La imagen de estos días está en Ceuta, pero para entenderla hay que mirar mucho más allá de la frontera. La entrada masiva de migrantes en la ciudad autónoma ha vuelto a despertar una sensación conocida en la política española: la de que una parte de la frontera sur de Europa depende, en buena medida, de lo que ocurra al otro lado.

Según diferentes medios, alrededor de 72.000 personas llegaron a entrar en Ceuta durante la reciente avalancha fronteriza y unas 70.000 habían abandonado posteriormente la ciudad. Entre 3.000 y 5.000 personas permanecían todavía allí a comienzos de esta semana, en una crisis que ha desbordado servicios y ha obligado a intervenir también a la Unión Europea.

La respuesta comunitaria ha vuelto a colocar a Marruecos en el centro. El comisario europeo de Migración, Magnus Brunner, ha llegado a defender que la UE utilice instrumentos comerciales o de visados para obtener una mayor cooperación de Rabat, advirtiendo de la vulnerabilidad que supone hacer depender el control de una frontera exterior europea de la voluntad de un país vecino.

Su advertencia resume bastante bien la paradoja española. Madrid puede endurecer su discurso frente a Rabat. Puede reclamar explicaciones. Puede presionar en Bruselas. Incluso puede atravesar períodos de congelación diplomática, como ya ha ocurrido anteriormente.

Lo que resulta mucho más difícil es romper realmente con Marruecos.

Porque al otro lado del Estrecho ya no hay solamente un vecino incómodo. Hay un socio comercial de primer nivel, empresas españolas, trabajadores, inversiones, conexiones energéticas, cooperación policial, cientos de miles de desplazamientos y hasta un Mundial de fútbol que ambos países tendrán que organizar juntos en 2030 y que ya está provocando los primeros incendios.

22.693 millones de euros: cuando el vecino también es uno de tus grandes clientes

Una manera bastante sencilla de medir la relación entre España y Marruecos consiste en olvidarse durante un momento de la diplomacia y mirar las facturas. En 2024, el comercio bilateral alcanzó un récord de 22.693 millones de euros, un crecimiento superior al 7% respecto al ejercicio anterior.

España exportó a Marruecos bienes por valor de 12.859 millones de euros, mientras que las importaciones procedentes del país norteafricano alcanzaron los 9.834 millones, según los datos de Exteriores. Fuera de la Unión Europea, Marruecos fue el tercer mercado para las exportaciones españolas, únicamente por detrás de Estados Unidos y Reino Unido, según los datos manejados por el Gobierno.

Y la relación no se limita a comprar y vender.

Más de 6.000 empresas españolas exportan regularmente a Marruecos y más de 900 tienen filiales o participaciones significativas en compañías del país, según Exteriores. Marruecos es además el primer destino de la inversión española en África.

Otra estimación oficial sitúa el stock de inversión española cerca de los 2.000 millones de euros y atribuye a esas inversiones la creación de 27.655 empleos. Automoción, componentes industriales, banca, tecnología, construcción, transporte, energías renovables o gestión del agua forman parte ya de una red empresarial difícil de desmontar por una crisis política.

España es, de hecho, el primer socio comercial de Marruecos desde 2012. Y los datos más recientes indican que el comercio sigue creciendo: las exportaciones españolas hacia Marruecos marcaron en abril de 2026 un máximo histórico para ese mes, según la Secretaría de Estado de Comercio.

La frontera puede cerrarse. Los discursos pueden endurecerse. Pero cada mañana hay fábricas, camiones, proveedores, bancos y empresas a ambos lados del Estrecho que siguen haciendo negocios.

Un puente de 14 kilómetros que cada verano cruzan cientos de miles de personas

Hay otro dato que explica la excepcionalidad de la relación. Mientras la frontera de Ceuta protagonizaba una de las mayores crisis migratorias de los últimos años, España y Marruecos estaban desarrollando conjuntamente una de las mayores operaciones de movilidad de Europa.

La Operación Paso del Estrecho 2026 comenzó el 15 de junio. Un mes después habían embarcado desde puertos españoles 646.121 pasajeros y 160.698 vehículos en dirección al norte de África. En apenas treinta días se realizaron 2.220 rotaciones de barcos.

Y para que ese movimiento gigantesco funcione son necesarias autoridades portuarias, Policía, Guardia Civil, Protección Civil, navieras y administraciones de ambos países trabajando de forma coordinada.

La contradicción es llamativa. España y Marruecos pueden acusarse mutuamente de falta de cooperación en una frontera y estar cooperando simultáneamente para gestionar a cientos de miles de viajeros a pocos kilómetros de distancia.

A ello se suma un vínculo humano cada vez mayor. La presencia marroquí sigue teniendo un enorme peso demográfico y, sobre todo, laboral en España. Aunque Colombia lidera actualmente los nuevos flujos migratorios hacia el país —con unas 38.600 llegadas solo en el primer trimestre de 2026, frente a 25.700 de Marruecos—, los trabajadores marroquíes continúan siendo el mayor colectivo extranjero de la Seguridad Social, con 422.347 afiliados en junio. Les siguen los rumanos, con 353.974; los colombianos, con 316.460; y los venezolanos, con 239.892.

Eso convierte cualquier crisis bilateral en algo distinto de una disputa diplomática convencional. Cuando España discute con Marruecos no discute únicamente con un Estado vecino. Discute con el país de origen de cientos de miles de personas que viven, trabajan, pagan impuestos y forman familias aquí.

Hasta la electricidad cruza el Estrecho

Hay una forma todavía más literal de visualizar hasta qué punto las dos economías están conectadas. España y Marruecos intercambian electricidad físicamente. Red Eléctrica calcula actualmente una capacidad comercial aproximada de hasta 900 megavatios de España hacia Marruecos y de unos 600 MW en sentido contrario.

Son conexiones que permiten comprar electricidad allí donde resulta más barata, reforzar la seguridad de suministro y equilibrar los sistemas eléctricos.

Y debajo del mismo Estrecho discurre además el Gasoducto Magreb-Europa, cuya terminal española se encuentra en Zahara de los Atunes, en Cádiz. Entró en funcionamiento en 1996 y conecta físicamente la Península con el norte de África.

Es decir: mientras la discusión política mira a la valla de Ceuta, cables eléctricos y grandes infraestructuras energéticas recuerdan diariamente que la separación geográfica entre ambos países es mucho menor de lo que sugieren sus fronteras.

Y ahora tienen que organizar juntos un Mundial

Por si faltaba algún incentivo para entenderse, aparece 2030. España no organizará aquel Mundial únicamente con Portugal. Lo hará también con Marruecos.

La FIFA adjudicó oficialmente el campeonato a los tres países en diciembre de 2024, con tres partidos conmemorativos adicionales en Argentina, Uruguay y Paraguay. Eso obliga a los tres gobiernos y federaciones a compartir durante los próximos cuatro años decisiones relacionadas con transportes, seguridad, fronteras, infraestructuras, estadios, turismo y organización deportiva. Y supone también miles de millones en inversiones públicas y privadas.

Marruecos ha emprendido una enorme modernización de sus infraestructuras ante el torneo y numerosas empresas españolas aspiran a una parte de ese negocio. En febrero de 2025, por ejemplo, el Gobierno español anunciaba la participación empresarial española en un importante proyecto ferroviario marroquí y describía expresamente el Mundial como una oportunidad estratégica para nuestras compañías.

No es casual que, en la última gran cumbre bilateral celebrada en diciembre de 2025, Pedro Sánchez y el jefe del Gobierno marroquí, Aziz Akhannouch, firmaran 14 acuerdos de cooperación y situaran nuevamente el Mundial como una palanca para estrechar relaciones.

Ahora la crisis de Ceuta ha provocado que se vuelva a cuestionar políticamente esa asociación. Pero romperla tendría consecuencias que desbordarían ampliamente el fútbol.

Cuando Marruecos abre y cierra el grifo migratorio

Todo esto no significa que la relación sea simétrica. Precisamente ahí está uno de los problemas. España aporta comercio, inversión, acceso al mercado europeo y cooperación económica. Marruecos posee otra herramienta extremadamente valiosa: su posición geográfica.

La frontera marroquí es también, de facto, una parte de la frontera exterior de Europa. Cuando Rabat intensifica el control migratorio, España lo nota. Cuando ese control se relaja, también. La crisis de Ceuta ha vuelto a demostrarlo de una manera particularmente dramática.

Según Reuters, las autoridades marroquíes aseguran haber impedido más de 227.000 intentos de cruce y desmantelado redes dedicadas al tráfico de personas. Bruselas, sin embargo, se pregunta ahora hasta qué punto Europa puede permitir que su seguridad fronteriza dependa de la colaboración de terceros países.

Esa dependencia explica por qué las crisis con Marruecos tienen siempre una intensidad especial. Rabat sabe que controlar la migración tiene valor para Madrid y para Bruselas. España sabe que el acceso económico a Europa tiene un enorme valor para Marruecos. Y ambos conocen perfectamente qué cartas tiene el otro. España y Marruecos no necesitan quererse. Necesitan entenderse.

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