La sopa castellana, también conocida como sopa de ajo, es uno de esos platos que forman parte del recetario cotidiano desde hace siglos y que es muy fácil de preparar. Nació como una comida sencilla, pensada para aprovechar el pan duro y aportar calor en los meses fríos, y con el tiempo se ha convertido en una receta imprescindible de la cocina tradicional española.

Su éxito está en la combinación de ingredientes básicos y en una elaboración directa, sin complicaciones, que permite obtener un plato reconfortante con pocos recursos.

Receta de sopa castellana: los ingredientes de siempre

La base de la sopa castellana es el pan del día anterior, cortado en rebanadas finas o trozos pequeños, que se empapa en un caldo aromatizado con ajo y pimentón. A esto se suma el aceite de oliva, imprescindible para sofreír los ajos, y el caldo, que puede ser de agua o de carne, según la costumbre de cada casa.

El huevo, que se añade al final, aporta cuerpo y hace que la sopa resulte más completa. En muchas versiones también aparece el jamón, cortado en dados pequeños, que refuerza el sabor sin restar protagonismo al conjunto.

Cómo se elabora la sopa castellana o sopa de ajo

La preparación comienza dorando los ajos en una cazuela amplia con aceite de oliva, a fuego suave, para que suelten aroma sin llegar a quemarse. En ese momento se incorpora el pan, que se remueve para que se impregne bien del aceite. El pimentón se añade fuera del fuego, con cuidado, antes de verter el caldo caliente, evitando que se queme y amargue la sopa.

Tras unos minutos de cocción, el pan se va deshaciendo y la sopa gana espesor. Al final, se incorporan los huevos, que pueden cuajarse enteros o ligeramente batidos, según la textura que se busque. Un último hervor es suficiente para que el plato esté listo.

Un plato sencillo que sigue vigente

La sopa castellana se mantiene como una receta habitual porque es económica, fácil de preparar y adaptable. Puede servirse como primer plato o como cena ligera, y admite pequeñas variaciones según la zona o los gustos personales, sin perder su esencia.

Más allá de modas y tendencias, sigue siendo un ejemplo claro de cómo la cocina tradicional aprovecha ingredientes básicos para crear platos que perduran en el tiempo.