Los pestiños son uno de los dulces más representativos de la repostería andaluza, muy presentes también en Extremadura y con claras influencias de la cocina marroquí. Su textura hojaldrada, el aroma suave del anís y el acabado con miel los convierten en un clásico de celebraciones como la Semana Santa o la Navidad, aunque cualquier momento es bueno para prepararlos en casa. Además, su elaboración es sencilla y no requiere técnicas complicadas.
Ingredientes (para unas 10 personas)
- Para la masa se necesitan unos 70 ml de aceite de oliva, cáscaras de limón, semillas de anís, 70 ml de vino blanco y harina.
- Para la fritura, otros 70 ml de aceite de oliva.
- Para el acabado, miel, un poco de agua y azúcar.
Cómo preparar los pestiños
El primer paso consiste en aromatizar el aceite. Para ello, se calienta el aceite de oliva junto con una cáscara de limón. Cuando la piel esté dorada, se retira del fuego y se añaden las semillas de anís. El aceite debe reposar hasta que esté templado para no estropear la masa.
En un cuenco amplio se mezcla el aceite aromatizado con el vino blanco y se va incorporando la harina poco a poco. Se remueve hasta obtener una masa homogénea, manejable y que no se pegue a las manos. Una vez lista, se cubre y se deja reposar en la nevera durante aproximadamente una hora, lo que ayudará a que la masa se trabaje mejor.
Tras el reposo, se estira la masa con un rodillo hasta dejarla fina. Se corta en tiras y luego en cuadrados de unos cuatro centímetros. Para dar forma a los pestiños, se doblan dos puntas opuestas hacia el centro y se sellan con un poco de agua. Se colocan sobre una superficie limpia y se dejan reposar unos 30 minutos antes de freírlos.
Mientras tanto, se calienta el aceite de la fritura. Los pestiños se fríen por tandas, a temperatura media, hasta que estén dorados. Se retiran y se dejan escurrir bien sobre papel absorbente. Para el toque final, se calienta ligeramente la miel con una pequeña cantidad de agua para hacerla más fluida. Los pestiños se bañan con esta mezcla y, cuando aún están calientes, se espolvorean con azúcar.
El resultado es un dulce crujiente por fuera, tierno por dentro y con ese sabor inconfundible que recuerda a las recetas de siempre. Un clásico que demuestra que, con pocos ingredientes y pasos sencillos, se pueden lograr postres llenos de tradición.