Hay quienes ven en Extremadura el amanecer de una tendencia para este ciclo electoral que, presumiblemente, culminará con Andalucía - sugieren -en este primer semestre y que afectará al futuro del Partido Popular. De hecho, incidirá sobre directamente en el corto plazo, en el siguiente alto en el camino que será Aragón – el próximo 8 de febrero -. El inesperado crecimiento de Vox vuelve a sumergir a Génova en un mar de dudas, abriendo un debate que provoca divisiones entre la cúpula y algunas baronías en busca de una receta para solventar las relaciones con los de Santiago Abascal. María Guardiola ya asumió el 21D que no sólo se quedó en la casilla de salida, sino que en esta nueva partida contaría con menos ases en la manga. Es ese el principal temor de los líderes territoriales populares, que entienden los comicios extremeños como el punto de inflexión de una fuerza que parecía dormida. De ahí, que el partido, cuyo líder insiste en vender el mensaje del centro como única “oportunidad” para ganar, se dirima entre “ignorar” a la ultraderecha o ir a pecho descubierto sin “miedo” a hablar públicamente de acuerdos con ellos, como ya hiciera su portavoz en el Congreso, Ester Muñoz.
“No hay ningún temor a pactar con Vox”. En estos términos se pronunció Muñoz hace unos días, recalcando que en la conjunción de fuerzas, la derecha en su totalidad suma un 60% del voto en el caso de Extremadura. Unas cuentas de la lechera que animan a los cuadros a perder la vergüenza a pactar abiertamente con Bambú – localización del cuartel general ultraderechista en Madrid -. De hecho, fue la propia portavoz parlamentaria de los conservadores la que verbalizó por primera vez esta postura. Llamó a capítulo a la formación de Santiago Abascal para buscar y cerrar un “acuerdo” cuanto antes para dar respuesta así a la exigencia de los extremeños, que validaron en las urnas el Gobierno de María Guardiola. “Quieren más”, apostilló Muñoz.
La lectura que extraen desde el sector progresista, en cambio, es que pueden sacar tajada de esta cuestión. En Ferraz están convencidos de que el acercamiento de Génova a Bambú les concede un balón de oxígeno para recobrar fuerzas tras el batacazo de Extremadura con vistas al 8 de febrero. Y es que en el camino a las elecciones de Aragón se cruzarán las negociaciones entre PP y Vox para la investidura de María Guardiola. Un arma que el PSOE no dudará en utilizar para centralizar el debate de la campaña aragonesa sobre la genuflexión total de los de Núñez Feijóo ante Abascal.
División interna
Precisamente esa visión es la que alimenta el miedo en algunos cuadros del Partido Popular, si bien es cierto que la formación al completo se traga el sapo de que pactar con Vox son lentejas. Un sapo de difícil digestión, pero no menos que la arista de la relación y el trato con la ultraderecha. Frente a la posición de Muñoz, ya libre de ataduras para normalizar los acuerdos con los de Abascal, prevalece una corriente que insiste en que lo mejor para las siglas es “ignorar” a Vox. No creen, como sugieren desde la cúpula, que la estrategia de Sánchez de utilizar estos acercamientos como arma electoral contra Feijóo ya no surta efecto. Todo lo contrario. De hecho, sugieren que “cuanto menos pendientes” de la fuerza ultraderechistas, “mejor”.
En privado, según publicaba este domingo Europa Press, algunos líderes territoriales mostraban su preocupación por que, independientemente del camino a escoger, “Vox va a seguir subiendo”. Y es ahí donde aparece otro de los problemas que tendrá que afrontar el Partido Popular: el contenido de las negociaciones. Los de Abascal, con una fuerza inesperada en Extremadura, pondrán sobre la mesa una serie de líneas rojas que María Guardiola no podrá desdeñar si no quiere una repetición electoral y, por tanto, dar más gasolina a sus adversarios. La supresión de subvenciones a Igualdad, patronal y sindicatos; el rechazo expreso del pacto verde; o la derogación de la Ley LGTBI son algunos de los intangibles de Vox.
Reconocen que Vox ha consolidado posiciones al alcanzar la tercera posición en Extremadura, como ya ocurre a nivel estatal, y los sondeos no barruntan un cambio de tendencia, sino todo lo contrario. La fuerza de Abascal cada vez es más palpable, aunque confían en que, cuando Sánchez convoque elecciones generales, se vivirá un fenómeno de voto útil a Feijóo. Por ahí pasa la estrategia del líder de la oposición: convertir los comicios en un plebiscito contra el presidente del Gobierno y transmitir que la batalla es bipartita y no por bloques.
Política ficción a un lado, el corto plazo llama a la puerta de todas las fuerzas con urgencia. De ahí los temores en los cuadros populares propensos a hacer caso omiso a las bravatas de Vox. Sobre todo con los territorios de Aragón y Castilla y León en juego, a expensas de un posible anticipo también en Andalucía. Esta corriente sugiere que las negociaciones con Vox tendrán un impacto negativo en la campaña de Jorge Azcón para revalidar la presidencia aragonesa, aunque en Génova despliegan toda su confianza e incluso apuntan a que el objetivo de este primer semestre del 2026 es “hacer un hat trick” en los tres comicios autonómicos en liza.
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