Todo empieza siempre igual. No con la noche, ni siquiera con los regalos, sino con una canción. Una melodía sencilla, casi ingenua, que no necesita música porque vive desde hace décadas en la memoria colectiva. Ya vienen los Reyes Magos no es solo un villancico: es una señal. Cuando suena, algo se activa.

La canción dice cosas extrañas. Cosas que, cuando somos niños, aceptamos sin dudar. Que los Reyes vienen “caminito de Belén”, aunque Belén quede lejos. Que traen regalos, aunque nadie los haya visto nunca. Y que, por alguna razón misteriosa, pasan por Holanda antes de llegar a casa. Nadie explica nada. Nadie lo cuestiona. En la infancia, las canciones no se analizan: se creen.

La historia de los Reyes Magos es, en realidad, una historia mínima que con el tiempo se volvió inmensa. En el texto bíblico original apenas aparecen unos “magos de Oriente” que siguen una estrella y entregan tres regalos simbólicos. No hay nombres, no hay camellos, no hay cabalgatas. Todo eso vino después. Mucho después. Lo añadieron los cuentos, las iglesias, las plazas, las familias… y, sobre todo, los niños.

Porque los Reyes Magos, tal y como los conocemos, no existen sin la infancia. Son un personaje construido para ser esperado. No imponen, no juzgan, no castigan. Llegan cuando duermes y se van antes de que despiertes. Son la versión más amable del misterio.

Y como todo misterio que quiere durar, necesitaba un viaje largo.

Ahí entra la canción. En algún momento del siglo XX, cuando España empezaba a abrirse al mundo y los juguetes ya no se fabricaban solo en talleres locales, apareció esa frase que cambiaría el imaginario para siempre: “ya vienen los Reyes Magos, Holanda ya se ve”. Holanda irrumpía así en la noche más importante del año como un lugar intermedio entre el sueño y la realidad.

Con los años, cuando uno crece y empieza a hacer preguntas incómodas, la canción deja de ser solo un conjuro y se convierte en un enigma cultural. ¿Por qué Holanda? La respuesta corta es que no hay ninguna razón histórica real. Los Reyes Magos, según el relato bíblico, vienen de Oriente y siguen una estrella hasta Belén. No pasan por el norte de Europa, no cruzan mares fríos ni hacen escalas en puertos comerciales. Sin embargo, la canción Ya vienen los Reyes Magos no nació para ser exacta, sino para ser recordada. Y ahí empiezan las teorías.

Una de las más aceptadas apunta a un error de transmisión oral. Durante siglos, el villancico se cantó sin escribirse, pasando de boca en boca, de casa en casa. Algunos estudiosos sostienen que la letra original podría decir “Olanda ya se ve”, una palabra hoy desaparecida que habría hecho referencia a la luz, al resplandor o incluso a la estrella que guiaba a los Reyes. Otra hipótesis sugiere una deformación fonética de “Holy Land” -Tierra Santa-, que al castellanizarse y repetirse terminó convirtiéndose en “Holanda”. No sería la primera vez que una canción popular cambia de sentido sin que nadie se dé cuenta. Al final, “Holanda” sobrevivió no porque fuera correcta, sino porque sonaba bien, rimaba, tenía ritmo… y porque a los niños no les hacía falta entenderla para creerla.

Para un niño, Holanda no era un país del norte de Europa. Era “lejos”. Y eso bastaba. Holanda se convirtió, sin pretenderlo, en la gran aduana mágica de la infancia española. El sitio donde los deseos se empaquetaban antes del último tramo del viaje.

La noche del 5 de enero siempre fue especial, pero también frágil. Era la única noche en la que había que creer sin pruebas. Los adultos colaboraban en silencio. Se dejaba agua para los camellos, aunque nadie hubiera visto nunca uno. Se colocaban los zapatos con cuidado, como si el orden pudiera influir en el resultado. Se intentaba dormir pronto, aunque el corazón no obedeciera.

Lo extraordinario de esta historia es que funcionó. Durante décadas. Generación tras generación. Millones de niños aceptan que tres Reyes atravesaran medio mundo en una noche porque una canción lo decía. Porque la lógica adulta no tenía permiso para entrar en ese territorio.

Con el tiempo, la canción cambia de lugar. Ya no se canta en corro, sino que suena de fondo en anuncios o vídeos antiguos. Holanda vuelve a ser un país con mapas, datos y aeropuertos. Los Reyes se convierten en tradición, en recuerdo, en nostalgia. Pero algo queda.

Y quizá por eso la canción sigue viva. Porque no habla de geografía ni de historia. Habla de creer. De ese breve periodo de la vida en el que aceptar que los Reyes pasan por Holanda es perfectamente razonable. De ese momento en el que el mundo todavía puede ser inexplicable y maravilloso a la vez.

Al final, los Reyes Magos no vienen de Oriente ni del norte de Europa. Vienen de un lugar mucho más difícil de encontrar. Y cada año, cuando alguien vuelve a cantar que ya están en camino, ese lugar vuelve a abrirse. 

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio