En periodos electorales, las universidades no solo debaten proyectos académicos: también ponen a prueba sus mecanismos de representación y sus equilibrios de poder. Las elecciones a Junta de Facultad y Claustro, y en particular al Consejo Estudiantil, deberían responder a ese principio. Sin embargo, cuando determinadas candidaturas no se explican únicamente por iniciativa estudiantil, sino por dinámicas externas de influencia, la pregunta deja de ser quién se presenta y pasa a ser quién está realmente detrás. 

En este contexto, concurren dos candidaturas alineadas con posiciones conservadoras, una de ellas con un marcado componente ultracatólico. Más allá de sus programas, distintas voces dentro de la Facultad señalan que estas no responden únicamente a una movilización espontánea del estudiantado, sino que contarían con el respaldo —directo o indirecto— de un sector del profesorado con intereses concretos en la gobernanza del centro

Entre los nombres que aparecen en ese entramado destaca el de Pilar Cousido, profesora de la facultad y candidata al decanato en las anteriores elecciones, en las que fue derrotada ampliamente. Según diversos testimonios recabados, Cousido mantendría un papel activo en el impulso de estas candidaturas, en un momento en el que la composición de la Junta de Facultad resulta clave para la toma de decisiones estratégicas. Junto a Cousido, otros nombres del profesorado aparecen de forma reiterada en los testimonios de los estudiantes consultados. 

Lejos de limitarse al ámbito estrictamente académico, varios estudiantes describen dinámicas de relación marcadas por el abuso de poder, el trato desigual y comportamientos que, según relatan, habrían generado situaciones de incomodidad, humillación e incluso vulneración de límites dentro y fuera del aula. 

Entre ellos se encuentra A.d.P.G., señalada por distintos estudiantes por prácticas que califican como vejatorias y discriminatorias. Los testimonios recogidos coinciden en describir episodios de trato despectivo, comentarios de carácter racista y una relación con el alumnado basada en la intimidación más que en el respeto académico. 

Testimonios de abuso y desigualdad

Una estudiante de Grado de Periodismo relata como en su primer año sufrió estos y otros comportamientos detallando que, al término de una clase impartida por esta docente, le propuso hacerse una fotografía grupal, a lo que ella decidió negarse explícitamente

A pesar de ello, asegura que la profesora la agarró con fuerza para incluirla en la fotografía, llegando a arrastrarla físicamente hasta el grupo. “Me sujetó con tal intensidad que me dejó marcas en la muñeca”, relata. 

La estudiante afirma que lo vivió como una experiencia agresiva y profundamente incómoda y describe un contacto físico que considera inapropiado. Según su testimonio, A.d.P.G. la abrazó con fuerza en dos ocasiones, colocándola en una posición “muy invasiva”, llegando a cubrirle el rostro con sus pechos. La primera vez, durante la fotografía; la segunda, una vez realizada, cuando la docente volvió a acercarse y repitió el gesto mientras, con una sonrisa, le indicaba que podía estar tranquila porque su cara no se veía en la imagen. 

La estudiante señala que, en ese momento, optó por no reaccionar públicamente para evitar una situación incómoda frente a sus compañeros, aunque asegura que el episodio le generó un fuerte malestar emocional. “Me fui a casa llorando, sin entender por qué una profesora que no conozco de nada me había obligado a participar en una foto que había rechazado claramente”, explica. 

Al día siguiente, según indica, la profesora publicó la imagen en su cuenta de Instagram — donde a día de hoy sigue publicada— y la utilizó también como fotografía de perfil en la plataforma virtual de la UCM, lo que, a su juicio, agrava la situación al tratarse de una difusión sin su consentimiento. Según explica, las clases de la docente se caracterizaban por una estructura caótica, con cambios constantes de tema, dificultades para seguir un hilo claro y problemas para responder a preguntas del alumnado. “Había momentos en los que no parecía conectada con lo que estaba ocurriendo en clase”, señala. 

El relato apunta también a una actitud que interpreta como un intento de generar cercanía con el alumnado, en ocasiones “difuminando los límites” propios de la relación entre docente y estudiante. 

Comentarios racistas y discriminatorios

A este episodio se suma otro testimonio que apunta en la misma dirección. Una estudiante de tercer curso relata que, el primer día de clase de la asignatura “Análisis de textos periodísticos: El Relato", la profesora interrumpió la sesión para pedirle que se acercara a la mesa y preguntarle directamente por su origen. “Lo primero que me dijo fue si era de España. Cuando le respondí que sí, insistió: ‘¿y hablas bien el español?’”, recuerda. 

Según su relato, la docente justificó estas preguntas asegurando que no permite cursar la asignatura a estudiantes extranjeros o de Erasmus porque, a su juicio, “no dominan lo suficiente el idioma como para escribir relatos”. 

La estudiante, de origen chino, pero española y residente en el país desde la infancia, asegura que la situación se produjo delante de sus compañeros y que la profesora reiteró ese argumento en varias ocasiones durante todo el cuatrimestre. “Me sentí ridiculizada. Mientras hacía referencias racistas me miraba a mí (...) Nadie dijo nada”, explica. 

La alumna describe una sensación de “confusión, asco y extrañeza” ante lo que considera su primera experiencia directa con un comportamiento racista en el ámbito universitario. “Tenía muchas ganas de esa asignatura y en ese momento se me fue toda la ilusión”, añade. 

Ambos testimonios, junto con otros recogidos por este medio, apuntan a un patrón de conducta que va más allá de incidentes puntuales. De hecho, la cantidad de relatos coincidentes ha obligado a realizar una selección de los casos más representativos, quedando fuera otros que, aun con matices distintos, describen dinámicas similares. 

Entre ellos, varios estudiantes mencionan situaciones reiteradas de exposición y ridiculización en el aula. “En mi clase había un chico de origen chino que no hablaba muy bien el idioma, y siempre le sacaba a la pizarra para ridiculizarle”, afirma uno de los testimonios recabados. 

Influencias desde la sombra

El año pasado, en época de elecciones al decanato, nos ofrecía puntos extra si íbamos a la presentación de la candidatura de Pilar Cousido”, señala otro estudiante. Además, varios alumnos coinciden en describir una escena en la cafetería de la facultad durante el periodo de exámenes: “Se acercó a nuestra mesa y nos preguntó por qué no estábamos bebiendo cerveza. Le dijimos que teníamos un examen en un rato, y contestó que ella estaba ‘piripi’ y que deberíamos estar bebiendo”. 

La reiteración de este tipo de episodios en distintos contextos refuerza la percepción, compartida por los estudiantes consultados, de una relación con el profesorado marcada por la arbitrariedad, la exposición pública y la falta de límites claros. 

Otro de los nombres que aparece en estos relatos es el de P.G.A., profesor vinculado al entorno de Cousido y que, según distintas fuentes, habría estado llamado a ocupar el puesto de vicedecano de Estudiantes en caso de que su candidatura al decanato hubiera prosperado. 

Varios alumnos consultados describen comportamientos que consideran “inapropiados” en el ejercicio de su docencia, incluyendo comentarios de carácter personal, contactos físicos no deseados e intentos de establecer vínculos que habrían podido comprometer la percepción de imparcialidad en la evaluación. 

De acuerdo con testimonios recabados por este medio —todos ellos bajo condición de anonimato por miedo a posibles represalias—, el patrón descrito seguiría una progresión similar: “empieza engatusándote con asuntos relacionados con la docencia, con prácticas profesionales o con futuros trabajos”, explica una de las fuentes. 

Traspaso de límites físicos y verbales

A medida que aumenta la confianza, añade, “no respeta el espacio personal: te toquetea y hace comentarios sobre tu físico, como si estás musculado o si eres muy guapo”. Otros testimonios apuntan a intentos de trasladar la relación fuera del ámbito académico: “Se ofrece a llevarte en coche a la parada de Moncloa, te propone una cena”. 

Incluso, según otra fuente, “te pregunta si quieres ser su amigo y te entrega una tarjeta de visita con su número de teléfono”. 

Estas fuentes coinciden en señalar que estos comportamientos se producirían en un contexto de clara asimetría de poder entre docente y alumnado, lo que, a su juicio, incrementa “la incomodidad y la dificultad de rechazar este tipo de situaciones". 

En este contexto, los comportamientos descritos por el alumnado no solo plantean un problema ético en el ejercicio de la docencia, sino que adquieren una dimensión política dentro de la propia estructura universitaria. 

Estas prácticas —que incluyen desde la presión, la generación de vínculos de dependencia o la concesión de beneficios vinculados a determinadas actividades— podrían estar orientadas a generar afinidad o alineamiento con determinadas candidaturas

La gobernanza universitaria en juego

En un sistema en el que los representantes de estudiantes cuentan con 12 votos —lo que equivale aproximadamente a un 25% del peso en el Consejo—, la capacidad de influir en este bloque resulta decisiva. 

Así, el voto estudiantil dejaría de responder exclusivamente a dinámicas autónomas de participación para convertirse en un elemento estratégico dentro de las luchas de poder por la gobernanza del centro. Resulta chocante este tipo de situaciones en un ámbito como es el académico. Lejos de mostrar un comportamiento adecuado, una pequeña parte del profesorado parece emplear un abuso de poder para dar por satisfechas sus ambiciones personales que distan de valores como la responsabilidad de enseñar con integridad, fomentando el conocimiento científico y el espíritu crítico en el marco de la educación pública de calidad.

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