrar en el reparto. Cuando dos partidos cercanos ideológicamente concurren por separado, ambos pueden terminar por debajo del nivel necesario, aunque su suma hubiera permitido disputar un diputado.

La trituradora de votos de la izquierda

Esta es la factura territorial de la división. No se aprecia necesariamente al consultar el porcentaje nacional de cada partido, pero aparece cuando el voto se descompone provincia por provincia. Una candidatura con un respaldo relativamente modesto, pero concentrado geográficamente, puede obtener una representación eficiente. Otra con más votos en toda España, pero repartidos de forma débil y fragmentada, puede terminar con menos escaños.

La simulación de La Razón y NC Report ilustra esa diferencia. En el escenario en el que Sumar y Podemos concurren por separado, ambas fuerzas obtendrían conjuntamente entre diez y trece diputados. En cambio, una candidatura compartida podría alcanzar entre 18 y 20. No se trataría necesariamente de un crecimiento de ocho puntos en las urnas ni de la aparición repentina de cientos de miles de nuevos votantes. Una parte importante de la ganancia procedería de convertir de manera más eficiente los mismos apoyos en representación parlamentaria.

El efecto sería todavía mayor en la hipótesis de una coalición que integrara también a ERC, EH Bildu y BNG. Según el cálculo difundido por el periódico, las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE pasarían de sumar entre 25 y 27 diputados por separado a una horquilla de entre 34 y 38 con una candidatura común. La operación permitiría añadir entre siete y trece escaños sin que fuera imprescindible un aumento equivalente del voto.

Eso no significa que una alianza pueda construirse mediante una simple suma aritmética. Los electorados no son piezas intercambiables. Un votante de una formación soberanista puede rechazar una candidatura estatal; un simpatizante de Podemos puede no sentirse representado por Sumar, y viceversa. Del mismo modo, una coalición demasiado amplia podría movilizar a algunos electores por su utilidad y alejar a otros por sus contradicciones internas.

Las simulaciones electorales suelen mantener constantes los votos para comprobar cómo cambia su traducción en escaños. La política real, sin embargo, introduce variables mucho más difíciles de anticipar: la participación, el liderazgo, el programa, la campaña, el reparto de puestos o la percepción de que un acuerdo responde a una voluntad compartida y no únicamente a la necesidad de sobrevivir.

Aun así, el dilema territorial permanece. La izquierda alternativa no compite solamente contra PP, PSOE y Vox. En las provincias con pocos escaños, también compite contra su propia fragmentación. Cada candidatura adicional eleva el número de votos necesarios para que alguna de ellas consiga entrar.

La cuestión afecta igualmente al PSOE. Una candidatura unitaria a su izquierda podría arrebatarle algunos diputados en determinadas circunscripciones, pero también evitar que esos escaños acabaran en manos del PP o de Vox. De ahí la paradoja: los socialistas pueden perder representación en favor de sus potenciales aliados y, al mismo tiempo, mejorar la posición conjunta del bloque progresista.

La unidad, por tanto, no garantiza una mayoría de gobierno. Las propias cifras manejadas por La Razón y NC Report sitúan al espacio progresista lejos de los 176 diputados necesarios para la mayoría absoluta incluso en los escenarios de mayor concentración. Agrupar candidaturas puede reducir daños, mejorar la representación y dificultar la mayoría de la derecha, pero no sustituye la necesidad de recuperar a los votantes desmovilizados.

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