Elisa Vigil llevaba tiempo buscando foco, pero lo ha encontrado de la peor manera. La diputada del Partido Popular en la Asamblea de Madrid cruzó una línea roja al atacar a la analista Sarah Santaolalla con un comentario machista en pleno directo televisivo, reduciendo su intervención política a su escote. No fue un exabrupto aislado ni un desliz puntual: fue la última expresión de un perfil político construido desde la confrontación, el desprecio y la provocación constante, muy en sintonía con la estrategia comunicativa que Isabel Díaz Ayuso ha impulsado en su entorno más joven.

El episodio se produjo durante un debate televisivo en el que Santaolalla cuestionaba el estilo político de Vigil, aludiendo a algunos de sus vídeos en redes sociales. La respuesta de la diputada del PP no fue política ni argumentativa. Fue personal. “Para simples tus fotos enseñando los cocos con el escote hasta aquí. Luego a partir de ahí hablamos de todo lo demás”, lanzó Vigil en directo, en una intervención que desató una oleada inmediata de críticas. El comentario, centrado exclusivamente en el cuerpo y la vestimenta de su interlocutora, fue calificado como machista incluso por sectores habitualmente indulgentes con el tono bronco del debate político.

La reacción de Santaolalla fue tan contundente como incómoda para el PP madrileño. “¿Cómo va a ser tan machista? ¿Tengo que aguantar que un cargo público nos diga a las mujeres cómo vestirnos en el año 2026?”, replicó la analista, antes de lanzar una acusación que conectaba ese tipo de discursos con una cultura que normaliza la violencia contra las mujeres. Mientras el vídeo se viralizaba en redes sociales, desde el Partido Popular no llegó ninguna rectificación ni disculpa pública por parte de Vigil.

Elisa Vigil y el conflicto como identidad política

Lejos de tratarse de un hecho aislado, el choque con Santaolalla encaja en una trayectoria política marcada por la búsqueda permanente del conflicto. Elisa Vigil saltó a la notoriedad parlamentaria en 2022, cuando durante un pleno en la Asamblea de Madrid acusó a la izquierda de preferir “los porritos” al deporte. “A la izquierda no les interesa el deporte, les gustan más los porritos”, afirmó entonces, en una frase que provocó una respuesta demoledora por parte de Más Madrid y que la convirtió, de la noche a la mañana, en una figura reconocible más allá del circuito interno del PP.

Aquel comentario fue replicado con dureza por el diputado de Más Madrid Emilio Delgado, que le recordó los vínculos del PP con el turismo de borrachera y varios escándalos relacionados con el alcohol en cargos del partido. La escena, con Vigil visiblemente superada, circuló ampliamente en redes y consolidó su imagen como diputada joven, provocadora y con tendencia a disparar antes de apuntar.

Desde entonces, Vigil ha hecho de la polémica una herramienta política. En redes sociales ha cultivado un perfil abiertamente combativo, con mensajes diseñados para generar ruido y reforzar la narrativa del ayusismo más duro. En su biografía pública llegó a incluir el lema “Me gusta la fruta”, una consigna ampliamente utilizada en entornos del PP madrileño para insultar de forma velada al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. También se hizo viral por vídeos en los que baila mientras pregunta “¿dónde están los comunistas?”, en un tono que mezcla burla, simplificación ideológica y búsqueda de engagement.

Otra de sus declaraciones más controvertidas llegó en una comisión parlamentaria dedicada a asuntos económicos, cuando afirmó sin rodeos: “Ojalá Madrid fuera un paraíso fiscal, porque cuántos más ricos vengan, más ricos seremos el resto”. La frase, celebrada por los sectores más ultraliberales, generó incomodidad incluso dentro del PP, al verbalizar sin matices una aspiración que el partido suele defender de forma menos explícita. Vigil no rectificó. Al contrario, insistió en la idea de que la bajada de impuestos y la atracción de grandes fortunas debía ser un objetivo político central.

La cantera política de Ayuso

Este estilo sin complejos no es casual. Elisa Vigil es uno de los productos más claros de la renovación generacional que Isabel Díaz Ayuso ha impulsado en el Partido Popular de Madrid. Abogada de formación, entró en la Asamblea con apenas 27 años, convirtiéndose en una de las diputadas más jóvenes de la Cámara. Procedente de Nuevas Generaciones, su ascenso ha sido rápido y tutelado desde la dirección regional del partido, que la ha colocado en puestos de visibilidad parlamentaria y mediática.

Su papel recuerda inevitablemente al de Noelia Núñez, otra joven diputada que Ayuso convirtió en rostro habitual del choque político antes de que su carrera se viera truncada por la polémica en torno a su currículum. Núñez encarnó durante años ese perfil de dirigente joven, hiperactiva en redes, con discurso agresivo y diseñada para el enfrentamiento directo con la izquierda y el Gobierno central. Tras su caída, el foco se ha desplazado hacia figuras como Vigil, llamadas a ocupar ese espacio sin matices.

En ese contexto, el ataque a Santaolalla no es un accidente, sino un síntoma. Elisa Vigil no solo confronta ideas: confronta personas, cuerpos y biografías. Su discurso no se limita a la discrepancia política, sino que incorpora elementos de humillación y desprecio que conectan con una estrategia más amplia de polarización. Una estrategia que Ayuso ha demostrado considerar eficaz en su batalla permanente contra el Ejecutivo de Pedro Sánchez y contra todo lo que huela a izquierda.

La pregunta que queda en el aire es hasta dónde puede llegar este modelo sin coste político. Por ahora, el PP madrileño ha optado por cerrar filas y guardar silencio ante una polémica que ha indignado a amplios sectores sociales. Elisa Vigil sigue en su escaño, sin rectificaciones ni disculpas, convertida ya en uno de los símbolos más claros del nuevo ayusismo parlamentario: joven, ruidoso, provocador y dispuesto a cruzar líneas que otros prefieren no tocar. El foco que buscaba, lo ha conseguido. El precio, de momento, parece no importarle a nadie en su partido.

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